Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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Ronronea para mí | Privado

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MensajeTema: Ronronea para mí | Privado Jue Mayo 03, 2012 10:08 am

La ciudad de Moscú no era tan fría como la pintaban los propios habitantes y algunos turistas que iban allí de vacaciones y volvían a casa con cubitos de hielo en vez de regalos decentes para sus familiares. No, para nada. La ciudad de Moscú, a los ojos de Haris era una ciudad llena de color, llena de una tranquilidad especial por el día que, a pesar de que al muchacho no le gustaba en demasía, se volvía pura locura al anochecer. Allí también habían discotecas de las que disfrutar de un buen ambiente, música a la moda y un par de copas de más que te obligaban a salir tambaleándote del local en el que te encontraras. Moscú era hogareño y tenía calor en su interior, pero para saber aquello no era suficiente con visitar los principales monumentos y morir congelado en las calles, recorriendo éstas de arriba a abajo en busca de algo bueno que llevar a tu familia cuando volvieras a casa. Para conocer la verdadera Moscú había que adentrarse en lo más profundo de su ser y calentarse a base de vodka barato que servían en cualquier bar por un precio bajísimo en comparación con el resto del mundo. Aquel día, justo aquel, Haris había convencido a una de sus mejores amigas en Moscú para que junto a él, se adentrara en un mundo completamente nuevo, y le daría un regalo. Se habían citado allí a las cinco menos veinte minutos de la tarde y el muchacho ya llegaba media hora tarde. Nunca llevaba reloj consigo, porque pensaba que eso era perder el tiempo, aunque pudiera sonar irónico. Haris siempre pensó que era mucho mejor no estar pendiente de la hora que era, pero sí de las cosas que le quedaban por hacer. Las horas, minutos y segundos solamente eran unas medidas que servían para joder la vida de todo ser humano que se interesara por ellas. Haris prefería contar las horas del día en base a los chupitos de vodka que tragaba sin descanso durante todo el día. Lamentablemente para él, ésto le hacía retrasarse en citas tan importantes como la que tenía con Kot, más conocida como Cat. Gato, a fin de cuentas.

Ella hacía poco tiempo que había llegado a la ciudad con más encanto que Haris jamás había conocido y pretendía darle una sorpresa doble. No sabía a ciencia cierta si a ella le gustaría el arte contemporáneo, pero eso era lo secundario en una cita en la que habrían mascotas de por medio. A Cat no la llamaban así precisamente por ser amante de los perros o las arañas. Cat era de gatos. De todas las formas y tamaños posibles; unas bolas de pelo que a su vez expulsaban por la boca otras tantas o gatos sin pelo que estremecían hasta al más valiente en cuanto los ojos de éste se posaban sobre los de uno. Un gato era precisamente lo que Haris llevaba a su lado, en el coche. El porsche nuevo que su padre le había comprado sin mucho esfuerzo ahora se veía amenazado por las garras de ese pequeño felino de ojos saltones que le miraba desde dentro del cubículo con cara de pocos amigos.—¡A mí no me mires así! ¡Te llevo en un super deportivo a ver a la mujer de tus sueños!—El polaco rodó los ojos, concentrándose en la carretera, en el trecho que aún le quedaba por recorrer antes de encontrarse con la muchacha justo en la entrada de la galería de arte contemporáneo que decían, era la más famosa de todo Moscú. Él solamente veía manchas enmarcadas y perchas mal puestas que según decían eran obras de arte. Todo mentira. Mis meadas en la nieve sí que son una obra de arte, ¡que escribo hasta mi nombre! No había tiempo para pensar en chorradas y Haris lo sabía. Dejó la mente en blanco, o al menos lo intentó hasta que pudo aparcar su coche cerca de la galería. Sabía que la chica llevaría esperando allí demasiado tiempo y que, quizá, se habría marchado ya, pero no dudó en sacar sus pertenencias del coche, junto a la caja envuelta en diversos papeles de regalo, todos de una forma y color diferente. Vamos, que su regalo sí que era una obra de arte nunca antes vista.

Mientras avanzaba hacia la silueta que reconoció a lo lejos como la de la chica a la que andaba buscando, repasó mentalmente las cosas que tenía que llevar encima, y también las que podrían haberse olvidado. Tras una breve lista en su cabeza, descubrió que no le faltaba ni una sola cosa, algo raro en él. A pesar de llegar tarde lo había preparado todo con mucho cariño, básicamente porque sabía que si no lo hacía no habría para él ni una sola oportunidad de ir con Cat a la cama en lo que le restaba de vida. Tenía que comportarse como un caballero, aunque eso le costara demasiado. No podría abrir la boca para soltar algún chiste machista que dejara a la muchacha con un jeto de tres pares de narices, y hasta cuatro. No podría hacer nada que estuviera tachado de mala educación. Un caballero, pensaba él una y otra vez. Un caballero de brillante armadura, al menos en teoría, porque aquel día Haris iba vestido como si fuera a pasar una tarde con unos colegas. Nada elegante. Nada sofisticado. Una sudadera antigua y demasiado gastada de GAP de color gris claro, unas botas militares que le había confiscado a su padre mientras éste se había ido de viaje por todo el mundo para promocionar al ejército polaco y unos pantalones vaqueros que daban vergüenza de tantos agujeros que tenían. No. Definitivamente el estilo no era una de las armas seductoras de Haris, pero según él mismo decía, no las necesitaba en absoluto. Dejó a un lado su poco sentido para la moda al ver a la rubia. Una sonrisa fue más que suficiente para saludarla, y al no querer tener mucho más tiempo entre sus brazos la caja que contenía al bicho que le había comprado días atrás, le dio el arca del tesoro mal envuelto.—Siento tener que dártelo así, pero cuando llevaba la mitad de la caja empapelada un bicho se comió lo que me quedaba y tuve que improvisar.—Se excusó el muchacho, sin querer añadir que ese bicho se encontraba dentro de la dichosa caja, dispuesto a clavar sus pezuñas en el cuello de la rubia en cuanto ésta asomara la cabeza para ver qué había dentro.—Corre, que se asfixia.


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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Jue Mayo 03, 2012 12:47 pm

Su único día libre de la semana sin contar con los Domingos. El único día que tenía para hacer una centena de cosas que tenía por hacer y que las paredes de su casa le gritaban desde que la rubia ponía un pie dentro. Una centena de cosas que Cat no había hecho en todo el día a esperas de que el reloj que llevaba alrededor de la muñeca marcara las cuatro. Nada. Ni una sola lavadora que le llenara el cajón de las bragas, ni una sola pieza de ropa guardada en los cajones que Cat tenía reservados para sus prendas, ni una sola taza de cerámica guardada en su repisa después de recibir su merecida dósis de agua y jabón. La rubia ni siquiera se había molestado en deshacerse del pijama y vestirse para encargarse de ir a por suministros al supermercado más cercano al bloque de apartamentos donde vivía desde su llegada a Moscú. Con las reservas del frigorífico y la despensa bajo cero, Cat se había pasado todo el día en pijama con sus tres tesoros sobre el sofá. Dejando las horas pasar y el tiempo correr. Encerrada en casa con las persianas a medio bajar, las cortinas cerradas para teñir los rayos de sol que consiguieran colarse y un par de velas sobre la pequeña mesa central de su salón. Cat y sus gatos se habían pasado todo el día alrededor de un ordenador portátil donde se podía ver la manzana más famosa de todos los tiempos.

Una manzana sobre la fina superficie de color blanco que protegía la pantalla del portátil de la que Cat tuvo que despedirse cerca de una hora antes de la hora acordada. Ese día la rubia tenía una cita en la que no iba a necesitar deslizar las manos por el teclado. O algo parecido. Y al contrario del hijo del General, Cat era bastante más puntual de lo que él lo sería jamás. ― Portaos bien. Volveré esta noche.― Se despidió de los tres tras entreabrir una de las ventanas del salón, regalando un par de caricias a Jennifer, una gata de pelaje blanco que le había robado el corazón desde que su padre apareció con ella por navidad. La única del cesto de mimbre que la echaría de menos cuando Cat cerrara la puerta y bajara las escaleras para salir a la calle y perderse por las calles de la capital rusa. Calles con las que la búlgara seguía peleándose por su incapacidad para leer los carteles con sus respectivos nombres. Como una turista más en la ciudad -sin una réflex colgando del cuello-, la rubia seguía saliendo con un mapa de la ciudad, bien doblado, metido en el bolso que colgaba de uno de sus hombros. Un mapa en el que Cat tenía marcado el camino que debía de seguir para volver a casa desde la estación de metro más cercana al edificio donde vivía de alquiler.

Esa era la única forma en la que Cat conseguía moverse por la ciudad sin perderse durante el camino de vuelta a casa. Su punto de referencia. Como un mostrador de información en unos grandes almacenes donde se reunen los niños perdidos para volver a casa con papá y mamá. Estuviese donde estuviese, con volver a esa parada de metro donde fichaba todos los días, todo estaba solucionado; era una de las pocas cosas que la rubia conseguía chapurrear en ruso y que ellos, además, parecían entender sin problema. Al contrario que Haris, su cita de aquella tarde, quien parecía no conocer el significado de la palabra puntualidad. Plantada frente las puertas del museo contemporáneo, Cat empezaba a plantearse la idea de volver a casa para enfundarse de nuevo el pijama. Plantada... ―Como un geranio. ―Añadió para si misma, apoyándose contra la fachada justo antes de ver aparecer al jardinero con una caja entre las manos. La rubia frunció el ceño, caminando hacia él para acabar con la misteriosa caja entre las manos. ― ¿Me has traído un regalo?Eso es lo que parece, se contestó ella misma. ― ¿Qué estás tramando?― Otra pregunta a la que se contestó ella misma, sin la ayuda del polaco, cuando descubrió quién era el culpable de que la caja estuviese a medio envolver. Un bicho. La rubia no hizo más que sonreír al ver lo que la caja guardaba en su interior, dejándola de nuevo en brazos del polaco para sacar al gato de ojos saltones. Si de verdad aquello era un regalo, ella estaba siendo la persona más desagradecida del mundo. Durante un par de minutos, la rubia pareció olvidarse de su cita; de la existencia del hijo del General; de su presencia. Cat sólo tenía ojos para la bola de pelos que tenía entre sus brazos.







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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Jue Mayo 03, 2012 1:26 pm

Desde que había salido de su maravillosa casa, casi palacio en el centro de Moscú, Haris no había reparado en la temperatura que haría en las calles de la ciudad una vez el sol cayera en picado dejando a su paso las estrellas y por supuesto, una luna que resplandecería en medio de la oscuridad, guiando a muchos animales a casa, y a otros tantos a las fauces de algún astuto depredador. No. Haris no era un muchacho previsor. No era un muchacho que se plantara frente al espejo hora y media antes de salir en busca y captura de hembras en celos -humanas, obviamente- para poder quedar hecho un pincel. Ni se secaba el pelo con un secador, cepillo y mucha paciencia ni tampoco se ponía gomina hasta las entrañas. Haris era más de ir al natural, más cómodo. Cierto era también que no acostumbraba a ser así, pero la ocasión lo merecía, porque la gatita no era de esas mujeres a las que les gustaba más una fachada que lo que había dentro del edificio. Cat se fijaba en lo de dentro y Haris había llegado a la conclusión de que le daba un poco igual lo feo que fueras, con tal de poder pasárselo bien con alguien. Lo había visto en los numerosos muchachitos de su misma edad con los que a medida que pasaban las noches, ella bailaba. Feos. Todos feos, menos Haris, que según decía, era el único bombón de chocolate con leche que se le acercaba a la rubia demasiado rubia para bailar con ella. No era por falta de atractivo por parte de la chica. Haris creía que era su culpa. Por subestimarse a sí misma. Pero qué sabía él. Kowalski únicamente sabía a ciencia cierta que la chica sentía fascinación hacia los felinos.

Los gatos. Esos maravillosos gatos que solamente llevaban dolores de cabeza allá a dónde fueran. Y eso lo sabía bien Kowalski. Toda su familia, a lo largo de los años, se había sentido atraída por esos bichos a los que Haris no les encontraba gracia alguna. No eran como los perros, a quienes se podía enseñar a recoger una pelota cada vez que se la lanzabas. Los gatos eran mucho más complicados que eso. Hacían lo que les daba la gana constantemente y no había forma de hacerles entender que algo estaba mal, ellos pasaban y seguían durmiendo. Cat era uno de ellos, no sólo porque se dedicara a ronronear y maullar cada vez que se la encontraba, sino porque era igual, exactamente igual que un gato. Hacía lo que le daba la gana, cuando le daba la gana y como le daba la gana. No se paraba a pensar en lo que los demás pensaran al respecto y eso quizá era lo que más le atraía de Cat a Haris. Ese saber estar a cada momento. Incluso cuando estaba borracha parecía la mujer más tierna y elegante que el polaco jamás había visto en veinticinco años sobre la faz de la tierra. Suspiró al darse cuenta de que no iba a recibir un abrazo. Un gato mimoso y caprichoso le estaba eclipsando completamente. Por un momento, incluso, Haris llegó a sentirse invisible. Parecía que no importaba lo más mínimo que le hubiera regalado una cosa así. Negó levemente con la cabeza antes de dejar la caja pasada de moda a un lado de la acera.―Sí, bueno. De nada. No, no fue difícil conseguirlo y no tienes que darme dinero.―Se contestó Haris a sí mismo, en un intento porque la chica reaccionara de una vez y se diera cuenta de que tenía que darle las gracias.

Era curioso, por no decir que daba pena, el hecho de que Haris se sentía celoso. No solamente en aquellos momentos en los que Cat pasaba de él por culpa de un gato pomposo que se había encontrado en la calle, sino en muchas otras ocasiones, siempre que veía a su buena amiga en compañía de sus mascotas. Las trataba mejor de lo que a él le había tratado su padre en toda la vida. Caricias por doquier y besos en el lomo que hacían que los gatos se volvieran completamente locos, no en el sentido literal de la frase. Ronroneaban sin cesar al mismo tiempo que su dueña y ambos parecían estar en completa armonía. Formaban un buen equipo, no como el que formaba él con Cat. Ellos sólo servían para salir a tomar unas copas. Según Haris recordaba, ninguno de los dos había revelado un secreto que el otro debería custodiar hasta el fin de los tiempos, ni nada parecido. El polaco se había tragado desde que comenzó a salir de fiesta con Cat, docenas de películas que trataban sobre esos círculos de adolescentes. Quería entender a una chica más pequeña que él por primera vez en su vida. Quería hacerlo y no para follársela, cosa que le daba un plus al asunto. Después de todo, y por muchas películas americanas que viera no conseguía entenderla. Haris se encogió de hombros, sin motivo aparente. No quería volver a comerse la cabeza por esas gilipolleces. Quería pasárselo bien, ¿y qué mejor manera de pasárselo bien que una botella de vodka? La misma que sacó de la caja, y la misma que abrió en un momento para darle un trago.―¿Quieres?―Preguntó en un tono de voz más alto del que solía usar normalmente para que Cat saliera del trance.



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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Jue Mayo 03, 2012 3:27 pm

Gatos. Himalayos, siberianos, balinés. Con más o con menos pelo. Más inquietos o más tranquilos. Más sociales o más introvertidos. Cat es una mezcla extraña de cuanta raza existe. La curiosidad de uno o la energía de otro. La fuerte personalidad de un siamés y las ganas de pasarse el día durmiendo de un gato persa de ojos saltones. La búlgara no había estado nunca obsesionada con los gatos, sino que, en más de una ocasión, la rubia se había llegado a sentir como uno de ellos. Una más. Una con siete vidas que ir malgastando sin prisa; con sus ronroneos, con sus maullidos, con sus bufidos. Social y antisocial. Tranquila aunque inquieta. Aunque camina sobre dos piernas y come con cubiertos, la rubia disfruta de las caricias en las orejas casi tanto como la bola de pelo que sujetaba entre sus brazos. Con la nariz del tamaño de uno de los botones de su pantalón y los ojos a punto de ser escondidos por su propio pelaje. Un flechazo. Del tipo de amor a primera vista que en Hollywood gusta tanto; de películas de ciento largo minutos de duración. Cat ronroneó después de que su nueva mascota lo hubiese hecho, robándole una nueva sonrisa. ― Tenemos que ponerte nombre.― Pensó en voz alta, sosteniendo al gato en el aire para mirarlo con el ceño fruncido. ― ¿Qué nombre te gusta a ti, eh? ― Su trío de famosos del corazón ya estana completo, Cat tenía que rebuscar un nombre que le fuera a ese espécimen que, desde esa noche, se iba a colar en su habitación para dormir con ella. Lejos del trío de brujas hasta que se acostumbraran a su presencia en el pequeño apartamento de la búlgara de los gatos.

― ¿Qué te parece...?― Pero no terminó la frase. Cientos de nombres de donde elegir, pero ninguno que Cat quisiese susurrar por las mañanas para que le diera los buenos días. La rubia frunció el ceño, abrazándose al gato mientras echaba un vistazo a su alrededor, reencontrándose con Haris después de que éste le ofreciese un trago. ― ¿Qué?― Aunque había visto sus labios moverse, aunque Cat lo había oído, no lo había escuchado. ― ¿Ya estás bebiendo? ¿Enserio? ― Encontrar a Haris sobrio era tan raro como no verlo con alguna botella de alcohol entre sus manos que desaparecía igual de rápido que las tarrinas de helado de sorbete de limón en casa de la búlgara. Cat bufó al verlo beber a morro sin importarle el estar en medio de la calle, dejando los ojos en blanco mientras acariciaba la cabeza del felino sin nombre. No entendía cómo podía beber tanto y mantenerse en pie. ― No sé como no te han quitado el carnet de conducir todavía.― La tasa de alcoholemia en sangre del polaco debía de ser desorbitada. Rompería la máquina si lo hicieran soplar. ― Deberías de probar a utilizar el transporte público.― No por comodidad, no porque fuese mucho más ecológico que esa maravilla de cuatro ruedas con la que Haris se movía por Moscú, no por miedo a que se abollara el parachoques o se rompiese la nariz después de chocarse contra una farola mal puesta; Cat se lo sugería por la seguridad de todos los via-andantes como ella. ― Guarda eso, anda.― Le pidió entre resoplidos.

Sus planes de salida siempre eran el mismo: salir de fiesta; mientras Haris bebía hasta que le escocían los ojos, Cat aguantaba toda la noche con un par de copas de colores. Música ensordecedora de fondo y un par de horas enterrada entre la marea humana de la pista de baile. Nunca habían quedado a esa hora de la tarde para hacer turismo en un museo del centro. Nunca habían quedado a las cinco de la tarde y mucho menos quedaban para que la rubia recibiera regalos como aquel por parte del polaco. El plan hubiese sido mucho mejor si la botella de vodka no hubiese viajado en el interior de la caja del que ahora era su gato. ― Deja eso y ayúdame a buscarle nombre.― En vez de vodka, Cat prefería un helado. Con cucurucho. Pringoso. ― ¿Qué te parece Toulouse?― Como el mayor de los Aristogatos. Un gato de pelaje naranja que pintaba sinsentidos sobre un lienzo en blanco mientras que sus hermanos practicaban las escalas y arpegios al piano. Cat sonrió, acariciando una de las orejas del felino que parecía aguardar a ser bautizado mientras ella procuraba pensar en algún nombre ingenioso. Algo que le vaya. Una vez más, parecía volver a hablar con el animal en vez de con el polaco que se lo había regalado y al que no se había dignado a darle ni las gracias todavía. ― ¡O Berlioz!― Pero la rubia en seguida descartó el nombre. Ese gato pomposo que tenía entre sus brazos ya tenía nombre. Frou-Frou. ― Gracias por el gato, Wazoswki.― Murmuró, melosa, estirando el cuello para alcanzar a estampar un beso en la mejilla del bebedor. ― Si no apestaras a alcohol con la misma hasta te hubiese dando un besito. ―.







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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Vie Mayo 04, 2012 10:01 am

El alcohol etílico se obtiene por destilación de productos de fermentación de sustancias azucaradas o feculentas y forma parte de muchas bebidas. Esa era el significado que le había dado en su momento la Real Academia al sustituto del amor en la vida del polaco, del amor y del trabajo. Del dinero y de la felicidad. Sustituto de todo; incluso a veces lo era del sexo, como si de chocolate se tratara. Decían que destrozaba el estómago de aquel quien lo consumía durante demasiado tiempo y eso a él no le importaba lo más mínimo. Se alimentaba de las botellas de vodka. Se nutría de ellas y hacía desaparecer al -en líneas generales- aburrido Haris para hacer aparecer al rey de las fiestas de Moscú y de todas las ciudades a las que iba gracias al trabajo que hacía su padre como emisario de la paz, aunque precisamente había vivido toda su vida entre una guerra y otra. Un Haris demasiado simpático que en muchas ocasiones hacía que las muchachas que bailaban sobre las tarimas en cualquier discoteca de la zona se tiraran de los pelos y quisieran colgarse de la bola brillante que tenían sobre sus cabezas con tal de no seguir escuchando sus tonterías. Pesado e idiota. Haris lo tenía asumido y no le importaba. Es más, incluso sabía sacarle partido a su pesadez para llevarse a muchachitas borrachas a la cama. Un aprovechado. Nunca violaba, pero las inflaba a base de alcohol hasta que dejaran de ser ellas mismas. Para que luego me llamen gilipollas, ¡si soy más listo que todos ellos juntos! Por desgracia para el soldadito de plomo, Cat no era una chica fácil, ni se le acercaba a ese término. Lo cierto es que era todo lo contrario.

Exactamente igual que un gato. El muchacho no podía sacárselo de la cabeza, y mucho menos viendo como trataba a su nueva mascota. Como si fuera un niño de dos años al que habían dejado a su cargo. Como si fuera, incluso, su propio hijo desaparecido, al que acababa de encontrar después de unos años detrás de él. Haris negó levemente con la cabeza, indicándole así que no tenía ni idea de qué nombre ponerle a su mascota. El único nombre que se le venía a la mente era el suyo, y eso seguramente no sería una buena idea; cuando fuera a visitarla y dijera Haris en alto ambos se quedarían mirándola, esperando a que les hiciera saber a quién, exactamente, había llamado. La idea no le molaba demasiado al polaco. Tampoco el hecho de que la muchacha estuviera disgustada desde tan temprano con su comportamiento. El chico no había abierto la boca y ya le estaba recriminando por beber un poco de vodka en mitad de la calle. Haris se lo tomaba con humor y eso se notaba. A pesar de no estar borracho todavía se reía, cosa que habitualmente no hacía. Haris sin alcohol corriendo por sus venas era como un perro sin pulgas, un jardín sin flores. Aburrido. Quizá demasiado. No obstante, decidió dejar la botella dentro de la caja, abandonándola a su suerte. Seguramente algún vagabundo la cogería y la vaciaría en menos de lo que habría tardado él. Eso le consolaba. No iban a desperdiciar su maravilloso contenido y además le serviría estar sobrio para poder volver a su casa en coche sin ningún percance. No se fiaba ni de sí mismo.―He dejado mi botella porque me lo has pedido. Creo que me merezco ese besito.

Haris venía de Polonia, pero no le hacía falta hablar un perfecto inglés, ni le hacía falta ver cientos de películas para chicas adolescentes con exceso de hormonas y falta de perder la virginidad para darse cuenta de que lo que pedía era imposible. Por lo menos de momento. Rebuscó en los bolsillos de sus pantalones hasta dar con un chicle de menta que no tardó en llevarse a la boca. Quería recuperar cuanto antes el olor a limpio, a paraíso tropical, para que la chica le besara en los morros como Dios mandaba. De lo contrario podría pasarse todo lo que restaba de tarde de brazos cruzando, mirándola con el ceño fruncido. Molesto. Él se lo merecía. Le había hecho un regalo espectacular y ella se lo agradecía con un triste beso en la mejilla. Como mínimo se podría haber agachado para comerme la―No sé qué nombre ponerle. No me gusta ninguno de esos. Debería llamarse Wazowski como yo, pero vamos, que eso lo dejo en tus manos.―Confesó el muchacho tras haberse encogido ligeramente de hombros. En realidad le daba un poco igual el nombre que le pusiera a esa fiera, él solamente quería tenerla fuera de su vista cuanto antes mejor. Desde que lo había llevado a su casa, ésta se convirtió en un desastre. Pelo por todas partes y todo, absolutamente todo lo estuviera a su alcance era, o bien mordido, o bien arañado hasta el cansancio. Multitud de camisetas perdió Haris por culpa de ese bicho que ahora parecía tan calmado en los brazos de su verdadera dueña.―¿Quieres entrar ya? Podemos hacerlo con el gato. Conozco al dueño y no hay problema, mientras no lo sueltes.―Murmuró, cogiendo a la chica de la mano para guiarla hasta dentro del edificio, en él, una exposición carente de valor a ojos del polaco, les esperaba para que disfrutaran de una tarde entre arte.

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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Vie Mayo 04, 2012 2:18 pm

La tierra del vodka, de las temperaturas bajo cero y de las rubias naturales. Lugar frío, con uno de los inviernos más crudos que la rubia podía recordar. Termómetros que durante el invierno ni siquiera se atrevían a tocar los cero centígrados de temperatura, haciendo que muchos prefiriesen quedarse en casa a disfrutar de la ciudad que dormía delante de sus narices; hogares donde la calefacción estaba encendida las veinticuatro horas del día para calentar los pies y donde las botellas de alcohol se convertían en uno más de esa familia, incluída en esa peculiar familia que Cat constituía junto con sus tres mascotas. Moscú era una ciudad fría, desde principios hasta finales de año. Ya fuese por la temperatura en el exterior o por la gente que se movía, forrada de arriba a abajo, como pez en el agua. Cat había tenido que adoptar constumbres de todos los que la rodeaban si quería evitar convertirse en una piedra de hielo con la que Haris enfriaba lass copas que iba ingiriendo a lo largo de la noche. La ropa de abrigo, los gorros con los que protegerse las orejas del frío. Cat se había visto en la obligación de redecorar su armario en cuanto el otoño cayó sobre la capital rusa, atrapándolos a todos en una bolita de cristal navideña. Fría, con nieve cayendo noche y día. Cat, por primera vez, había copiado a Haris con su afición por las botellas con un alto grado de alcohol concentrado; su primer otoño y su primer invierno en Moscú, la rubia estuvo más tiempo borracha que sobria.

Con los dedos de los pies agarrotados, enfundados en gruesos calcetines de lana antideslizantes y la cabeza hecha un bombo hasta que el avión despegó rumbo a Sofía para que Cat pasase las navidades en familia. Con sus gatos metidos en la cama con ella en busca de algo más de calor del que la botella de vodka podía proporcionarle por las noches. Cientos de películas piratas en la memoria de su ordenador portátil que se había tragado un par de veces para amenizar las noches en las que ni ganas de salir había tenido la chica de los gatos. Ganas que habían vuelto con los primeros rayos de sol primaverales; cuandos los termómetros habían empezado a acariciar el cero que habían dejado olvidado durante el invierno; cuando la rubia había podido salir de su apartamento con unas orejas de gato en vez de forrada con un gorro. ― No seas listo.― Sin gorros de lana y sin los dientes castañeando por culpa del frío. Con el pelo recogido en un coleta desordenada en lo alto de su cabeza, unos pitillos vaqueros donde no conseguiría colarse ni un billete, una de las camisetas básicas de la última colección de la tienda y unas converse blancas con más altura de la normal. Unos zancos improvisados de color blanco que le regalaban a la gata un par de centímetros más de altura. ― Ya te he dado las gracias. Y un beso de regalo. ― Masculló antes de resoplar y rodar los ojos. ― Así que puedes darte con un canto en los dientes, Wazowski.― Con o sin botella, con o sin chicle de menta, esa tarde nadie se iba a llevar a casa ningún otro beso.

Catherine no había estado esperando por el polaco durante más de media hora para avalanzarse sobre él y darle un beso en los morros después de recibir un regalo inesperado de cuatro patas que iba a llenar su casa de pelos; Cat había salido de casa con la única intención de ver algo más que cuadros suecos -con nombre impronunciable a veces- en las múltiples estanterías de Ikea. ― Conste que no se me ha olvidado que has llegado tarde.― Dijo en cuanto una de las manos del polaco se hizo con la suya para arrastrarla hacia el interior del museo. Ahora era cuando la rubia comprendía a lo que se refería el chico cuando se jactaba enumerando la cantidad de ventajas que tenía por ser hijo de quien era. Cat asintió con la cabeza, soltando al chico para asegurarse de tener al gato bien cogido entre sus brazos una vez estuvieron en el interior del Tsereteli, el primer museo ruso que la rubia se dignaba a pisar desde que había aterrizado en el aeropuerto cerca de un año atrás. Aquella tarde era la primera en la que la búlgara hacía algo de turismo por Moscú y la primera tarde que pasaba con el polaco sin que ninguno de los dos tuviese una copa entre las manos. ― He estado más de media hora esperando por ti. ― Aunque eso él ya debía de saberlo. ― Media hora esperándote para ver esta mierda.― En esos momentos, la rubia prefería sus cuadros sin gracia de Ikea. Cat se encogió de hombros, buscando al polaco con la mirada evitando reírse. ― El cuadro Olunda de treinta pavos que me mandé a pedir en Ikea el otro día tiene más gracia que esto.― Se quejó en voz alta, ladeando la cabeza hacia ambos lados, frente a una de las obras expuestas. Ni a Toulouse parecía gustarle lo que tenía delante.







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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Sáb Mayo 05, 2012 12:51 pm

Últimamente el polaco estaba sintiendo en sus propias carnes lo que significaba el ser rechazado por las mujeres. No entendía si en Moscú era una tradición ancestral el negar un baile a un hombre. No entendía tampoco si tenían por costumbre no llevarse a la cama al primero que pasara, por muy borrachas que estuvieran, pero la cuestión era que, al volver de las vacaciones que el hijo del General se había tomado en Hawai,no había follado ni una sola vez. Ni siquiera había hecho manitas con alguna gilipollas bajo la mesa de un restaurante caro a la que seguramente la habría invitado para sorprenderla gratamente y así llevársela a casa. Nada. Cero. No le encontraba el punto a esas mujeres frías como el hielo que había fuera, en la carretera y en todas partes en cuanto el invierno hacía acto de presencia. Ni aún en primavera parecían descongelarse y ser personas normales con tantas ganas de pasárselo bien como él. Cat era su última esperanza. Además de ser su mejor amiga, era la persona con la que más confianza tenía. A ella sí que podía pedirle un favor, aunque fuera que le follara antes de explotar. Se encontraba en una situación desesperada, algo que jamás le había pasado, lo que complicaba todavía más las cosas. No sabía cómo actuar. ¿Se había vuelto feo después de las vacaciones? El muchacho frunció el ceño, mirándose en uno de los espejos que aquella galería de arte, para darse cuenta de que seguía como siempre, con esa cara de... De tio bueno, ¿de qué va a ser?―Te pido perdón por llegar tarde, kotek.―Murmuró el polaco a medida que se adentraban en el edificio para ver la cantidad de mierda que habían expuesto. ¿Cómo podían ganarse la vida esa gente? ¡Y encima llamándose a sí mismos artistas!

El muchacho quería excusarse por haberla llevado al sitio menos indicado, mas ni una palabra salió de entre sus labios, que parecían haberse quedado sellados después de las disculpas más que merecidas por haber llegado tan tarde a la cita. La primera cita y Haris se temía que sería la última. Aquello era demasiado penoso como para poder ser cierto. Él, que en América era reconocido como todo un caballero, como todo un tio elegante, de buena familia y con un saber estar envidiable, ahora se veía recluido entre un montón de baratijas creadas por artistas que se habían fumado algo más que la creatividad a la hora de hacer semejante mierda. Haris perdía facultades a medida que cumplía años, pero también a medida que bebía. Unos decían que nunca estaba sobrio y otros afirmaban que en alguna ocasión le habían visto completamente sobrio, sin beber ni una gota de cerveza, cosa que parecía una leyenda urbana. El polaco se lo tomaba con gracia. No sabía que sus problemas con la bebida generaran tanta expectación entre sus colegas de copas, entre los que se encontraba el hermano de Cat. Justamente por su hermano la había conocido a ella, e incluso había pensado en darle las gracias, pero eso solamente sería un signo de que Haris pensaba follársela... Bueno. Follársela otra vez. Kowalski rió para sus adentros, a sabiendas de que no podría decírselo en la vida, sino quería que le cortaran los huevos, literalmente hablando.―Quizá deberíamos limitarnos a beber champán mientras charlamos con acento francés.―Comentó el chico en un inglés con un acento que le delataba, a pesar de que se había convertido casi en su lengua materna. Parecía que Haris estaba intentando hacerse el gracioso como de costumbre, pero lo que decía, lo decía enserio.

Habían ido a una exposición de mierda, lo mínimo que podrían hacer ambos era divertirse, ¿no? Gracias a uno de los numerosos viajes que el chico había hecho por todo el globo, sabía perfectamente decir un par de cosas en francés y eso del acento se le daba bastante bien, dentro de lo que cabía esperar por parte de un polaco medio cerrado de mente, por no decir que entero. El muchacho se aclaró la garganta y, tras coger un par de copas de champán que un camarero ofrecía, con la esperanza de amenizar la estancia de la gente dentro de aquella galería, y de paso hacer que compraran alguna obra, Haris se llevó la copa a los labios para darle un trago. Señaló con ésta el lienzo que tenían delante. Apenas un par de manchones de pintura de varios colores, que según se rumoreaba en la sala, costaba más de tres mil pavos. Algo que ni Haris ni la gatita se podían creer. Definitivamente, ninguno de los dos sentía demasiada atracción por el arte, a no ser que -en el caso de Haris- apareciera alguna mujer desnuda en un cuadro. Con eso seguro que vería las cosas de forma diferente.―Oh, querida Cat. Este cuadro me parece fascinante.―Dijo el muchacho, forzando el acento francés, cosa que hacía la escena aún más ridícula. Un par de jóvenes vestidos de calle, llevando a un gato y tratando de parecer interesantes. Haris sonrió. No le hacía falta meterse en la piel de nadie para ser interesante. Él sabía que lo era. Por mucho que les jodiera a los demás.―¿No vas a decir nada, mon amour?.―Preguntó en voz baja, justo antes de darle un beso en la mejilla. Comenzaba, incluso, a sentirse un poco avergonzado. No por estar haciendo el gilipollas, sino por haberla traído a ella hasta esa mierda. Mira que hay sitios en Moscú y la traigo aquí, joder...

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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Dom Mayo 06, 2012 12:56 pm



""RONRONEA PARA MÍ" | PRIVADO


CON Haris M. KowalskiINTERIOR MUSEO TSERETELI17:22 PM

Una galería de arte que ninguno de los dos muchachos iba a saber apreciar como el resto de posibles visitantes con un mínimo de gusto por el arte contemporáneo. Sin música tecno de fondo que amenazaba con destrozar los tímpanos de los trasnochados, sin vestidos excesivamente cortos que se iban encogiendo más y más a medida que avanzaba la noche, sin maquillaje empegostado en la cara que dejaría la almohada de color negro y sin tacones con los que acabar haciendo malabares de camino a casa a las seis de la mañana. Con la cara completamente lavada, con ropa y zapato cómodo y metidos en un tipo de lugar que ninguno de los dos estaba acostumbrado a pisar habitualmente, y mucho menos en compañía del otro. Algo diferente. Ese era el plan que el polaco le había preparado a la rubia aquella tarde; el museo Tsereteli en todo su esplendor para los pocos que se habían reunido entre sus paredes a las cinco de aquella tarde y llevándose, de regalo, unas copitas del vino francés para amenizar la tarde. Para tan peculiar pareja de amigos y un gato con el que Cat no esperaba contar. ― Cualquier excusa para beber es buena para ti.― Aunque, por primera vez -sin que sirviera como precedente-, la rubia no pensaba entrometerse con el conocidísimo problema que Haris tenía con la bebida. Tal vez tuviese razón. Tal vez un par de copas del líquido dorado con burbujas era la única forma en la que Cat pudiese empezar a valorar el trabajo de la decena de artistas con el valor necesario para exponer su trabajo en público. ― Pero me parece un buen plan.― Tal vez, estando menos sobria, pudiese ver el encanto de todas las obras allí expuestas. O tal vez no.

Hacerlo más llevadero. Buscarle el lado positivo. Beber champagne y hablar francés. ― ¿Con acento francés?― Preguntó en cuanto asimiló la última parte del nuevo plan de Haris para hacer la tarde en el museo más amena. Hablar con acento francés para fingir un gusto exquisito por todas las obras de arte que les rodeaba. No sería tan difícil, ¿no? ― Yo sólo sé decir...― Murmuró, agarrando a Toulouse con una mano para hacerse con una copa de cristal hasta arriba de champagne y para evitar que el gato huyese despavorido si llegara a pisar el suelo. Croque-monsieur, Moulin Rouge y ''Voulez-vous coucher avec moi ce soir?''.― Y nada dicho con acento francés. Nada dicho con acento sensual, sino más bien con uno cerrado. Eslavo. Del norte de Bulgaria. Con acento poco erótico y poco romántico. Poco francés. Aquello a la rubia no le serviría para nada más que para sacarse un par de fotos delante del molino rojo más famoso de todos los tiempos y para no pasar hambre durante su estancia en el país galo. Nada de aquello le iba a servir en una exposición de arte que no le despertaba mayor interés. Con lo bien que estaba yo en casa con el pijamita puesto, pensó buscando el apoyo de su nueva mascota sin importar que ésta ni siquiera la estuviese mirando a ella. Cat bufó, deteniéndose frente al lienzo que el polaco señalaba justo antes de ponerse a hablar. Con el cristal de la copa apoyado contra su grueso labio inferior, la gata dejó que el líquido dorado que ésta contenía en su interior, se desparramara sobre su lengua, dejando que las burbujas le hicieran cosquillas mientras sus ojos divagaban por el cuadro que tenía justo delante.

¿Qué podía decir ella? Tres manchas de color sobre un fondo en blanco. ¿Tenía algún significado oculto? ¿Alguna historia que contar que Catherine y Haris debieran de conocer para apreciar la obra? La rubia se encogió ligeramente de hombros, dando un sorbo antes de forzar un acento francés que, a leguas, se notaba bastante poco natural. Frío por más que la rubia quisiese arrastrar las erres. ― Pienso que deberías de sacar la chequera y empezar a rellenarla.― Obviamente no iba enserio, pero puestos a aparentar, ¿qué mejor forma que creerse de clase alta estando en compañía de Kowalski? Pagar una auténtica barbaridad por algo que la búlgara podría hacer si comprase los materiales para ponerse a ello. ― Ese cuadro quedaría genial en mi salón.― Al lado de la gran obra de arte de Ikea que muchos otros, como Cat, se habían agenciado por poco menos de treinta pavos para colgarlos de un cuelga fácil. ― Me lo debes por haberme hecho esperar.― Dramatizó con tono divertido, no pudiendo aguantar las ganas de reír después. La rubia no esperaba un premio por la media hora que había tenido que esperar fuera del museo; ni siquiera iba a pedirle un café al salir después de haber visto los ojos saltones del gato que empezaba a removerse entre sus brazos. ― Ahora enserio, ¿piensas comprar algo aquí?― Con témperas recomendadas para niños de más de cinco años, Cat sería capaz de hacer algo parecido a todo aquello por un precio bastante menor. Con o sin copas de esa dulce bebida burbujeante entre las manos. Sola o con la compañía del polaco.










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MensajeTema: Re: Ronronea para mí | Privado Dom Mayo 06, 2012 5:37 pm

El dinero nunca había sido problema para el hijo del General en ningún momento de su vida. Desde que era un bebé. Había nacido con una florecilla en el culo, y además grande. No sólo tenía pasta para forrar unos cuantos de los edificios más altos de todo Moscú, sino que también era respetado por todos. Su padre desde crío le había inculcado el hecho de que tenía que ser respetado para tener dinero. Si no tenía una cosa, no tendría la otra. Dinero y respeto debían ir de la mano para que el muchacho no tuviera problemas en su vida. Nadie se atrevería a quitarle los billetes que guardaba junto con su padre en uno de tantos paraísos fiscales que había en el mundo. Tenía todo lo que quería y más. Un día estaba, como en aquel momento, en Moscú, y a la mañana siguiente cogía un vuelo que le llevaría directo a Hawai. Un avión privado porque el señor General no podía ir en primera clase. Eso para él era muy poco. Quería lo mejor para sus hijos y por lo menos a Haris se lo daba. El señor Kowalski. Ese héroe de guerra polaco que combatió en no sabe el muchacho cuantas guerras, pero que ascendió con rapidez de rango hasta llegar a convertirse en una figura del país casi tan importante como podía serlo el presidente. Por eso, quizá, se entendía que Haris hiciera lo que hacía. No le importaba nada más que él mismo y lo que le pasara a él. No tenía que darle explicaciones a nadie sobre lo que hacía. Un niño mimado que había rehusado tener guardaespaldas, porque según él, le espantarían a la multitud de buenorras que se le acercaban cada noche en las discotecas. A pesar de las apariencias, el polaco sostenía que actuaba con más normalidad de la que debería. Él, sin comerlo ni beberlo, era un oficial del ejército. Cargo que obviamente le dio su padre y al que no le ha encontrado utilidad ninguna, más allá de dejarle entrar con un gato en una galería de arte contemporáneo de Moscú junto a su mejor amiga para hablar con acento francés mientras bebían un par de copas.

Haris tuvo que reprimir una carcajada que había brotado desde lo más profundo de su ser y quería hacerse oír de verdad en aquella sala llena de gente con pinta extravagante, que parecía recién salida de esos cuadros que ambos jóvenes miraban. Personas sosas. Un par de puntos de colores en un lienzo en blanco que se vendía por más dinero del merecido. El polaco negó para sus adentros tras decirse a sí mismo que no debía reírse de la chica si no quería que ésta le mandara a paseo; no sólo llegaba tarde a la cita, sino que encima se reía de ella. Mal asunto. Desde que pensó en las pocas probabilidades que tendría de follar con la gatita, cerró la boca. Ni una mosca podría entrar. Nada. No hubo risas, ni siquiera una sonrisa. En el fondo a Haris le había parecido incluso adorable la pequeña retahíla de frases que la muchacha se sabía en francés, y de memoria.― ¿Sabes qué te digo, pequeña francesa? Que ahora, por lista, te voy a comprar ese cuadro.―Dijo el muchacho en voz alta, cosa que alertó al que parecía ser el "artista" que había pintado semejante mierda. La carcajada de la muchacha no evitó que Haris quisiera comprarlo. Ella tenía razón, aunque estuviera bromeando. Había llegado tarde y vale que le compró un gato al que no parecía querer dejar de acariciar, pero se merecía una compensación un poco mayor. Además, esa bola de pelo solamente da problemas.― Espérame aquí. Enseguida vuelvo con el cuadro.―Musitó antes de posar sus labios sobre la frente de la chica, despidiéndose, aunque tan solo le iba a llevar un par de minutos cerrar el trato con el que fuera el encargado de toda esa mierda, junto al artista, suponía Haris. No solamente era un regalo para Cat, sino que también para él. Su padre se alegraría al saber que por una vez pagaba una factura que tuviera que ver con el arte, y no con bebidas alcohólicas.

Era la primera vez que compraba una obra de arte y no sabía exactamente qué tenía que hacer, si negociar por el precio del lienzo en cuestión o dejar que el hombre al que justo en ese momento le decía que quería comprar el cuadro, hablara y hablara hasta cansarse, para luego firmar un cheque de veinte mil pavos. Ni una cosa, ni otra. El polaco no tardó mucho en quedarse encerrado en el despacho del dueño de la galería. Allí no había ni un mísero lienzo. Nada. Un despacho soso y sin personalidad ninguna. Paredes grises y un escritorio que parecía estar comido por los años que habían transcurrido desde que lo construyeran. Solamente tuvo que firmar un par de documentos, el cheque con la cantidad exacta y estrecharle la mano al viejo, que desapareció de la sala, dejándole completamente solo. Haris insistió en que quería la obra de arte ya. En ese instante. Para algo estaba pagando tanto dinero por un par de manchas. Para su suerte y para la de la gatita que había tenido que volver a esperar por él, y ya con el cuadro envuelto y en las manos, salió de aquel despacho mugriento para reencontrarse con la muchacha. Un cuadro de mierda que le costaría una riña con su padre y que iría a parar directamente al salón de la casa de su mejor amiga. Un cuadro al que nadie le prestaría atención. Haris sólo esperaba que ningún gato se ensañara con el lienzo o los metería en un saco con piedras y los tiraría al río más cercano.― ¡Tengo una cosa para ti! Es una lástima que ya la hayas visto, pero da igual.―El polaco se encogió de hombros tras decir aquellas palabras. Aprovechaba el cuadro para llevarla a casa, porque no creía que pudiera llevarlo todo ella sola. Si es que eres más listo que el hambre, cabrón.― ¿Quieres que te lleve a casa? No me importa... Iré despacio. Lo prometo.―Susurró un momento más tarde el muchacho al mismo tiempo que alzaba el dedo meñique, un gesto que había visto en alguna de esas películas de adolescentes y que simbolizaba un pacto de esos que duran toda la vida. Vamos, una promesa verdadera. O eso dijeron...

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