Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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The city spins around, help me slow it down | Privado.

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MensajeTema: The city spins around, help me slow it down | Privado. Miér Mayo 16, 2012 7:48 am



""The city spins around, help me slow it down" | PRIVADO


Shmuel A. Dukslicen casa del alemán07:13 AM

Sábado por la mañana, y el reloj que había sobre la improvisada mesilla de noche donde descansaba la mano delgaducha y sellada de la rubia, repiqueteó sin cesar a las siete menos cuarto de la mañana. En punto. Un repiqueteo incesante que no hacía más que martillearle la cabeza sin piedad, obligándola a intentar esconderse del ruido estridente metiendo la cabeza bajo de la almohada. No, ese día no tenía que entrar a trabajar pero, por algún extraño motivo, Cat parecía haberse olvidado de quitar la alarma que la había despertado durante los últimos cinco días. Una alarma que se había vengado de la chica después de haberla visto meterse en la cama hacía poco menos de tres horas. Cat, esperanzada por un posible error tecnológico, abrió un ojo para examinar la hora que marcaba el despertador. Con la mirada cansada, la albina pudo comprobar que no se había producido ningún error tecnológico -con mala leche- y se apresuró a detener ese horrible timbrazo ensordecedor a esas horas de un Sábado por la mañana. Qué horror. Cat cerró los párpados para bloquear la desalentadora visión que le ofrecían esos números en rojo que se reían de ella. La rubia quiso lanzarlos al suelo, pero se contuvo.

Gato perezoso al que no le gustaba madrugar cuando no tenía por qué hacerlo y que, sin embargo, se había decidido a hacerlo. Cat se debatió durante más de diez minutos entre si salir o no salir de la cama a esas horas, pero sus pies descalzos se decidieron por ella. ― Pórtate bien que no voy a tardar mucho. Bajo y subo enseguida.― Murmuró, hablando con Jennifer -su gata de color blanco y la niña de sus ojos- mientras cubría sus pies desnudos con unos calcetines que los que protegerlos del frío de los escalones del portal. Calcetines que, además del frío, la ayudarían a hacer menos ruido al bajar las escaleras hasta el piso de abajo; cuanto menos vecinos se pegaran a la puerta para ver a quien pertenecían esos pasos, mejor. ― Sólo voy a aprovechar para llevarle un regalo.― Ahora que, muy seguramente, el alemán estaría durmiendo. Ahora que el alemán no se lo esperaría para nada, que no lo hubiese visto venir ni siquiera en sueños. Ahora que ni siquiera se lo hubiese imaginado ella misma. Madrugadora. Cat sonrió a pesar del cansancio que la invadía y hacían que sus párpados pesaran más de lo habitual, acariciando las orejas del felino antes de abandonar el colchón para acercarse al ordenador de mesa que tenía en su habitación y desenchufar el regalo; regalo que llevaba un par de días preparando. Una tontería. Un detalle para compensar el que el rubio había tenido con ella días atrás al regalarle un libro único. Hecho por él.

Un libro para niños y lleno de gatos que Cat quiso dibujar y que había guardado en vez de utilizarlo como calzador de mesa. Con cuidado de no hacer ruido, la rubia cerró la puerta de su casa tras asegurarse de llevar consigo el manojo de llaves enroscado alrededor de uno de sus dedos y el regalo para Shmuel en la otra. Un pequeño rectángulo de color rosa cuya memoria almacenaba cientos de canciones que la rubia había podido escuchar a través de los altavoces de la única radio que el alemán tenía en su casa. Cientos de canciones de los años ochenta que Cat no había escuchado hasta que lo conoció por casualidad en las escaleras. Las mismas escaleras que la búlgara bajó sin hacer ruido antes de plantarse frente a su puerta. Después de dar con la llave de respuesto que él mismo le había dado con anterioridad, Cat abrió la puerta y se adentró en un piso que nada tenía que ver con el suyo. Carente de tecnología y sin rastro de animales a cuatro patas que ronroneaban casi tanto como lo hacía la rubia. Lleno de libros que Catherine nunca había leído y que él se ofrecía a leerle en voz alta. Como un cuenta cuentos. Sigilosa. Con cuidado. Cat dejó las llaves tiradas a su suerte en el sofá y arrastró los pies hacia el dormitorio donde el bibliotecario dormía ajeno a la presencia de la albina. Tranquilo, sin la resaca que empezaba a hacer acto de presencia en la cabeza de su amiga. Sin querer despertarlo, Cat se hizo hueco en la cama, abrazando al chico por detrás antes de dejar caer la cabeza sobre la almohada.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Miér Mayo 16, 2012 9:49 am



""The city spins around, help me slow it down" | PRIVADO


Cat S. Havniken casa del alemán07:17 AM

Los fin de semana eran la oportunidad perfecta para poder darle rienda suelta a la creatividad que aguardaba Shmnuel en su interior. Dedicaba los viernes por la tarde a la pintura y el dibujo, daba igual si no le salía nada demasiado bueno. Él lo intentaba con todas sus ganas en el salón de su pequeño apartamento, después eso sí, de haber apartado todos los libros que, colocados unos encima de otros hacían de asiento para los pocos visitantes que tenía Shmuel durante todo el año; de hecho, los únicos que habían entrado últimamente en aquel apartamento habían sido el dueño del edificio, o la dueña, porque con el cuerpo que se gastaba ese ser podría ser ambas cosas unidas en una sola, sus padres, quienes estaban preocupados por la cantidad de libros que acumulaba el muchacho en su casa y por último, pero no por eso menos importante: Cat. La felina del piso de arriba y la que poco a poco se estaba convirtiendo en su mejor amiga, además de una amante furtiva que amenizaba sus noches de profunda soledad, en la que se dedicaba a leer tumbado en la cama, soñando con ser el protagonista de alguna de sus novelas, en las cuales siempre había una flamante muchachita que endulzaba la historia haciendo que el protagonista masculino se enamorara de ella perdidamente, hasta el punto de perder el norte y no saber qué hacer con su vida. Todas -o casi todas- terminaban con un bonito final teñido de blanco. Una boda. En ocasiones el joven alemán se planteaba esa cuestión, la de su propia boda, si es que llegara a casarse. ¿Quién sería la novia? ¿Iría vestida de blanco o se dejaría llevar por alguna moda extraña como casarse de violeta?

Por fortuna, Shmuel estaba lejos de casarse. Apenas tenía veintiún años y toda una vida por delante que prometía. Para él, eso de ser bibliotecario era tan solo una transición. El paso, como en una película, del prota aburrido y triste al protagonista que luchaba por sus sueños, por lo que quería hacer de verdad, y lo que quería hacer él era escribir. Lo hacía desde los quince años, motivado por un concurso de relatos que organizó el instituto en el que estaba matriculado. Quedó segundo; un desastre para Shmuel, quien creía haber puesto toda la carne en el asador. Se merecía más, pero no obtuvo lo que quería, así que empezó a escribir por su cuenta. Desde entonces no había vuelto a inscribirse en ningún otro concurso que tuviera algo que ver con escribir, aunque sí que se atrevió en un par de ocasiones a inscribirse en un concurso sobre encuadernación de libros que ganó dos años consecutivos. No obtuvo ningún beneficio económico pero tampoco le importó. El amor que sentía Shmuel por los libros era tan grande que le importaba poco quedarse en la calle, siempre y cuando ellos le acompañaran; al fin y al cabo eran los que mejor conocían al alemán. Los que escuchaban sus quejas, sus alabanzas hacia cualquier autor famoso o hacia otra persona de su ambiente. También escuchaban sus llantos, cuando tenía lágrimas que derramar y todo lo bueno que tuviera que contarles. No parpadeaban. Siempre atentos a la voz de Shmuel, en su idioma natal. El alemán, que a su vez cambiaba por el inglés cuando quería hablar con la gatita, con la que no se encontraba desde hacía casi un día entero. Shmuel no era amigo de las discotecas de moda y sin embargo a Cat parecían encantarle. Era el día en el que se separaban durante más tiempo del habitual, aunque él no sentía celos. Si le gustaba, que lo hiciera. Ya le curaría él la resaca al día siguiente.

Desde el día en el que se encontraron, Shmuel sintió una atracción y una curiosidad bastante extraña por la muchacha del pelo rubio, tan rubio que parecía blanco. Él no era de esos que querían embaucarla solamente para llevársela a la cama. Él quería saber más de ella mediante los libros. Según qué libros le gustaran a la gatita, podría sacar las conclusiones sobre el tipo de chica que era su vecina de arriba, aunque tuvo un pequeño problema. No le gustaban los libros. Después de un par de días, y después de adquirir la confianza suficiente, Shmuel comprendió que a Cat no le gustaba leer, pero sí que le leyeran. En voz alta. Un tono suave que la dejara media dormida en su propio sofá. El alemán abrió los ojos al pensar aquello, pero no porque fuera importante. No. Eso no era lo que le había despertado un sábado, aunque no sabía a qué hora exactamente. Lo que le había despertado eran un par de brazos que se enroscaron a su alrededor, abrazándole. Comprendió al instante qué pasaba. No había entrado un ladrón a robar y le había dado por intentar violarle ni nada parecido. Era precisamente la gatuna, con la que llevaba soñando desde que la conoció en la escalera, fruto de un accidente, y a la que ya le había dedicado su novela. La primera que llevaría a cientos de editores si hacía falta con tal de poder ver su libro publicado y vendiéndose en tiendas de todo el mundo, o por lo menos de su ciudad, así sus padres podrían sentirse orgullosos de su ratita de biblioteca.―Tienes unas manos tan suaves... Y frías.―Murmuró el muchacho, quien aún se estaba despertando. Su voz sonaba a... A recién levantado, ¿a qué va a sonar si no? No se esperaba aquello. ¿Tanto le había echado de menos? Shmuel sonrió, a sabiendas de que esa sería una posibilidad entre tantas, pero su favorita, al fin y al cabo. Si me echa de menos significa que le importo.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Miér Mayo 16, 2012 12:29 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán07:21 AM

El vecino fantasma en el apartamento de la planta de abajo y la vecina misteriosa en el apartamento que quedaba justo enfrente del que alquilaba la rubia oxigenada. Cat parecía estar rodeada de gente a la que, durante todo los meses que llevaba viviendo en Rusia, parecía no haber visto ni siquiera por casualidad. Con la que ni había soñado. Gente que la rubia pensaba que no existía; durante meses Cat había dado por sentado que, salvo por las viejas del primero y del segundo piso, no había absolutamente nadie más en todo el edificio. Que vivía sola. Que sus pasos no molestaban a nadie y que su puerta, antes de que el alemán se la arreglara, no iba a despertar a nadie por muy tarde que volviese de fiesta. Un edifico bastante viejo aunque bien cuidado. Sin ascensor y bastante cerca del centro de Moscú. Bien comunicado y tranquilo. Una reliquia en pleno corazón ruso que le salía bastante más barato que los muchos apartamentos a los que la rubia les había echado un ojo a través de internet. Caros y donde no se le permitía ni siquiera fumar asomada a la ventana. Sin amueblar y en pleno centro, casi todos encima de algún pub que no dejaría que la gata pegase ojo en toda la noche. Apartamentos bastante más nuevos, pero también mucho más pequeños que la leonera donde vivía la rubia. Una jaula llena de gatos donde ella se contaba como uno más.

Un gato bastante menos peludo, pero igual de arisco que Brad. ― Lo siento.― Se disculpó en un susurro antes de besar la piel desnuda de uno de sus hombros. ― Sigue durmiendo. Todavía es temprano.― Bastante más temprano de lo que Cat consideraba normal. Un Sábado a las siete de la mañana nadie debería de estar despierto. Ni ella debería de estarlo, ni mucho menos él por culpa de la rubia. Los Sábados estaban diseñados para que la gente como Cat -y lo que no lo eran también-, aprovecharan para dormir todo lo que les resultaba imposible durante la semana. Sin horarios, sin el despertador sonando como un loco para levantarte y hacerte ir al trabajo tan puntual como pueda. ― Te traje un regalo, pero te lo daré después.― Más tarde. Después de que los dos rubios pudiesen volver al mundo de Morfeo y, tal vez, reunirse en éste. Dormir hasta que el sol se colara por la ventana del dormitorio del alemán y les hiciera abrir los ojos después de un par de horas. ― Es una tontería, pero llevo un par de días preparándolo y... No sé. Me hacía ilusión dártelo. Espero que te guste.― Cat susurraba cada vez que hablaba. Despacio y por lo bajo para intentar que la ratita de biblioteca no se espabilara y quisiese desperezarse. Cat quería que el alemán volviese a cerrar los ojos y se dejara dormir entre sus brazos; que aprovechara el día del Sábado metido en la cama como acostumbraba a hacerlo ella. ― Y que no te moleste que me haya colado en tu casa sin avisarte.― Volvió a susurrar, paseando la nariz por la espalda del chico mientras buscaba sus pies con los suyos para acoplarlos entre medio de éstos. Cruzar las puertas de aquel apartamento, era adentrarse en un universo paralelo. Uno tranquilo. Lejos del ajetreo y los vaivenes de la ciudad.

Y el chico al que Cat abrazaba para volver a dormirse, era el famoso vecino fantasma del tercero. Un chico al que apenas se le oía. Tranquilo y silencioso. Tierno y diferente a cuanto chico había conocido. Distitno a Ankêr y lo opuesto a Haris. Un chico de nacionalidad alemana que trabajaba en una biblioteca que Cat no había pisado ni aún sabiendo que él trabajaba entre sus libros. Un chico con el que se topó de forma dolorosa en medio de las escaleras y que casi le cuesta un esguince o alguna extremidad rota por la caída. Pero que valió la pena. Cat sonrió con los ojos cerrados, abrazándose al chico en busca del calor corporal que el germano desprendía. Guten Morgen.― Cat le dió los buenos días en un idioma que nada tenía que ver con el de la chica. Ni con el ruso tampoco. En alemán. En la lengua natal del rubio con voz somnolienta al que sólo hacía falta teñirlo de azul y cambiarle los libros por una espada. La calma en medio de la tempestad. Un soplo de aire fresco. De los que ya no quedan, pensó mientras esperaba a que Morfeo la arropase entre sus brazos del mismo modo que lo hacía ella con el alemán.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Miér Mayo 16, 2012 1:53 pm



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Cat S. Havniken casa del alemán08:33 AM

Fuera de aquellas paredes que formaban la habitación del alemán, y que a su vez formaban parte de un edificio de una altura considerable, así como de considerable era su antigüedad, la gente paseaba con tranquilidad, por lo menos los que no tuvieran que ir a trabajar. Gente paseando a sus mascotas y exhibiéndolas delante de todos sus amigos, de todos sus vecinos, para que les tuvieran una envidia descomunal. Gente que aprovechaba para dar un paseo y de paso bajar ese par de kilos que les acompañan desde hace años. Gente de todo tipo y haciendo todo tipo de cosas. Gente que no eran ni Shmuel, ni Cat. Ese par de extraños personajes permanecían tumbados. Uno junto al otro. Tranquilos. Sin pensar en las posibles preocupaciones que pudieran tener. Ese era el efecto que ejercía sobre él la gatita. Le absorbía por completo e iba directamente a otro universo donde no existían leyes de física ni nada parecido. Sólo ellos, bueno, ellos y los gatos de la muchacha. Shmuel sentía con ella lo mismo que cuando leía un libro. Sentía curiosidad por saber más, pero también sentía un poco de miedo al pensar que en algún momento se podría acabar. No obstante, se dijo a sí mismo que tenía que quitarse esas tonterías de la cabeza si no quería que lo atormentara de por vida. No importa que se vaya algún día, lo que importa es que está aquí ahora.― Todo está bien. No te preocupes... Te perdonaré siempre y cuando el regalo valga la pena.― Susurró el muchacho, que no se había visto capaz de permanecer mucho más tiempo con los ojos abiertos. Quería mirarla, quería hablar un poco más con ella y sin embargo, lo único que fue capaz de hacer antes de dormirse fue entrelazar sus dedos con los de la gatita.

Morfeo le acogió rápidamente. Sin pensarlo un instante. Del mundo de los vivos al mundo de los sueños, que estaba a la mitad de la tierra y del infierno, según pensaba Shmuel. Por esa razón a veces tenemos pesadillas; vamos a los infiernos sin darnos cuenta, pero siempre despertamos arriba. El tiempo parecía detenerse y el alemán se encontró en el terreno de todos sus sueños. Una llanura que abarcaba todo lo que sus ojos podían ver. Allí no había nada más que libros. Unos eran enormes y otros tan pequeños que ni siquiera podía verlos con lupa. Caminaba sobre éstos porque no tenía más remedio. Se volvía completamente loco, pues quería leerlos todos a la vez. Sus títulos le fascinaban y acariciaba las portadas con la yema de los dedos, como hacía habitualmente. Tan despacio que desquiciaba a todas las personas que cogían prestado un libro de la biblioteca donde el muchacho trabajaba y tenían que soportar durante un par de minutos al chico despidiéndose de él. De cada uno de sus libros. Los trataba como a personas. Nadie podía hacerles daño bajo ningún concepto y mucho menos arrancarle una de sus páginas. Sacrilegio. Eso es sacrilegio. Una. Dos. Tres horas. Shmuel no supo hasta que volvió a abrir los ojos, qué hora era exactamente, ni cuánto había dormido junto a la muchacha de pelo casi canoso. Aún sentía los brazos de Cat rodeándole y lo confirmó en cuanto bajó la mirada y pudo ver que ambos seguían con las manos unidas, casi como si fueran uno solo, en aquella cama que les había visto en cueros y a la que no le había dado vergüenza ninguna. Es más, lo iría gritando por ahí si tuviera vida. Sonrió antes de deshacer el nudo que eran sus manos y piernas, esperando no despertar a Cat.

Pero como siempre, y a pesar de su idea inicial, Shmuel se sentía solo. Le complacía ver a su acompañante durmiendo tranquilamente a su lado, pero quería hablar con ella. Quería saber qué regalo le había estado preparando durante días, solamente para él. Nadie acostumbraba a regalarle nada, menos esos trabajadores que eran contratados por empresas medianas o pequeñas para repartir folletos en medio del metro, molestando a casi todos los habitantes de Moscú que se tenían que mover en metro. A casi todos. Shmuel los cogía todos y cada uno de ellos con una sonrisa en la cara que pensaba que alegraría a más de un trabajador. No lo hacía por cortesía, sino porque lo sentía. Aquellas personas daban regalos y nadie parecía querer cogerlos. Shmuel no les entendía, aunque bien sabía él que un pasado no muy lejano era igual que ellos. Arisco. No daba regalos y los tiraba cuando los recibía. No era nada agradecido y todo aquel comportamiento se volvió en su contra, dejando al muchacho así. Ensimismado. Demasiado tranquilo para estar metido justo en el centro de una marea de peatones y automóviles que no paraban de moverse día y noche por la ciudad, quizás, más conocida de Rusia.― Bonum mane.― Musitó el muchacho al oído de la gatita tras haberse dado la vuelta para poder observarla en todo su esplendor. Un latín básico que había aprendido gracias a un par de libros que trataban el tema, y a otro par de diccionarios que guardaba la biblioteca, y que justamente tenía en su casa, en algún rincón de su apartamento, debajo de otros muchos ejemplares de diferentes temas y dimensiones. ¿Cat sabrá latín? No. No creo. Pero eso de guten morgen me ha sorprendido.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Miér Mayo 16, 2012 6:22 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán08:34 AM

Quien tiene buena noche, no puede tener buen día. Bien que se lo decía su madre cuando la encontraba llegando a casa descalza, entrando por la puerta que daba a la cocina a hurtadillas para intentar pasar desapercibida, pasadas las siete u ocho de la mañana. Su madre, con el pijama puesto, siempre la esperaba sentada sobre la encimera de la cocina con una taza de té recién hecho entre las manos. Sin cara de bronca y castigo seguro. Sin intenciones de poner el grito en el cielo como hubiesen hecho muchas. Calysta la esperaba, con otra taza de té para ella, para ayudarla a subir a su habitación sin que Hristo se enterara de la hora en la que su hija más pequeña aterrizaba en casa mucho después del toque de queda. Sin que el padre de la rubia se despertara, saliera de su dormitorio y se encontrara con que su niña ya no lo era tanto. Calysta le cubría las espaldas para evitar que su marido se levantara y se encontrara con una Cat con dos grandes círculos de color negro alrededor de los ojos, el lapiz labial corrido y, en resumidas cuentas, con peores pintas que Alice Cooper una noche de juerga. Con un beso en la frente le deseaba los buenos días y se despedía de la rubia después de ayudarla a desvestirse para meterla en la cama. Aunque en casa, su madre, como castigo no dejaba que Cat durmiese más de tres horas después de haberse pegado toda la noche fuera de casa, la rubia lo echaba de menos. Echaba de menos la infusión con la que entraba en calor y recuperaba algo de color, echaba de menos el beso de buenos días de su madre y el olor a lavanda que desprendía su almohada.

Sin embargo, el estar a tantos kilómetros de distancia de Sofía, no salvaba a la rubia. Aunque su madre no estuviese en aquella estancia para despertarla, sí que estaba Shmuel. Quien tiene buena noche, no puede tener buen día. Las palabras de su madre la atormentaban incluso en sueños. Con fuerza. A gritos para intentar despertarla desde la lejanía a pesar de no haber pasado mucho tiempo desde que se dejó dormir sobre una almohada que no era la suya. Todo lo contrario al alemán, quien parecía no querer castigarla del mismo modo que solía hacerlo su madre. Apenas un susurro cerca de su oreja que le erizó la piel de la nuca. Apenas un susurro que, además de hacerle cosquillas, consiguió que la rubia sonriera. ― ¿Ya te has despertado?― La pregunta resultaba tonta, pero ahí estaba. El bibliotecario estaba despierto y no entre sus brazos como antes de que Morfeo la engullera hacia las profundidades de su mundo. Con los ojos cerrados todavía, la albina se removió entre las sábanas como un gato, ronroneando sin querer. No se veía capaz de abrir los párpados. No tenía fuerza para hacerlo ni siquiera cuando sabía que, al hacerlo, se iba a encontrar con un recién levantado Shmuel. Más tierno que de costumbre. Despeinado y en pijama. ― Tengo miedo de mirar la hora en el reloj.― Susurró con tono divertido, sacando el brazo izquierdo por fuera de la cama para alejar su reloj de pulsera todo lo posible. ― ¿Qué haces despierto tan temprano?― Preguntó, remolona, buscando de nuevo el cuerpo del chico para poder abrazarse a él. Ésta vez dejando la cabeza apoyada contra su pecho.

Al parecer el Sábado en la cama de Cat, no iba a ser como ella lo había imaginado. La rubia ni siquiera necesitaba mirar la hora que marcaba el reloj para saber que era temprano. Muy temprano para ella. Los tímidos rayos de sol que se colaban por la ventana del dormitorio del alemán, eran como un enorme reloj digital sin pilas. ― Pensé en traer algo para desayunar, pero no hubiese conseguido llegar a la planta de abajo.― Así como también pensó en comprar algo antes de meterse entre las sábanas de su cama en el piso de arriba. De camino a casa después de haberse pasado toda la noche entre las cuatro paredes de un local que le había dejado un sello de color azul en su mano derecha. Bollitos rellenos de arándano o galletas de un tamaño considerable recubiertas de chocolate junto a un par de tazas de café recién hecho. Café de verdad. Del que espabilaba y ayudaba a la rubia a sobrellevar una resaca que amenazaba con inutilizarla el resto del día. ― ¿No podemos seguir durmiendo un ratito más?― Esos cinco minutos que siempre resultaban ser algo más de cinco minutos. Un par de horas más. ― ¿Tienes que trabajar hoy o qué?― Preguntó, haciendo el esfuerzo sobrehumano de abrir un ojo para mirar, por primera vez en toda la mañana, al bibliotecario. La rubia entonces compuso una sonrisa. Cálida aunque cansada. ― Es Sábado, ¿no te apetece pasarte el día entero metido en la cama?― Insistió, evitando tener que gimotear como una niña con sueño. Desayunar en la cama, ver la tele en la cama...








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Jue Mayo 17, 2012 10:12 am



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Cat S. Havniken casa del alemán08:35 AM

La vida para Shmuel era tan solitaria y a la vez tan feliz que muchos no lo creerían cierto si él lo llegara a contar. Su día a día era lo más simple y lo más reconfortante que podía hacer el muchacho alemán. Se despertaba siempre a la misma hora: las seis y media de la mañana, aunque no tenía que abrir oficialmente la biblioteca hasta las ocho y cuarto. Una ducha rápida, algo de ropa y un abrigo con el que no pasar frío y se marchaba, aunque aún quedaba casi una hora para acudir a su puesto de trabajo. Él se entretenía por el camino en los mismos escaparates que veía día tras día. No parecía cansarse de mirar hacia todos lados y admirar la facilidad que tenían algunas mujeres para pasar la tarjeta de crédito por el lector de todas las boutique de diseño que había en la zona. Mujeres con unos ingresos que seguramente triplicarían los de Shmuel, quien apenas recibía nada por su puesto de bibliotecario en uno de tantos edificios destinados al almacenamiento de libros en Moscú. Su sueldo apenas llegaba para pagar luz, agua y comida, pero conseguía apañárselas bien. Si veía que no podría pagar la factura de la luz le arreglaba algún mueble a la vecina que tenía frente a él y ésta se lo pagaba muy gustosamente. Llevaba una vida austera en pleno Moscú, hasta que apareció Cat y lo dejó todo patas arriba. Últimamente se pasaba media hora en el espejo mirándose y moviendo los mechones de su pelo hacia todas partes hasta que consideraba que éste estaba impecable. Se preocupaba un poco más por lo que llevaba puesto, pero tampoco había cambiado tanto desde que ambos tuvieron ese magnífico encontronazo en la escalera. Shmuel sonrió al recordarlo, aunque más bien parecía que le sonreía a la muchacha, que acudió a su llamada rápida y veloz y ya hablaba.― Es que no podía dormir. Me has puesto nervioso.― Se sinceró el alemán tras agarrar la mano derecha de la gatita.

Le gustaban sus manos. Le daban fuerza y una seguridad que le animaba incluso a hablar con los demás con total naturalidad, siempre y cuando la estuviera agarrando. Sabía que ella le protegería. Parecía un poco extraño, o al menos así lo veía Shmuel. Leyó durante años historias de muchachos que cuidaban de sus amadas, pero no muchachas que cuidaban de sus amados. Ellas solamente estaban dispuesta a dejar que conquistaran su corazón, pero no se movían. No hacían nada. No ponían de su parte. Pasivas; y sin embargo ahí estaba Shmuel, tirando por tierra todas esas historias de princesas que nunca se creyó del todo, aunque quiso hacerlo. No se sentía menos hombre, puesto que era todo un honor para él que le cuidaran.― Podemos desayunar dentro de un rato, cuando consiga hacerte salir de la cama...― Murmuró el chico antes de soltar una carcajada, suave, para nada estridente. Una carcajada que delataba lo feliz que era, lo feliz que se sentía junto a esa muchacha de aspecto felino que había llegado a su vida fruto de una casualidad y que ahora dormía junto a él, como casi todas las noches desde que intimaron. El alemán negó para sus adentros, alejando el tema del sexo de él. No le gustaba. No el sexo, sino hablar de él. Prefiero eso de pasar a la acción.― Sí que me apetece pasar el día aquí, pero tenía que dar un concierto.― Dijo ahora un poco más alto, con la única finalidad de despertar a la muchacha de su letargo. Era hora de que le escuchara, aunque su sonrisa le confortaba, también le intimidaba. Nunca había tocado para nadie, y mucho menos para alguien tan especial como lo era Cat para él. Le daba vergüenza. Su timidez, de nuevo, atacaba sin piedad, por lo que tenía que relajarse. Estaba en su propia casa. En su cama. No había más seguridad que esa. No se reiría de él. Mi madre dice que canto bien, no sé.

No quería escuchar una negativa por parte de la gatuna, quien seguramente empezaría a notar los efectos de la resaca en su cuerpo. Dolor de cabeza y unas ganas de vomitar que no se le quitarían hasta que no finalizara el día, eso por no nombrar el sueño que debía tener, y que tenía que recuperar. Bueno, aún quedaba sábado para poder dormir, y domingo también. Muchos días para que ambos descansaran, en su cama o en la de ella. No importaba; pero ahora, en ese momento, le daba igual. Quería darle ese concierto extremadamente privado que le había prometido, y lo haría ya. No podía esperar, porque sabía que si Cat volvía a sonreír así se derretiría.― Señoras y señores, he aquí una eminencia de la música internacional. El gran Shmuel Dusklic. ¡Un aplauso! ― Se autopresentó, no sin antes haber cogido la guitarra, que guardaba siempre metida en su funda debajo de la cama para que nadie la robara. La música para Shmuel era otra forma más de pasar el rato. No tenía mucho más que hacer, ya que carecía de cualquier aparato electrónico del que se pudiera disfrutar, eso sin contar un teléfono móvil que estaba aprendiendo todavía a utilizar. Tengo que decirle a Cat que ya sé sacar fotos y todo. Su público estaba esperando por él, así que no dudó en amenizar la mañana tocando la guitarra, e intentando cantar, aunque en algún momento de la canción que había escogido se ponía tan nervioso que no le salían las palabras. No estaba acostumbrado, y tampoco es que se supiera la letra del todo bien. La escuchó un par de días atrás en el cacharro que tenía la muchacha, ese ordenador portátil que parecía ser su mejor amigo, aparte de los gatos. Una canción alegre. Shmuel solía escuchar música de los ochenta y desde que oyó aquello se propuso a sí mismo modernizarse un poco en cuanto a grupos de música. Aunque siempre llevo a los ochenta en el corazón, como a mis libros... Y a Cat también.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Jue Mayo 17, 2012 6:51 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán08:36 AM

Fueron felices y comieron perdices. Un final recurrente para muchos escritores de esos libros infantiles que Calysta acostumbraba a leerle a la rubia cuando no pasaba del metro de altura. Un final perfecto para esos cuentos cargados de príncipes azules y princesas de ensueño; sapos, camaleones y ratones con voz; hechizos, encantamientos y brujas malvadas que calan bien hondo en el corazón de esos niños que se sumergen entre las páginas llenas de dibujo del libro en cuestión. Esos cuentos que siempre tienen un final feliz. Donde el bien siempre triunfa sobre el mal. Cuentos e historias donde la bruja nunca gana la guerra, sólo batallas sin importancia. La princesa, por muchos obstáculos que se encuentre por el camino empedrado, siempre consigue el corazón de ese apuesto príncipe que galopa sobre el lomo de un precioso corcel de color blanco y que consigue rescatarla de las manos de esa malvada madrastra que se empeña en hacerle la vida imposible a toda costa. Un final de cuento que Cat recordaba cada vez que el alemán cerraba el libro que, durante semanas, le había estado leyendo en voz alta en el salón de su casa. Un final de cuento que, muy seguramente, tendría el rubio cuya cama había invadido a hurtadillas hacía tan solo un par de horas. Feliz y comiéndose una perdiz. ― ¿Que te puse nervioso? ¿Por qué?― Durante unos pocos minutos, la rubia oxigenada pensó en la posibilidad de haber podido asustarle apareciendo en su cama de repente. Sin venir a cuento. A primera hora de la mañana de un Sábado y sin haberle avisado antes de la futura visita.

Una cama de casi metro y medio de ancho donde Cat se sentía como en casa. Donde se sentía arropada gracias a los brazos del bibliotecario, lejos del bullicio de la ciudad donde había decidido establecerse seis meses atrás. Empapándose de la tranquilidad y la parsimonia del rubio. Una tranquilidad que el alemán no sólo conseguía transmitirle cuando le leía historia tras historia, sino que cuando tenía gestos tan simples como aquel. Coger su mano. Igual que había hecho antes de dejarse dormir entre los brazos de la albina. Ésta sonrió, apretando la mano de la ratita de biblioteca con suavidad. Con cariño. Con ternura. Tres ingredientes; los mismos que Shmuel había empleado siempre para tratar con Cat. Desde ese primer momento en el que se toparon en las escaleras del edificio. Justo antes de llegar al segundo piso. Por culpa de un libro que más tarde él le leería a ella. ― Yo no quiero levantarme. Ni siquiera para desayunar.― Y es que esa taza de café recién hecho, ni los bollitos que pensó en traer para acompañar el regalo que había dejado suelto en algún rincón de la cama, la hacían cambiar de opinión. ― Ven aquí. Acuéstate conmigo un rato más.― Gimoteó, resistiéndose a soltar la mano del alemán después de que éste le recordase lo que le había dicho días atrás. Un concierto. El famoso concierto privado que le había dicho que le haría. Sólo para la rubia. Entre las paredes de su casa. A salvo. ― ¿Un concierto ahora?¿A estás horas? Aunque la resaca de la rubia no estaba de acuerdo con el plan de Shmuel, la rubia no fue capaz de decir nada. Ni siquiera de volver a quejarse. Después de frotarse los ojos con los dedos en un intento por despejarse, Cat hizo el esfuerzo de desperezarse para sentarse sobre la cama, apoyando la espalda contra la pared para disfrutar, en todo su esplendor, de ese concierto privado y del chico.

Algo a lo que no estaba acostumbrada. La voz del chico de los libros había sido sustituída por la melodía que su guitarra acústica les regalaba; una melodía que no tardó en ser acompañada por esa misma voz que le leía por las noches antes de irse a dormir. Como lo había hecho su madre cuando era bastante más pequeña ahora. Con la diferencia de que, ahora, la rubia no llevaba pañales ni dormía entre paredes de color rosa pastel. Una canción que Cat conocía e, incluso, cantaba cuando se metía en la ducha. Una canción que ella misma recordaba haberle puesto a Shmuel en el ordenador durante una de sus últimas visitas al apartamento de la rubia. Una canción que nada tenía que ver con la que Cat había estado escuchando durante toda la noche en un local del centro de Moscú. Una canción que, a pesar de la resaca y el cansancio de la búlgara, consiguió hacerla sonreír. ― Después de ésto te mereces el regalo todavía más.― Murmuró, encogiéndose de hombros antes de buscar el cuello del alemán para enterrar la cara contra éste y besarlo en una única ocasión. ― Espera.― Dijo, tratando de olvidarse del bombeo de alcohol en su cabeza mientras dejaba que sus manos vagaran por encima del colchón, entre las sábanas, en busca de ese rectángulo electrónico que había bajado para él. En rosa. Lleno de canciones que la rubia había estado buscando por la red durante semanas para prepararlo. Un rectángulo de Apple que aunque no estaba empaquetado con el mismo papel de seda con el que se lo regaló su hermano, lucía un lazo de color rojo alrededor. ― Ya. Sé que no es tu cumpleaños, ni navidad tampoco, pero...― La rubia volvió a encogerse de hombros cuando, finalmente, encontró lo que buscaba. ― Ten.― Susurró con esa timidez que Cat estaba acostumbrada a percibir en su cuentacuentos particular.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Vie Mayo 18, 2012 9:46 am



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Cat S. Havniken casa del alemán08:37 AM

Inmerso en la melodía, en el ritmo que tenía que llevar durante toda la canción, en el tono de voz y en las palabras que debía usar en cada momento para que lo que estaba haciendo se convirtiera en una buena interpretación de una canción que había conocido gracias a Cat. Gracias a ella había derribado varios muros que para él hasta la fecha eran infranqueables, unos muros tan altos que aunque alguien alzara la cabeza no conseguiría ver el final de éstos. Unos muros en los que se protegía, en los que no dejaba entrar a ningún desconocido por nada del mundo, porque sabía perfectamente que si se permitía de nuevo el lujo de dejar pasar a alguien no podría desconfiar. Acabaría creyéndose todo lo que le dijeran y volvería al punto donde empezó todo. Shmuel reconocía con total sinceridad que relacionarse con él no era una tarea muy fácil y que pudiera realizar todo el mundo. Relacionarse con él significaba avanzar dando pequeños pasos, y si la persona que intentaba hacerse con su confianza erraba en algún movimiento daba zancadas, pero hacia detrás. Alguien difícil de tratar para lo cariñoso que era. Necesitaba a los demás, y al verse solo recurrió a los libros. Ellos le dieron el cariño que necesitaba durante mucho tiempo, pero ahora Cat le ayudaba. Ella era quien le abrazaba, quien se molestaba en escuchar lo que tenía que decir, quien, incluso, se despertaba un sábado por la mañana para ir hasta su apartamento, para ver y oír cómo cantaba el alemán sin pedir nada a cambio. Ella disfrutaba de la lectura tanto como Shmuel, solo que a niveles diferentes. Aún así, al chico le parecía que era la mujer ideal para cualquier tio que valiera la pena. No para un macarra de tres al cuarto que solamente supiera destrozar la vida de los demás con sus gilipolleces.

Cat se merecía mucho más de lo que nadie podría darle jamás, y estaba claro que Shmuel ni se acercaba a poder dárselo. Era inteligente, una gatita arisca, según ella misma decía, aunque el muchacho no se creía ninguna de sus palabras. A él le demostraba todo lo contrario con sus actos. Era increíblemente tierna cuando estaba con el germano, ¿entonces? ¿Solamente se comportaba así con él porque le había caído mejor que el resto de personas a la que conocía en Moscú? Eso nunca lo sabría, y tampoco lo pensaba preguntar. Una falta de respeto. Eso era para Shmuel. Ella le demostraba con sus actos que era una gatita cariñosa, así que no tenía por qué desconfiar de ella. No lo hacía con nadie, así que con Cat mucho menos. Ni de coña, pensó cuando terminó de tocar la canción que escuchó días atrás de mano de la búlgara.― Vamos. Ardo en deseos de saber cuál es la sorpresa que tienes preparada para mí.― La emoción se estaba apoderando notablemente del rubio, quien no hacía más que moverse por la cama, bien fuera para quitarse los calcetines, que ya comenzaban a agobiarle, o la camiseta, para que la muchacha pudiera contemplar que Shmuel se había puesto a dieta hacía un par de semanas con intenciones de tener un cuerpo diez que poder enseñarle a la muchacha. Una tontería que había leído en uno de tantos artículos de algún periódico de mediocre reputación, pero que al final se había decidido a llevarla a cabo, por si daba resultado. Por probar que no sea.― ¿Qué es esto?― Formuló la pregunta en voz baja. Finalmente, la espera había valido la pena, aunque no tenía ni remota idea de lo que tenía en las manos. Un pequeño aparato con un lazo rojo de adorno. Frunció el ceño, moviendo el cacharro para intentar que éste hiciera algún tipo de sonido, pero nada.

Ni siquiera agradeció el regalo, no porque fuera un maleducado, sino porque se quedó con la incógnita de saber para qué servía exactamente el aparato que miraba con especial atención. Creía haberlo visto en algún escaparate de alguna tienda electrónica de moda en la zona, pero carecía de alguna idea sobre para qué servía. Piensa, Shmuel. Piensa. No importó cuánto tiempo pensara. Se rendía a medida que los segundos pasaban y un silencio un poco incómodo inundaba la sala. El muchacho consiguió reaccionar a tiempo y darle las gracias, sin darse cuenta, en su idioma natal. Estaba seguro de que sabía para qué servía, pero tenía la mente llena de serrín esa mañana. Y cuando pensaba que tendría que tragarse la vergüenza que le invadía y preguntarle a la chica qué era aquel extraño artilugio rosa, consiguió recordar que era la versión moderna de su walkman. La duda estaba resuelta. Servía para escuchar música por unos auriculares que seguramente se habrían quedado desperdigados entre las sábanas, o que simplemente se tendría que comprar el muchacho en el bazar más cercano. Ladeó la cabeza para mirar a Cat, esbozando una sonrisa. Le había encantado la sorpresa. Es más, a partir de ese momento lo llevaría a todas partes, no podía dejarlo en su apartamento. No quiero que me lo roben.― Oh, Cat. Ni mil vidas serían suficientes para agradecerte esto.― Murmuró Shmuel, quien se podría decir que estaba más contento que unas castañuelas. Ahora podría llevar su música a todas partes y no tendría que estar cargando con la pesada y vieja radio a la que le tenía tanto aprecio. Casi el único aparato electrónico que había en aquella casa, sin contar todo lo relacionado con la cocina.― ¿Cómo se llama? ¿Seguro que quieres dármelo? ― Dijo tras hacerse un hueco entre las piernas de la chica, apoyándose contra su pecho para, juntos, poder examinar su nueva adquisición musical.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Vie Mayo 18, 2012 5:45 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán08:38 AM

Le gustaba. Sin más. Le gustaba que el alemán no tuviese un ordenador de mesa prehistórico. Le gustaba que pudiese salir de su casa sin la imperiosa necesidad de llevar consigo el teléfono móvil que Cat, rara vez, conseguía no tener entre sus manos. Le gustaba que tuviese esa extraña obsesión con los libros; de cualquier género, de cualquier época y de cualquier grosor. Un romance con las páginas entre las que se sumergía a diario. Le gustaba esa timidez que caracterizaba al alemán; esa ternura que la rubia oxigenada sólo conseguía ver cuando estaban a solas entre las paredes del apartamento de alguno de los dos. Le gustaba que paseara las manos a lo largo de su espalda o que, de buenas a primeras, hiciera que sus pies dejaran de tocar el suelo. Le gustaba que tuviese que pedirle que fuese ella quien se tuviese que encargar de comprar preservativos porque él se moría de vergüenza. Le gustaba que tuviese detalles como aquel con ella. Un concierto privado en la cama sólo para ella; una canción que ella misma le había hecho escuchar un par de días atrás. Una canción que, después de aquella mañana, sería todavía más especial para la rubia. ― Si llego a saber que te gustaba la canción, la hubiese metido también.― Murmuró, encogiendo los hombros. Buscándole con la mirada. Sonriendo. Cat seguía sorprendida aunque resacosa. El germano le había prevenido sobre ese concierto que pensaba darle, mas nunca esperó que fuese a primera hora de la mañana y después de haberse colado en su casa para llevarle un regalo. Un regalo igual de musical que el que el bibliotecario le había hecho a Cat. Uno con sus manos y con su voz.

Un regalo que, al contrario que el suyo, el muchacho iba a necesitar cargar cada dos por tres para poder disfrutar de la maravilla que guardaba su memoria interna bajo la carcasa de color rosa. Una maravilla de Apple que Arik, al contrario que tres cuartas partes del mundo, no supo reconocer. ― No sé por qué no me sorprende...― Reconoció con una sonrisa dibujada en los labios, negando con la cabeza al mismo tiempo. Adorable. Aquello, claramente, no la cogió por sorpresa. Era de esperar, se dijo la rubia para sus adentros. Shmuel: el enemigo de todo aquello por lo que Cat babeaba sin remedio frente a los escaparates del centro. ― Es como... Como una biblioteca. Pero más pequeña que las de verdad.― Una biblioteca de música que cabe en el bolsillo más pequeño de los vaqueros; que pesa tres cuartas partes menos que el libro más ligero que la rubia pudiese encontrar en la casa del alemán. Una biblioteca sin libros, pero que lo acompañaría tan lejos como él quisiera.― Una biblioteca sólo para ti.― Susurró aquello último contra su oreja después de que Shmuel se hubiese colocado entre sus piernas, retrasando el momento en el que Cat volvería a llamar a Morfeo para que la arropara durante un par de horas más. Una llamada que, sin embargo, y a pesar de estarse cayendo del sueño, no le importaba posponer durante un rato más.

Le gustaba. Sin más. Le gustaba colarse en su cama y abrazarse a él en busca de calor. Le gustaba poder enredar sus pies con los del alemán. Le gustaba pasar tiempo con él; ya fuera leyendo o analizando un reproductor de música que Cat había estado utilizando durante años y que él, muy seguramente, nunca había pedido por navidad. La gata rió por lo bajo tras humedecerse los labios. ― Es un iPod.― Dijo mientras rodeaba al chico con uno de sus brazos para poder pasear la yema de los dos por el torso desnudo de éste. ― Nada de dar las gracias. Me lo regaló mi hermano por navidad y ya tenía uno. Prefería que lo tuvieras tú.― Y aunque tuvo la opción de recuperar el dinero en la primera tienda Apple por la que pasara, la rubia lo había dejado olvidado en uno de los cajones de su habitación. Por si el que utilizaba decidía dejarla tirada en el momento menos oportuno y se veía sin nada con lo que entretenerse durante sus trayectos en el subterráneo ruso. Por si Nia no conseguía volver a hacer un milagro y su reproductor no volvía de entre los muertos. El alemán no tenía nada que agradecerle. ― Sé que el color es un poco especial, pero eso se puede arreglar.― Arreglo que llegaría con un par de horas de manualidades. Con algo de pintura, bastante paciencia y tiempo libre. Con la barbilla apoyadada sobre uno de sus hombros, la rubia dejó que la mano con la que rodeaba al alemán acariciara una y otra vez el tatuaje que éste lucía bajo el ombligo. ― Te noto distinto.― Pensó en voz alta tras deslizar la vista por el torso del bibliotecario. ― ¿Te estás pegando más tiempo en el gimnasio?―.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Sáb Mayo 19, 2012 7:20 am



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Cat S. Havniken casa del alemán08:40 AM

La tranquilidad era una parte importante de la vida del alemán, por lo menos desde que se encontró completamente solo. Aprendió a hacer que el silencio formara parte de su día a día, a no preocuparse por los problemas que pudieran tener los demás, y sobretodo a alejarse de ellos. De ellos, y de todo lo que no le convenía en exceso. Se alejaba. Huía porque no quería arriesgarse a salir mal parado otra vez. No lo soportaría. No era demasiado débil, pero tampoco tenía una personalidad tan fuerte como para pararse en mitad del vendaval y no moverse del sitio. Se arriesgaba tanto abriéndose a una muchacha que sabía que en algún momento se marcharía, dejándole solo otra vez... Shmuel no quería pensar en ello. No quería venirse abajo sabiendo que lo que estaba pasando en algún momento se convertiría sólo en un vago recuerdo de lo que para él fue la felicidad. Estar allí, en un dormitorio que carecía de muebles, donde tenía que poner su ropa encima de un par de cajas de cartón y de libros apilados, de forma que improvisara un armario. Estar allí, en compañía de Cat. Eso significaba para Shmuel la felicidad más absoluta que jamás había experimentado, no superaba ni a la época en la que tenía a alguien a quien llamar pareja. Novia. Cat era algo mucho más importante para él que una pareja totalmente temporal. Era como haber encontrado la aguja en el pajar. Un regalo que guardaría siempre en su corazón, junto con todos y cada uno de los libros que había leído a lo largo de toda su vida. Veintiún años en páginas, muchas teñidas de negro, y otras, como las que escribía justo en ese momento, plastificadas, para que a la tinta no se le ocurriera manchar nada.― Una biblioteca para mí...― Musitó el muchacho, para luego, quedarse en silencio. Sin duda era el mejor regalo que había recibido nunca.

Aún con el aparato electrónico en las manos, Shmuel no se creía que nadie hubiera hecho eso por él. Regalarle algo que significaba tanto para una persona como el alemán. Una biblioteca personal e intransferible que se quedaría de por vida, o al menos hasta que no pudiera más, como pasó con su walkman, que después de muchos años terminó dejándolo tirado a la primera de cambio. Ladeó ligeramente la cabeza, escuchando atentamente las palabras de la gata, quien parecía igual de emocionada que Shmuel con el regalo que había preparado, según le contó, durante días.― El color está bien así. No soy de los que piensan que el rosa es de homosexuales.― Comentó el muchacho, visiblemente divertido. Le haría aún más gracia ver la cara que se les quedaría a los viandantes cuando le vieran con ese tal iPod de color rosa. Vería sus caras, vería como por milésimas de segundo le juzgarían, pero poco le importaba a Shmuel lo que nadie tuviera que decir de él. Todo le resbalaba. No se dejaba llevar por los demás en ese sentido. ¿Y si le gustaba el rosa qué? ¿Eso le convertía en peor persona? No, claro que no. Además, tampoco creía que fuera conveniente pintar de otro color el cacharro en cuestión. Sería como destrozar el regalo. Shmuel quería tenerlo en su poder tal y como estaba ahora para que Cat pudiera ver que se tomaba enserio todo lo que la muchacha decía o hacía. Un regalo estupendo, al que le siguió un comentario que el alemán no se esperaba, y que no tardó en hacer que sus mejillas se tiñeran de color carmesí durante unos instantes.

Mientras que el chico había seguido contemplando su maravilloso regalo, Cat aprovechó para examinar su torso desnudo y así sacar unas conclusiones que, para disgusto repentino de Shmuel, eran ciertas. La gatita se había dado cuenta de que Shmuel estaba haciendo todo lo posible para gustarle. El muchacho se miró a sí mismo, dándose cuenta de que el par de horas más en el gimnasio durante la semana comenzaban a dar sus frutos, aunque muy pequeños como para decir que había cambiado bastante. El alemán pensaba en una posible excusa que contarle a la búlgara para que pasara por alto ese pequeño detalle de su anatomía, pero supuso que eso no iría a ninguna parte, porque ninguna mentira llegaba a buen puerto, y eso lo había aprendido a base de palos el muchacho.― Sí. Un par de horas más. Pensaba que no lo ibas a descubrir.― Se sinceró el alemán, pensando que a lo mejor no era tan malo como él pensaba, el hecho de que le hubiera descubierto cuando su transformación aún ni había comenzado de verdad. No quería convertirse en un campeón de los pesos pesados, un tipo lleno de venas marcadas y con los músculos a punto de explotar, pero sí que quería impresionar a la muchacha. Shmuel había visto como durante el tiempo que llevaba Cat viviendo en el mismo edificio que él, desfilaban hacia su apartamento hombres que nada tenían que ver con Shmuel. Tipos duros, con pinta de poder derrumbar la puerta del hogar de la gata de una patada. Hombres con caras amenazantes que intimidaron al alemán más de una vez cuando se encontraban en el rellano, diciendo que se apartara de su camino.― Pensé que así te gustaría más.― Susurró al tiempo que dejaba el iPod sobre la cama, justo a su lado. Quería tener las manos libres para tocarla antes de que se fuera de allí, y eso no tardaría en pasar, no si Shmuel no la dejaba dormir pronto.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Sáb Mayo 19, 2012 12:11 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán08:41 AM

Distinto. Diferente. El muchacho alemán era todo lo contrario a lo que Cat estaba acostumbrada; lo opuesto a todo cuanto había cruzado la puerta de su casa en Sofía para hacer las presentaciones oficiales que su padre le obligaba a realizar si quería que su toque de queda fuese bien entrada la madrugada -aunque luego, al conocerlos, nunca cumplía con su parte del trato-. Sin un sobreexceso de tatuajes adornándole los brazos. Sin la cabeza completamente rapada o sin una decena de agujeros en la cara que su madre se esforzaba en contar antes de que acabara el tercer grado. Shmuel era todo lo contrario a todas las parejas que la rubia había tenido durante los últimos años. Sin la tendencia a meterse en líos constantemente; el rubio carecía de ese gen macarra que tanto le había gustado a Cat a la hora de mantener relaciones sentimentales que nunca llegaban a ninguna parte. Un tío sin problemas con las drogas ni con el alcohol; que apenas sabía desenvolverse en el mundo de la noche. Un tío que, sin lugar a dudas, sería recibido con los brazos abiertos en cuanto pusiese un pie en casa de la rubia. El primero al que su padre vería con buenos ojos e, incluso, dejaría entrar de forma regular en la fortaleza de su hogar; que lo haría sentir uno más. Sin forzar sonrisas. Sin amenazas dichas entre dientes para evitar conflictos con una ilusionada Cat que siempre acababa chocando contra un muro de hormigón. Un muro que con el alemán no existía.

El único que no le haría sangrar la nariz después del choque ni tampoco deprimirse entre las paredes de su dormitorio viendo capítulos de las primeras temporadas de Las Chicas Gilmore con una tarrina de helado, tamaño familiar, de chocolate belga o con trocitos de galleta, nadando entre pañuelos desechables. ― Tiene espacio para cientos de canciones. Todas las que quieras.― La rubia se encargaría de seguir actualizando el reproductor de música cada cierto tiempo para que el chico no se pasara meses escuchando los mismos temas. Una y otra vez. Cat añadiría todas las canciones que el alemán tarareaba después de haberlas escuchado salir por los altavoces de su antiquísima radio. Cat las descargaría e iría sumando archivos a esa carpeta en el escritorio de su portátil donde se podía leer el nombre del bibliotecario. Para Shmuel. ― Luego te bajo un cargador que tengo. De estos para la pared. No hace falta que lo cargues en el ordenador.― Susurró, distraída, mientras las yemas de sus dedos ascendían por el torso desnudo del alemán como si siguieran un camino inexistente. Uniendo lunares que no tenía hasta llegar a la altura de su hombro para apoyar el codo sobre éste con cuidado. ― Pensé que si querías cambiarlo de color, podríamos tunearlo juntos.― Después de haber dormido un buen rato más. Después de que hubiesen desayunado algo. Después de haberse dado un baño. Y después de que Cat hubiese buscado algo en su farmacia particular para acabar con el bombo que tenía en su cabeza por haberse bebido esas dos últimas copas que no debió de pedir. ― Aunque si te gusta así... Mejor.― La albina sonrió cerca de su oreja, atrapando el lóbulo de ésta con los dedos para juguetear con su pendiente del mismo modo que lo hacía él.

Hristo, de conocer al joven germano, estaría más que encantado con él aunque supiera del tipo de relación que éste llevaba con su hija más pequeña. Estaría tan encantado -o más- que la propia Cat. No sólo porque contaba con alguien que le leyera por las noches, ni siquiera porque le diera algo de calor cuando el frío teñía las calles rusas de soledad y blanco. Cat estaba encantada de poder tenerlo como amigo. ― ¿Cómo no iba a darme cuenta?― Preguntó con incredulidad. Aunque el bibliotecario pensara lo contrario, las horas que estaba invirtiendo en el gimnasio estaban dando sus frutos. Poco a poco. ― Ahora entiendo por qué te cuesta tan poco levantarme del suelo.― Bromeó, inclinando la cabeza hacia adelante para alcanzar a besar la clavícula del rubio en un par de ocasiones. Una y otra vez. Le gustaba. Yendo o no al gimnasio. Sin un brazo que parecieran dos o tres juntos y con él también. Le gustaba de todas las formas y de todas las maneras posibles. Más o menos fuerte, a Catherine no le importaba. Más o menos delgado. En pijama, sin él o vestido con un simple pantalón vaquero. Le gustaba que fuese descalzo y que a veces, como esa noche, se metiera en la cama con calcetines. ― A mí me gustas siempre.― Reconoció con la cabeza apoyada, aún, contra su cuello. ― Aunque debo de reconocer que te veo más guapo que nunca.― Recién levantado. Sin su característico tupé y con voz somnolienta. Contento, al parecer, por el regalo que la rubia le había hecho esa mañana tras su concierto privado. ― Me gusta tenerte así.― Dijo al mismo tiempo que sus piernas se enroscaban alrededor del cuerpo del alemán. Del mismo modo que lo habían hecho sus brazos cuando se metió en la cama. Para abrazarse a él. Para acurrucarse contra él.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Sáb Mayo 19, 2012 2:07 pm



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Cat S. Havniken casa del alemán08:42 AM

En el siglo en el que se encontraban el par de amigos, a la vez que amantes, era el siglo de la tecnología. Los avances en ella eran increíbles y lo que parecía prácticamente imposible a principios de los ochenta, por aquel entonces se estaba haciendo realidad. Coches que comenzaban a despegarse del suelo, hologramas en aeropuertos que ayudaran a los pasajeros a sacar su billete sin necesidad de acudir a una persona de carne y hueso. Películas con cada vez mejores efectos especiales que hacían que más de una persona se preguntara si era verdad o no todo lo que ocurría en el largometraje. Miles de avances que parecían no haber llegado a Shmuel, que para nada era amigo de la tecnología. Es más, la repudiaba, como si no fuera con él, como si no la quisiera tener delante. Casi sin darse cuenta se había convertido en un troglodita. Carecía de una enorme pantalla en su sala de estar para ver la televisión. Carecía de un ordenador como el de la muchacha, mediante el que podría realizar mil tareas que le ayudarían en su día a día. Shmuel no necesitaba de esos lujos tecnológicos para ser mejor persona o para poder divertirse. Él solamente tenía que abrir un libro y leer un par de páginas para sentirse completo y feliz. Una sensación agradable que le invadía, casi igual de agradable que la sensación que le llenaba cuando estaba en compañía de la búlgara. Una preciosa muchacha que tenía tan solo un año menos que él, y que sin embargo parecía mucho más madura y experimentada que el alemán. La adoraba. Era, quizá, la única persona con la que podía compartir sus mayores y más oscuros secretos sin sentirse juzgado. Una buena amiga que llevaba todos los días, a todas horas, en el corazón.

Si tuviera en su poder un mando con el cual parar el tiempo en cualquier instante, lo pararía en esos momentos. Rebobinaría y los volvería a vivir una y mil veces. Le daría al botón de grabar y no se le olvidaría jamás. Era algo tan especial que ni siquiera tenía palabras para describirlo. Algo magnífico, sin igual. No tenía nada que ver a las relaciones que había mantenido con otras muchachas años atrás. No sentía esa extraña conexión que les unía fuertemente. Nunca había sentido que conocía a una de esas chicas de toda la vida y sin embargo con Cat sí que le había pasado. Como si desde pequeños hubieran compartido patio de recreo.― Voy a decirte una cosa, pero no te la tomes muy mal.― Comenzó a decir el muchacho al tiempo que tomaba una de las manos de Cat entre las suyas, acariciándola. Era su forma de relajar a la búlgara, aunque muchas veces ni eso hacía efecto. Entonces era cuando llegaban los abrazos y los arrumacos hasta que se rendía y desaparecía esa gata arisca a la que le encantaba arañar.― Que soy guapo, lo sé. Pero estás exagerando un poco.― Bromeó Shmuel, no pudiendo reprimir una carcajada que llenó el espacio vital de ese par de jóvenes. Un espacio vital que parecía haberse convertido en el hogar de ambos. Tanto abajo, en la casa de Arik como arriba, en la de Cat. Compartían un par de pisos. Cada día uno distinto, e incluso iban cambiando de lugar según les convenía. Si querían leer un libro tranquilamente bajaban, y si de lo contrario a Shmuel le apetecía que Cat le hiciera una introducción a las nuevas tecnologías, subían a su apartamento y se pasaban toda la tarde allí, para luego bajar y dormir entre las sábanas del germano.― ¿Sabes qué me gusta a mí? Tus besos. Y también cómo me miras.― Susurró Shmuel, a sabiendas de que podría hacerle una interminable lista a su amiga de las cosas que le gustaban de ella, y no podría hacer otra de las que no.

Me gusta todo de ti, Cat. Todo. Le hubiera gustado decirlo en voz alta, pero no tenía fuerzas para ello. No tenía la suficiente valentía como para afrontar esa situación. La timidez le ganaba un poco de terreno, pero el alemán había progresado mucho, respecto a su situación inicial. Aunque aún le intimidaba hablar de millones de cosas, poco a poco iba abriéndose más a aquella muchacha, encantadora de gatos, por la que incluso llegaba a pensar Shmuel que podría dar la vida. Poco tiempo que habían invertido perfectamente en conocerse el uno al otro. En saber más, en gustarse más. El muchacho sonrió al recordar una cita de Shakespeare. Una que desde niño le había encandilado. Una cita que nunca había admitido ante nadie que era su favorita del autor.― Duda que sean fuego las estrellas.― Musitó, aunque parecía que no venía a cuento lo que empezaba a recitar, como si del mismísimo William Shakespeare se tratara. Le parecía demasiado atrevido compararse con él, sin embargo, tiempo no tenía para poder ponerse a debatir interiormente si era ético o no imitar a los demás.― Duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo.― El muchacho sonrió en cuanto hubo terminado de decir de memoria la cita del célebre personaje en voz alta. No era su intención proclamar a los cuatro vientos su amor por la gata, ya que ni siquiera había en él semejante sentimiento como era el amor. Sólo quería que conociera un poco más de él. De sus gustos.― ¿Sabes quién dijo eso?― Formuló la pregunta en voz alta, tras acomodarse, permitiendo que Cat siguiera apoyando la cabeza contra él. Permitiendo que le tocara cuanto quisiera. No le molestaba, sino que al contrario. Le relajaba. Quizá le relajaba tanto que por eso había divagado diciendo la cita del autor inglés. La cuestión era que una vez más, y como ya venía siendo habitual, el chico no dejaba de ser él en ningún momento. Shmuel para lo bueno, y para lo malo.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Dom Mayo 20, 2012 3:31 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán08:45 AM

Un plan completamente distinto a los que la albina solía tener, por regla general, los Sábados por la mañana. Un Sábado sin dos o tres gatos metidos en su cama con ella, sin las cortinas de su dormitorio cerradas a cal y canto para evitar que se filtraran los rayos de sol a través de éstas. No habían resoplidos ni malas palabras por culpa de una resaca que ella misma habría buscado la noche anterior. No habían juramentos lanzados al aire donde se decía que no volvería a beber y que, por supuesto, no cumplía desde que le sellaban la mano al entrar en el local. No habían desayunos con alto contenido en vitamina C ni ganas de enterrar la cabeza debajo de la almohada. Un Sábado en el que, a pesar de ser atormentada por una resaca, la rubia había conseguido salir de la cama bastante antes de la hora de comer y sin cara de morder al primer valiente que osara darle los buenos días en el rellano o a gritos desde la ventana que daba a la pequeña cocina del piso de la búlgara. Esa mañana no agradecía en silencio el poco ruido que hacía Nia al otro lado del tabique, ni tampoco la escasez de ruido de la pareja que vivían en el apartamento que quedaba justo encima del de Cat. Esa mañana, para su inmensa y grata sorpresa, la albina, incluso, había soportado recibir los bandazos de los acordes de una guitarra a escasos centímetros de ella, sin rechistar, y las caricias de una voz que le cantaba una de las canciones que más escuchaba.

En el dormitorio del germano reinaba el silencio; los únicos ruidos consistían en la tranquila respiración de ambos. Lenta. Concentrada hasta que alguno de los dos hablaba. En voz baja para no molestar. Para que las paredes no escucharan. Con el ceño ligeramente fruncido, la rubia escuchaba al bibliotecario hablar mientras sus dedos continuaban jugueteando con el pendiente del alemán. ― Así que ya sabes que eres guapo, ¿no?― Murmuró, frunciendo los labios para evitar reírse mientras apretaba con suavidad la mano que Arik le había cogido. Sin decir nada, la rubia buscó al forma de entrelazar sus dedos con los de él una vez mas. Como antes. Al parecer Shmuel, a pesar de su tierna y constante timidez, sabía echarse flores, muy de vez en cuando, con bastante soltura. Con gracia. Como lo haría una abuela orgullosa de su nieto. Una abuela orgullosa que, sin embargo, nunca hubiese repetido las últimas palabras de la ratita de biblioteca. Cat no pudo hacer otra cosa que no fuera sonreír aunque por la posición de ambos, Shmuel ni se percatara de ello. Le gustaba que Cat le besara. Le gustaba que Cat le besara casi tanto como le gustaba a ella hacerlo. Posar sus labios y estamparle un beso en cualquier centímetro de piel que el alemán tuviese al descubierto. Le gustaba hacerlo y sabes que a Shmuel le gustaba que la rubia lo hiciera, le complicaba -aún más- la difícil tarea de contenerse cuando no venían a cuento. ― Y a mí me gusta besarte.― Susurró después de haber acariciado la oreja del chico con la nariz.

Cat tenía la madre, hermana, hija, así como el padre, hermano, primo, tío -y el resto de parientes cercanos- de todas las resacas y, aún así, parecía estar igual de regia que siempre. Como si el corto trayecto desde su apartamento hasta el del alemán, le hubiese servido para olvidar el malestar generalizado que, normalmente, la dejaba tirada en la cama durante horas. Un malestar que aquellas paredes parecían neutralizar sin mucho esfuerzo. Ya fuera por la voz del alemán cuando le susurraba o cuando le cantaba, ya fuese por el calor coporal que desprendía y evitaba que la rubia oxigenada se enfriara. ― Shakespeare.― Respondió. ― William Shakespeare.― El dramaturgo inglés que tenía un hueco especial en el corazón de Hristo. Considerado el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal. Un poeta que Cat tuvo que estudiar en el colegio para, finalmente, conseguir entrar en la universidad que ella quería. ― Aprobé literatura gracias a él.― Después de noches enteras con la nariz pegada a la pantalla del ordenador y a la decena de obras que su padre había ido coleccionando con el paso de los años. ― Me pasaron las preguntas del examen, pero... Nadie puede reprocharme que no lo intenté antes.― Intentó excusarse, deshaciendo el nudo que sus piernas habían formado alrededor del alemán y el que sus dedos formaron alrededor de los suyos. Para sorpresa de la rubia, salir de la cama le costó menos de lo que hubiese imaginado; Cat había acopiado el valor suficiente para adoptar una postura vertical. ― Vamos.― Dijo ella mientras se deshacía del pantalón del pijama que llevaba puesto, dejándolos en el suelo.

― Necesitaré una buena ducha y una taza de café del tamaño del Empire State Building.― Susurró con voz cansada para, después, rozar sus labios contra los de Shmuel de forma fugaz; fugaz y cariñosa antes de abandonar el dormitorio del alemán para colarse en el cuarto de baño y terminar de deshacerse de su ropa. ― ¡Date prisa!― Intentó apresurar al chico después de haber abierto el grifo del agua caliente, dejando que el agua corriera dentro de la bañera antes de que los pies de Cat se aventuraran a entrar. Con los ojos cerrados, ahora bajo el chorro del agua, dejaba que el agua caliente le fluyera por el cuerpo.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Dom Mayo 20, 2012 4:28 pm



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Cat S. Havniken casa del alemán08:47 AM

La lectura había sido para el joven un pilar fundamental en su vida. A lo largo de ésta, había conseguido comprender que leer un libro no era una obligación. Leer un libro y dedicarle tiempo a la lectura era sinónimo de sabiduría. Alguien que leyera iba a tener siempre mucha más capacidad intelectual a la hora de resolver según qué cosas que otra persona a la que los libros le dieran exactamente igual. Sabiduría con cada página leída. Miles de millones de palabras metidas en la cabeza del muchacho para siempre. Palabras que eran difíciles de encontrar por la calle y que a él le gustaba rescatar y utilizar en su día a día. Shmuel era de aquellas personas que ya no quedaban en el mundo, porque todas ellas eran tan viejas que habían muerto por culpa, simplemente, del tiempo. Shmuel no conocía de tecnología, pero sí de lectura. De tipos de libros, de encuadernaciones, de imprentas y de libros escritos a mano por algún monje aburrido hacía ya muchos siglos como para ser recordado como algo memorable. Un amante de todo aquello que parecía que los demás iban dejando olvidado en un rincón. Lo que a ya nadie le importaba, para Shmuel era su tema sobre el que hablar y debatir un par de días, hasta que él también se olvidara y pasara a otra cosa. El silencio le ayudaba a pensar y a meditar, no como esos personajes que, sentados en el suelo, parecían rezar unas oraciones extrañas para intentar despegarse del suelo como lo hacía Cat cada vez que Shmuel la levantaba por sorpresa. No. Otro tipo de meditación. Hablaba consigo mismo, pero siempre en silencio, siendo consciente de muchos le tacharían de loco, de haberle conocido. No obstante, a Shmuel no le importaba. Él era bastante feliz en un mundo donde los libros reinaban y todo lo demás carecía de importancia.

Un paraíso al que sólo tenía acceso el alemán, pero que había dejado una puerta muy pequeña de entrada para su acompañante, aquella que se empeñaba en jugar con sus orejas y besarle todo el tiempo, cosa que no ponía de los nervios a Shmuel, sino que le gustaba demasiado. De ser por él tendría a la muchacha veinticuatro horas al día con él, pero no era posible. Quiero que me eche de menos. Eso, sin duda, sería un gran alivio para el joven, quien tendría por fin delante de la cara la prueba de que le importaba a alguien. Algo que venía necesitando desde hacía mucho tiempo. Lamentablemente para él, su casera no podía ser su amiga. No sólo por la cantidad de años que les separaban al uno del otro, sino porque ella se vería obligada a echarlo del edificio si no pagaba. ¿Y si le cogía cariño y luego se sentía decepcionada? El dilema de siempre. El que nunca quiero plantearme, pero acabo haciéndolo. El muchacho sonrió al escuchar la confesión de su acompañante. Se alegró de que supiera, por lo menos, quién demonios era William Shakespeare, pero aquello de las preguntas del examen no se lo esperaba.― Estoy completamente seguro de que estudiaste para ese examen.― Musitó Shmuel, sin un ápice de ironía en su tono de voz. No lo decía con segundas. Lo pensaba de verdad. William era un hombre digno de estudiar y sabía que en el fondo, muy en el fondo, quizá, la muchacha habría apreciado, aunque solamente fuera un poco, a ese gran autor inglés.― ¿Vamos a dónde?― Formuló la pregunta el muchacho, a quien ni siquiera le dio tiempo a acomodarse en aquella postura que los amigos habían tomado después del asalto imprevisto a su cama. Una postura que ya no existía. La muchacha se había levantado, y para sorpresa del alemán, se desnudaba. Necesitaba una ducha, así que ya sabía dónde encontraría a aquella gatita de pelo blanquecino.

Una despedida que dejó al muchacho con la miel en los labios, nunca mejor dicho. Un beso que jamás había sido un beso. Un adiós que solamente era un hasta después. Hasta ahora. Shmuel se veía incapaz de levantarse de la cama. Para su desgracia, ya se había acomodado en su cama de una antigüedad asombrosa y no parecía querer levantarse, pero hizo el esfuerzo en cuanto escuchó de nuevo la voz de la muchacha que le gritaba para que se diera prisa. Dejó la ropa tirada por la habitación antes de salir en busca de la chica, como si de un Adán improvisado se tratara. Sin ropa interior. Completamente desnudo, vamos, como su madre le había traído al mundo, y otras tantas expresiones de las cuales Shmuel no se acordaba.― Así que estabas aquí... Pensaba que habías ido a correr desnuda por el edificio.― Bromeó el alemán en cuanto estuvo dentro del pequeño cuarto de baño, en el que apenas había espacio más que para lo estrictamente necesario. El muchacho sonrió al mismo tiempo que se hacía un hueco en la bañera, detrás de la chica. Quiso decir algo más, pero ni una palabra salió de entre sus labios. Parecía casi paralizado por los nervios del momento. Siempre le pasaba igual con aquella gatuna. Siempre. No importaba si era la primera vez que la veía desnuda o la decimotercera. Siempre se sentía cohibido, como si estuvieran haciendo algo que iba contra unas reglas inexistentes. Haciendo gala de una enorme valentía, Shmuel dejó atrás la timidez que le embargó una vez estuvo dentro de la bañera y deslizó las manos a lo largo de la espalda de su acompañante, como si quisiera darle así los buenos días otra vez.― No te muevas, voy a contarte los lunares.― Susurró el muchacho al mismo tiempo que contaba en voz alta progresivamente, señalando con el dedo índice cada uno de los lunares que veía, y pulsando éstos como si fueran teclas, aunque en esa ocasión no pasaría nada por mucho que apretara.― Tienes aquí millones. ¿Por qué número iba?



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Lun Mayo 21, 2012 7:07 am



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán09:19 AM

Hay veces en las que todos necesitamos ayuda. Cuando nuestra generosidad sobrepasa límites insospechados y acaba perjudicándonos a nosotros mismos. Cuando nuestra conducta nos llena de remordimientos y, sin ninguna piedad, nos rencocome por dentro y nos atormenta contínuamente, impidiéndonos el poder conciliar el sueño como antaño. Ayuda para colgar un cuadro o para montar una mesa cuyas instrucciones parecen venir escritas en chino tradicional. Ayuda porque tu altura no te permite alcanzar el último estante del supermercado y, por consiguiente, te ves incapaz de poder comprar el paquete de cereales rellenos de chocolate que quieres. No el de chocolate que tu brazo puede alcanzar. No. El de más arriba. Ese al que no llegas por mucho que saltes. Hacía tan sólo un par de noches, Cat había necesitado ayuda. Había necesitado ayuda y la había recibido por parte de alguien que jamás hubiese imaginado. La chica de negro. La chica del tatuaje en forma de avispa en el cuello. La de las perforaciones. Aquella que vivía justo enfrente del apartamento de la rubia y aquella con la que, rara vez, se topaba en el rellano por mucho que intentara propiciar un encuentro casual. Esa mañana, la albina, volvía a recibir ayuda. Aunque ésta vez por parte del alemán y en un lugar bastante diferente -además de bastante más seguro- del subterráneo ruso.

El alemán la iba a ayudar con los lunares. El alemán iba a contarle los lunares una vez más. ― Tranquilo, no me muevo...― Musitó con calma, girando ligeramente la cabeza para no tragar agua al hablar. Con los párpados cerrados, la rubia sonrió en silencio cuando las dos manos del joven bibliotecario recorrieron su espalda y comenzaron a hacer una cuenta de la cantidad de lunares que la rubia tenía en la espalda. Contaba como si tocara las teclas de un piano que no sonaría nunca. Con cuidado. Con el mismo cuidado con el que trataba las páginas de los libros que leía. Con una delicadeza que Cat no estaba acostumbrada a vivir en carnes propias. Por ello, la rubia, era totalmente incapaz de hacer otra cosa que no fuese sonreír. Permanecer con los ojos cerrados, callada para poder escucharle y con los labios curvados en una sonrisa, tratando de llevar la cuenta al mismo tiempo que el rubio. ― Diecinueve.― Repitió el último número dicho por Shmuel después de que éste le pidiera que lo hiciera. ― Y si sigues contando, vas a llegar al mismo número de la última vez.― Cat no creía posible que el número de lunares hubiese aumentado desde la última vez en la que Arik se entretuvo contándolos con la rubia acostada boca abajo sobre la misma cama que acababan de abandonar. Una cama que a pesar de estar a tan solo un par de pasos de distancia del cuarto de baño, Cat sentía más lejos que nunca. Y es que las pocas posibilidades de volver a reunirse con el señor de los sueños, empequeñecieron desde que la búlgara giró sobre sus talones con cuidado para quedar cara a cara con el alemán. Uno frente al otro.

Juguemos a borrarnos los lunares. Con un suave ronroneo, Cat enroscó los brazos alrededor del cuello de Shmuel, ayudándose para reencontrarse con los labios más bohemios que había tenido la suerte de probar. Entre los que se perdía cuando su lengua se hacía paso entre ellos en busca de la aterciopelada sin hueso del bibliotecario. Unos labios que perdían esa timidez con la que dejaba escapar las palabras al hablar. Unos labios que, anclados fuertemente a los de la rubia, pegados entre ellos con la fuerza de dos imanes, enredados como el cable de unos auriculares, consiguieron lo que no había conseguido la resaca esa mañana: hacer que la habitación donde se encontraban diera vuelta tras vuelta en la cabeza de Cat. Sin parar. Como en un tiovivo en marcha. Mareándola, aunque no por la ingesta excesiva de alcohol durante la noche y gran parte de la madrugada. Mareándola de placer. Círculos y motivos psicodélicos que acompañaron a la rubia cada vez que esta cerraba los ojos y dejaba que sus uñas buscaran la espalda desnuda del chico. Emborrachándola de ternura cada vez que las manos del alemán tocaban su piel bajo el agua caliente y se ahogaban contra la boca del otro. Sin vergüenza ni timidez. Olvidándose durante unos minutos de la canción y del famoso reproductor de música cuando se encontraban, volviéndose uno solo. Sin miedo. Entrelazados. Una lucha cuerpo a cuerpo. Piel contra piel. Dos piezas de un mismo puzzle que encajaban a la perfección. Que encajan a la primera. Que se saben el puzzle de memoria y van a tiro hecho. Sin miedo a resbalar y caer.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Lun Mayo 21, 2012 10:06 am



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Cat S. Havniken casa del alemán08:47 AM

Los sucesos acontecidos durante la Segunda y más letal Guerra Mundial habían separado para siempre a Shmuel de sus antepasados. Hombres y mujeres igual de dignos que cualquier alemán rubio y de ojos azules. Hombres y mujeres a los que el joven nunca tuvo ocasión de conocer y que murieron injustamente. Unos de hambre, otros de frío y otros por culpa de un balazo en la nuca. Shmuel nunca se había atrevido a preguntar lo que pasó. No creía que valiera la pena. No en exceso. El pasado tenía que quedarse atrás y no volver al presente. No obstante, era bastante difícil si llevaba -como era su caso- el mismo nombre que un niño, protagonista de una película ambientada en un campo de concentración. El mismo largometraje que todos recordaban por sus escenas bastante emotivas, que hacían llorar hasta al hombre más fuerte de la sala de cine donde se estuviera proyectando. Cierto era que aquello estaba más que olvidado en la sociedad, al menos así lo veía Shmuel, pero había algo que no le dejaba tranquilo. La incertidumbre de saber cómo pasó todo exactamente. La necesidad de respuestas que ya nadie querría darle, y que por mucho que buscara en los libros no aparecería. Para el alemán, la vida era tan frágil que necesitaba ser custodiada por alguien las veinticuatro horas del día para que a nadie se le pasara por la cabeza acabar con ella, y aún así a veces se salían con la suya. Una vida frágil como lo era la muchacha que tenía justo delante de él. A la misma que miraba embelesado, como si fuera una diosa de la mitología griega, o la mismísima Cleopatra ante sus ojos. Shmuel sentía admiración hacia Cat, tanto como lo tenía en aquellos tiempos un niño por su jugador de fútbol favorito. El muchacho sonrió, dándose cuenta ahora de por qué perdía la cuenta de los lunares de su acompañante.

Estaba en otro mundo. Muy, muy lejos de allí. En el mismo mundo al que viajaba siempre que fuera de allí había algún problema que el alemán se veía incapaz de solucionar. Su mente se dispersaba, se marchaba tan rápido como podía y le dejaba solo ante el peligro, a sabiendas de que tendría que arreglárselas solo, y él tomaba un avión privado hacia allí. El paraíso en forma de libro que tendría que quitarse de la cabeza cuanto antes.― Estoy completamente seguro de que tienes más lunares, lo que pasa es que no quieres...― No terminó la frase, pues se vio interrumpido por un beso que para nada esperaba. Un beso al que le siguió casi sin quererlo una caricia. Shmuel comenzaba a comprender que la muchacha lo único que quería era callarle de alguna forma y permitir que ambos se movieran libremente, se tocaran libremente, y se besaran con igual libertad. Una escena que se había repetido con el paso del tiempo, no solamente en casa del alemán, sino que también en el apartamento que había alquilado la búlgara. Situaciones muy parecidas, pero que iban cambiando con el paso del tiempo, porque los dedos que recorrían la piel de la gata, ahora no eran tan inexpertos como antaño, y porque los besos que se daban ya no tenían ni una pizca de vergüenza, aunque Shmuel aún se sentía un poco cohibido al verse capaz de tocar todo lo que quisiera de la anatomía de la muchacha sin que ésta se lo fuera a impedir. Los minutos pasaban con rapidez, aunque parecía que dentro de aquella diminuta habitación se había parado el tiempo. Ninguno de los dos quería que el reloj siguiera con su cuenta diaria, pero lamentablemente para ambos, ni las fuerzas ni el tiempo estaban con ellos; aunque Shmuel reconocía que hacer lo que hacían por la mañana era como beberse una buena taza de café recién hecho.

No solamente te activaba físicamente, sino que mentalmente también. Te hacía ser un poco más positivo para poder enfrentar el día que se te venía encima con mucho ánimo, y con muchas ganas. Así se sentía Shmuel después de todo aquel ajetreo que tanto le gustaba. No le importaría agobiarse dentro de cualquier club de moda si fuera la mitad de excitante y divertido que era aquello. Aunque lo que venía después, las consecuencias de pasar una noche fuera de casa bebiendo sin parar, las tenía ahí delante. En la cara de una muchacha a la que aún le costaba retomar el ritmo normal de su respiración, tal y como le pasaba a Shmuel, solo que él no tenía ojeras y cara de un cansancio que no era ni siquiera normal.― Esto me ha cogido totalmente por sorpresa.― Murmuró el muchacho al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante, lo justo como para alcanzar a darle un pequeño beso sobre los labios. Uno fugaz, como el que la muchacha le había dado antes de dejarle solo en su habitación. Ahora Shmuel sabía que los reencuentros eran mucho mejores de lo que él se pensaba.― Aunque debo admitir que estoy en desacuerdo con lo que hemos hecho. Hemos desperdiciado agua.― Bromeó Shmuel, con una diversión que casi se podía decir que no era propia de él. Acostumbrado siempre a estar tranquilo, parecía que ahora alguien le había dado un chute de adrenalina. El alemán acaricio con los nudillos una de las mejillas de su acompañante. La que, sin comerlo ni beberlo se había convertido en su amante. De la noche a la mañana. Sin previo aviso. Ambos se pusieron de acuerdo para acabar en la cama una vez, y a partir de ahí... Casi todas las noches.― ¿Quieres dormir un rato mientras preparo el desayuno?― Formuló la pregunta en voz baja, ya que imaginaba que a esas alturas de la mañana el dolor de la cabeza ya se habría vuelto casi insoportable para Cat.― Se nota que lo necesitas.―.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Mar Mayo 22, 2012 7:17 am



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán09:21 AM

Que Cat necesitaba volver rápidamente a la cama, era un secreto a voces que ninguno de los dos había pasado por alto en ningún momento. Se notaba desde lejos que la albina corría el riesgo de quedarse dormida incluso de pie en cuestión de pocos segundos. Apoyada contra el pecho del alemán a sabiendas de que éste no dejaría que resbalara y se abriera la cabeza. Su cabeza necesitaba descansar sobre la almohada que, de forma regular, compartía con el rubio que compartía con él cuando se quedaba entre las sábanas de la cama de su apartamento, y dejarse arrastrar por las fuertes corrientes de las mareas de Morfeo. Cuando se dejara acariciar por las sábanas del germano; sábanas que olían a él. La rubia creía que después de haber pasado un buen rato debajo del agua caliente había puesto freno a su dolor de cabeza, pero en cuanto tuvo tiempo para recuperar el aliento y abrir los ojos, el martilleo que la atormentaba en silencio había regresado con renovado vigor. O tal vez fuese la compañía de Shmuel, el encuentro que habían tenido en la bañera, era lo que le había permitido a Cat olvidar temporalmente el dolor. El físico y el emocional. La búlgara sonrió en señal de aprobación, aunque no sabía a ciencia cierta si sus labios se encontraban en la posición adecuada. ― Creo que sí que me voy a ir a dormir un rato.― Porque sí, Cat lo necesitaba.

Con urgencia. Una cabezadita que la búlgara se merecía más que nadie desde que abrió los ojos por primera vez en la planta de arriba. Una cabezadita que, de haber estado en Sofía, su madre no le hubiese permitido echarse para que la rubia escarmentara. Al contrario que el alemán, quien no había dejado salir de entre sus labios un doloroso ''quien tiene buena noche, no puede tener buen día''. Una frase sin mayor maldad que, sin embargo, conseguía hacerle hervir la sangre a la gata. ― Llegué tardísimo y tengo una resaca importante.― La rubia intentó disculparse aunque, seguramente, no hacía falta. Él ya conocía los momentos post-fiesta de Cat. Conocía las horas que la rubia se pegaba en coma tirada en la cama después de haberse pasado toda la noche en un local con el aire cargado de sustancias ilícitas, bebidas alcohólicas y música que hasta un sordo podría escuchar. ― Iba a bajar un poco más tarde para poder dormir un ratito más, pero... Quería darte una sorpresa.― Aunque al hacerlo se hubiese sentenciado a no dormir tanto como le hubiese gustado; tanto como la rubia creía que necesitaba para ser persona y poder disfrutar de la extraordinaria compañía del bibliotecario. La rubia, agradecida con él por el tono de voz que había adoptado para dirigirse a ella, volvió a sonreir, depositando un beso sobre su torso antes de salir de la ducha con cuidado. Con el pelo empapado y completamente enredado. Sin molestarse siquiera en buscar una toalla con la que secarse, la búlgara volvió a cruzar el umbral de la puerta del cuarto de baño con decisión. Volvía a la casilla de salida: el dormitorio del alemán. ― ¿Puedo cogerte una camiseta, no?― Lanzó la pregunta al aire -aunque no esperaría por una respuesta- mientras se acercaba a una pila de libros que tenía la misma función de un armario. Camisetas bien dobladas, una encima de la otra.

El espacio vital del alemán era, prácticamente, lo contrario al de la rubia. Veintidós escalones más arriba. Donde arriba reinaba el desorden, los trastos apilados en el fregadero y los pelos de gato, en el piso del bibliotecario, ni una cosa ni la otra. Cientos de libros apilados -aunque bastante bien cuidados- que muchas veces hacían de mobiliario improvisado. Un toque vintage. Retro. Igual de bohemio que el chico que lo había alquilado. Un lugar de cuento. Donde se respiraba la tranquilidad que faltaba en cuanto se ponía un pie fuera de ese edificio destartalado. Entre bostezos, la rubia cogió una de las camisetas del germano al azar, procurando mantenerse alejada de la ventana; la intensidad del sol mañanero le hacía sentir náuseas y unas ganas irrefrenables de abrazarse a la taza del inodoro. ― No sé si tengo yo estómago para desayunar nada.― Hablaba con ella misma, ignorando si el rubio podía escucharla desde el cuarto de baño. Cat ni siquiera estaba segura de que el rubio siguiese en la ducha, y en el mismo momento en el que comprobó que la camiseta del alemán cubría su desnudez de cintura para abajo se desplomó, con gratitud, sobre la cama que había invadido un par de horas antes. A la rubia no le costaría esfuerzo alguno cerrar los ojos y deslizarse de inmediato al país de los sueños, a pesar de que la ciudad, fuera de aquellas cuatro paredes pintadas de blanco, empezaba a despertar y crepitar inmpacientemente allá abajo. Después de bostezar y enredarse entre las sábanas de una cama que visitaba de forma regular, Cat, abrazada a la almohada del rubio, dejó que Morfeo la rescatara.








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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Mar Mayo 22, 2012 8:45 am



""The city spins around, help me slow it down" | PRIVADO


Cat S. Havniken casa del alemán12:16 AM

Siempre se había dicho que nadie debía juzgar un libro por su portada, y eso bien lo sabía Shmuel, quien se había encontrado en más de una ocasión con un libro feo, andrajoso por fuera y que realmente formaba un tesoro con cada una de sus páginas. Nadie tenía derecho a juzgar a los demás sin antes pararse a conocerlos. Nadie, absolutamente nadie tenía pleno derecho para decir quién era buena persona o quién era un despiadado animal. Por mucho que Shmuel pensara aquello, lo único que podía hacer era empezar él a no juzgar, con la esperanza de que quienes le conocieran siguieran su ejemplo, y así hasta que una nueva mentalidad inundara el mundo en el que vivían. Uno donde no valían la amistad y el amor verdadero, sino el engaño y la traición entre amantes. No existían ya Romeo y Julieta, que pusieron fin a su vida con tal de reencontrarse más allá y así poder vivir toda una eternidad juntos. Un par de amantes que sintieron en carnes propias el dolor de la traición y que supieron sobreponerse a ello, consiguiendo ser los enamorados más famosos, quizás, de todos los tiempos. Una historia que a muchos les parecía completamente estúpida, pero que para Shmuel iba mucho más allá del tema del amor y una familia desdichada. Él decía que, si tuviera una máquina que le pudiera hacer retroceder en el tiempo, iría a la época en la que los hombres recitaban poemas con sus liras a las damiselas para poder cortejarlas, o bien a la época en la que un par de guerreros luchaban con una espada y un escudo por el amor de una bella dama que se debatía entre uno y otro. Shmuel sonrió, no pudiendo evitar imaginarse a sí mismo vestido como entonces. Si tenía la oportunidad, se disfrazaría de caballero andante, aunque sólo fuera por hacer realidad su sueño.― Eso me halaga. De ser otra te habrías quedado toda la mañana durmiendo.― Musitó Shmuel antes de ver como su buena amiga salía de la bañera donde habían compartido un momento tan especial, rumbo hacia su dormitorio. O eso suponía él.

Una despedida corta. Casi tanto como el tiempo que la muchacha había conseguido estar despierta en compañía del alemán. Él lo entendía, aunque no compartía sus hábitos. No era de salir a discotecas abarrotadas de gente borracha intentando tirarse los trastos unos a otros, pero no podía juzgar a su compañera de cama por querer divertirse un poco, si es que a eso se le podía llamar diversión. Shmuel disfrutaba mucho más de una jornada de lectura en su apartamento, a la luz de las velas que seguramente le habría cogido prestadas a la vecina de arriba, a la misma que ahora le pedía una camiseta desde su dormitorio. Sabía que no tenía ni por qué contestar. Había una confianza tal entre los dos jóvenes que casi no hacían falta palabras para que se comunicaran entre ellos. Hacían prácticamente lo que les daba la gana en casa del otro. Menos destrozar el apartamento, podían hacer cualquier cosa; y en el caso de la gatuna en su casa podía desde sentarse en una de las pilas de libros que tenía el alemán en el salón para hacer una función de sillón, hasta prepararse algo de comer, pasando por hojear cualquier libro que le diera la gana. Y dormir. Como estaría preparándose para hacerlo justo en esos momentos. Mientras, él seguía sin salir de la ducha. Se había quedado petrificado allí, reviviendo en su mente cada una de las caricias que había dado, y cada una de las que había recibido por parte de la búlgara, que sin duda tenía unas manos que volverían loco a cualquier hombre sobre la faz de la tierra. Venga, tengo que salir de aquí ya si no quiero terminar como un cubito de hielo. Dicho y hecho. Shmuel salió de la bañera, no sin antes haber dejado el grifo bien cerrado. Ahora se sentía con energía renovada, como si pudiera estar corriendo una maratón durante todo lo que quedaba de mañana.

No obstante, no dedicó ni un minuto a correr. No se movió demasiado por el apartamento que había alquilado hacía ya mucho tiempo con la intención de independizarse de una buena vez y salir de ese nidito que sus padres habían creado solamente para él. Para el hijo único de esa diminuta familia que siempre pasaba tiempo metida en su tienda de antigüedades, examinando todas las baratijas que tenían en venta, aún y cuando ya las hubieran visto cientos de veces. No parecían cansarse, al igual que Shmuel tampoco parecía cansarse de leer. En cuanto se cambió de ropa, con cuidado eso sí, de no despertar a la muchacha que ya dormía plácidamente sobre el colchón de su cama, el alemán abrió uno de tantos libros que había adquirido recientemente, y que tenía la obligación de devolverle a la biblioteca en cuanto terminara el plazo otorgado para él, aunque siempre hacía trampas y alargaba el tiempo que podía quedárselos, con la intención de tener que devolverlos cuanto más tarde, mejor. Le dolía en el alma separarse de ellos. Como encariñarse con un amigo que al poco tiempo tiene que dejarte. Un vacío que solamente conseguía disipar en cuanto tenía entre sus manos otro libro. Así, entre página y página, fue como Shmuel pasó las horas en las que dejó que la muchacha descansara tranquilamente en su habitación mientras él, tumbado en el sofá, dejaba pasar el tiempo inmerso en una de tantas historias que conseguían ponerle los pelos de punta. Al comprobar por décima vez el reloj que tenía en la muñeca, el chico dejó la lectura para ir a despertar a Cat. Tal y como ella había hecho, el alemán no dudó en enredarse entre sus sábanas y abrazarse a la gata, para despertarla con un par de besos en la nuca.



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MensajeTema: Re: The city spins around, help me slow it down | Privado. Mar Mayo 22, 2012 6:52 pm



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Shmuel A. Dukslicen casa del alemán12:17 AM

En paz. Ajena al movimiento rotatorio de la tierra, de los coches en la calle, de los vecinos trasteando en sus respectivos apartamentos de un solo dormitorio. Del sol que hacía fuera y que permitía que sus rayos se colaran a través del visillo que protegía, vagamente, el dormitorio de la claridad del día. Cat parecía haber entrado en una especie de coma profundo. Cat yacía dormida sin saber que, al despertar, no recordaría nada de lo que había soñado. En negro. Ni una sola imagen vendría a su cabeza. La rubia oxigenada, para su suerte, olvidaría ese vuelo infernal -que no debió de tomar ni siquiera en sueños- que la llevaba de vuelta a casa, pero que nunca aterrizaría en el aeropuerto principal de la capital búlgara a la hora en la que se estimaba que tocara tierra. Un avión que se perdía en la inmensidad de los cielos y no tocaba tierra firme sin incidentes catastróficos que, durante semanas, estaría en boca de todos; en televisiones de todo el mundo, portadas de periódicos y cuanto medio de comunicación existiera. La rubia olvidaría la angustia que le había oprimido el pecho durante minutos que a ella le parecieron horas; el miedo que la había paralizado en su butaca de la exclusiva zona business. La rubia oxigenada olvidaría esa lata de cocacola light en miniatura que se había evaporado después de que parte de la estructura del avión saliera volando y las mascarillas de oxígeno bailaran sobre las cabezas de los más de cuatrocientos pasajeros que esperaban pisar Sofía antes de las diez y media, pero que no lo conseguirían.

Miedo irrefrenable a volar por culpa de las cientos de historias que había tenido que escuchar de boca de su padre en cuanto éste desembarcaba y llegaba a casa después de unas semanas sin aparecer por Sofía. Turbulencias severas. Piratería aérea. Muertes a bordo. Cientos de casos que habían hecho que la rubia procurara no entrar en la cabina de ningún avión a no ser que fuese estrictamente necesario. Y es que Cat, a pesar de tener el gen aeronáutico -y el amor por surcar los cielos- corriendo por sus venas, padecía una latente aerofobia. Injustificada según su padre; Volar es el medio de transporte más seguro, decía para animar a la albina a sumarse a esas vacaciones familiares que les obligaría a llevar una pulserita amarilla en la muñeca durante toda su estancia. Aunque Cat no lo sabía, tenía que agradecerle a Morfeo que la pesadilla que la había destemplado entre las sábanas del alemán esa mañana, se hubiese quedado en las profundidades de su mundo. Ahogada. Olvidada. Su fobia a volar no iría en aumento mientras el vuelo que había tomado en sueños no volviera a aparecer en otro para atormentarla. Con la cabeza apoyada sobre sus brazos, la rubia suspiró al sentir los brazos del alemán rodeándola. Como lo había hecho ella a primera hora de la mañana. Como cuando se coló en su cama para darle una sorpresa. Inevitablemente, Cat curvó los labios para compone una sonrisa después de sentir los labios del bibliotecario contra la piel de su nuca. Con un suave ronroneo, la gata se atrevió a darle los buenos días. ― Así sí que no me importa que me despierten.― Susurró, melosa.

Aquella, sin duda, era una buena forma de despertar. Sin el ruido estridente de la alarma que la chica tenía programada de Lunes a Viernes en su teléfono móvil. Sin los gatos maullando al otro lado de la puerta para quejarse por no haberlos dejado pasar durante el transcurso de la noche. ― ¿Qué hora es?― Una pregunta apenas audible que la rubia ni se molestó en repetir después de conseguir darse la vuelta para acurrucarse contra el rubio. Rodeándole con los brazos y dejando que una de sus manos se paseara lentamente por la espalda del alemán. La rubia, en pocas horas, parecía haber hecho esa cura de sueño que necesitaba para poder adoptar una postura vertical durante el resto del día sin miedo a desplomarse en el momento menos pensado. Cat, apoyando la frente contra el pecho de Shmuel, bostezó, removiendo los pies al mismo tiempo. ― Creo que no volveré a salir hasta dentro de cuatro o cinco años. Por lo menos.― Exageró con tono divertido antes de ronronear contra la base de su garganta. Sus intentos por dejar de salir habían sido fallidos. Todos en vano. La rubia había resistido el impulso de seguir a sus compañeros de curro durante unos pocos días, pero en cuanto visitaba sus respectivos perfiles en Facebook, se arrepentía de haberse quedado en casa con el pijama puesto. ― Aunque si cada vez que salga me dejas colarme en tu casa y dormir en tu cama...Ni tan mal estaría, añadió la rubia para sus adentros con una sonrisa. De haberse molestado en pensar en ello, a Cat se le ocurrían pocas formas en las que se despertaría de buen humor. Sin embargo, el no haberse ni formulado la pregunta, le había proporcionado una única respuesta posible: él.








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