Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado.

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MensajeTema: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Sáb Mayo 12, 2012 1:51 pm



""Bordering psychotic, serial killer, obsessive type" | PRIVADO


Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:36 PM

Un bonito día de primavera que, sin venir a cuento, se había terminado por torcer. Todo al revés. Todo patas arriba. Un día horrible en el trabajo y peor aún fuera de éste. Trabajar de tarde era lo que peor llevaba la rubia; cerrar pasadas las diez de la noche, asegurarse de que la caja cuadrase, dejar todo preparado y ordenado para las chicas que entrarían la mañana del dia siguiente y salir de la tienda cerca de hora y media después para adentrarse en la estación de metro y meterse en el mismo vagón de siempre. El mismo vagón de metro al que se subía todos los días y que la llevaría de vuelta a casa antes de que Cat tuviese tiempo de quedarse dormida. Después de despedirse de sus compañeros de trabajo, la rubia encogió el cuello para intentar protegerlo del frío. Con el bolso cruzado y el pelo recogido en lo alto de su cabeza sin mucho cuidado, la rubia escondió las dos manos en los bolsillos traseros de los pitillos con los que había salido de casa esa tarde. Los tímidos rayos de sol que la habían acompañado durante el camino de ida, la habían abandonado durante el de vuelta. De noche, el frío ruso, volvía a hacer acto de presencia, obligando a la búlgara a hacer una parada en la cafetería de siempre.

La famosa infusión con la que los ingleses intentaban entrar en calor al volver a casa después de un duro día de trabajo o cuando cruzaban la ciudad con prisa. El vaso de cartón que Cat tenía entre sus manos cuando volvió a cruzar la puerta del establecimiento, evitaban que éstas se agarrotaran durante los pocos metros que la separaban de la boca del metro. Sujetando el vaso con sólo una de sus manos, la rubia descendía con rapidez los escalones mientras rebuscaba en sus bolsillos en busca del bono que le permitiría volver a casa. Algo mecánico. Lo de todos los días. Fichar y corretear por los pasillos de la estación para intentar colarse antes de que los vagones arrancaran, dejándola atrás. Siempre el mismo recorrido. Cat hacía meses que había dejado de mirar los carteles cuando bajaba al subterráneo al salir del curro. La vuelta a casa se la conocía de memoria. La rubia se había hecho a la estación aunque no supiese leer gran parte de los carteles informativos que habían esparcidos. Por el color y los modelos de los anuncios publicitarios. Por la decena de músicos callejeros que huían del frío y tocaban a cambio de un par de monedas con las que intentarían vivir. Entre sorbo y sorbo, la rubia consiguió llegar al andén justo a tiempo para ver como el vagón se alejaba a todo trapo.

Agotada. La gota que colmaba el vaso. No haber llegado dos o tres minutos antes, le suponía a la gata otros veinte minutos de espera. Algo tan simple como entrar por la puerta de su casa, al menos ese día, estaba resultando ser más complicado que nunca. Cansada, la rubia se dejó caer, en peso, sobre la hilera de asientos de plástico para hacer la espera más llevadera. Después de más de seis horas sin la posibilidad de poder sentarse por más de cinco minutos, poder hacerlo y, además, con una dósis de teína entre las manos, era lo más gratificante que podría haberle pasado en todo el día. Ésa era una de las pocas ventajas de salir tarde del trabajo: encontrarse esperando en el andén prácticamente sola. Poder sentarse pasadas las doce del medio día, otros tantos como la rubia hubiesen tenido que esperar de pie, ahogados por una marea humana deseando volver a casa. A esas horas de la noche, de querer, se podría jugar a la sillita. La rubia suspiró con cansancio y, con la cabeza apoyada contra la pared, aprovechó la espera para echar un vistazo, desde su móvil, a las numerosas redes sociales en las que estaba metida. Actualizaciones y menciones en redes sociales además del famoso servicio de mensajería instantánea para aquellos con smartphones. Salvo por los cientos de mensajes de Haris, la rubia no había recibido nada más.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 8:58 am

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
El día en la Universidad fue tan monótono como siempre. Aun así, la sueca no ponía pegas de ningún tipo a días como ese. No como sus compañeros de clase, los cuales siempre estaban refunfuñando y quejándose de todo. Ella, en cambio, si tenía que quejarse de algo, lo hacia internamente, o bien lo descargaba todo al llegar a casa. Ni tan siquiera se despidió de sus compañeros de clase, esos que se habían juntado alrededor de una de las mesas de la cafetería, al salir de esta, con un café humeante en una de sus manos. No se quemaba, ya que llevaba puesto aquellos guantes viejos de lana, de color negro. No eran los mismos que solía llevar siempre. Esos que llevaban los “dedos” cortados. Era una tontería si te parabas a pensarlo, ya que el frío impactaba contra sus dedos níveos, sin intención de mantenerlos calientes. Pero la morena siempre llevaba ropa original o customizada por ella misma. Como por ejemplo la vestimenta oscura que vestía ese día. Pantalones de pitillo negros, que pese a ser de la talla más pequeña, aun le estaban algo holgados. También una camiseta de manga corta básica y de color azul marino, con varios agujeros. Sus botas de cuero negras, de ninguna marca conocida las cuales se compró dos años atrás en una tienda barata, junto con aquella chaqueta de cuero negra, no tan normalilla como las demás que también llevaba puesta. Luego, como no, estaba su mochila de cuero, negra también, pero bastante cómoda y eficaz. Y aunque a la gente le pareciese de guarros, ella solía llevar ese tipo de ropa todos los días. A veces parecía como si a lo largo de la semana no se hubiese cambiado de vestimenta, aunque ella lo hiciese cada día después de ducharse. Y es que a la gente le daba por juzgar siempre que podía, sin saber nada de nada. Algo que ponía bastante de mal humor a la sueca.

Al salir de la cafetería, se dirigió a uno de los bares que solía frecuentar para comer. Era más práctico comer fuera que no tener que ir a casa y luego volver. Cuando salió del bar, ya eran las cuatro de la tarde, pero tenía más clases hasta la noche. Así que nada, después de descansar se metió dentro de la Universidad para seguir con aquella monótona vida. Cuando el timbre de la universidad tocó para dar por finalizadas las clases, un suspiro de cansancio salió de entre sus labios. Recogió sus cosas y salió de allí, encontrándose con aquella oscuridad de cada día. Salía bastante tarde de las clases, pero es que se había cogido aquél horario, para así, no tener que madrugar por las mañanas, algo que odiaba, sobretodo si era para ir allí. Que sí, que aquella había sido decisión suya, y nada más que suya, pero comenzaba a hartarse de la gente que pululaba por clase. Le ponía de mala leche notar todas las miradas puestas en ella, al entrar cada día. Daba igual la clase, que siempre se sentía observada como si fuese un jodido mono de feria. Ni que estuvieran en un zoo. Aunque mirándolo mejor, si parecía ser eso, y no precisamente por ella. Cruzó la carretera con la mochila al hombro y la chupa de cuero medio abierta, para entrar en el mismo bar y pedirse otro café con algo de nata. No había traído su moto de gran cilindrada ese día, así que como otras tantas veces se encaminó hacia a el metro. Un lugar donde siempre estaba repleto de gente por la mañana, pero que a esas horas se vaciaba bastante. Por el camino, no dudó en encenderse un cigarrillo. La nicotina era una maldita droga, y por más que le dijesen que aquello no era saludable, ella hacia caso omiso a las advertencias.

El humo del cigarrillo, se mezclaba con el aire cargado de la ciudad rusa. Sus botas pesadas pisaban el suelo firmemente, mientras que la mirada de la morena miraba hacia adelante, desafiando a todo aquél que le ponía la vista encima. Eran las diez y media de la noche, algo que a ella le importaba más bien poco, y por eso se entretuvo mirando cosas de informática en una tienda a quince minutos de donde se suponía que estaba su parada de tren. Estuvo casi una hora en esa tienda y en otras más, y al salir de la última, ya daban las once y veinte de la noche. En ese periodo de tiempo solo se fumó dos cigarrillos, así que fue a por el tercero, antes de bajar las escaleras del metro, y divisar lo que debía ser su vagón, alejarse para dejarla tirada, como todos hacían siempre. No pudo reprimir su molestia, y le dio una patada a lo primero que se le puso en su camino. Aquella lata de refresco se paró a los pies de una persona, y que sorpresa al ver de quien se trataba. Dudó en si acercarse o no, y al final, decidió sentarse a su lado, en silencio, aun con el cigarrillo a medio terminar entre sus dedos, ahora libres de aquellos guantes de lana negra. Sus orbes claros, se posaron en la pared de ladrillo de enfrente, escuchando la respiración de su vecina en silencio. ¿Qué hacía ella allí? Nunca antes se habían encontrado. Entonces… ¿Por qué hoy sí?
CAT ☂ ESTACIÓN DE METRO ☂ 23:36 PM;
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 12:16 pm



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:38 PM

Rutina. De casa al trabajo y del trabajo a casa como tantos otros. Al menos durante los últimos tres días. Nada de salidas nocturnas que finalizarán después del amanecer, justo antes de la hora del desayuno. Nada de resacas a la mañana siguiente ni sellos indelebles en el dorso de la mano que revelaban el nombre del lugar donde Cat y sus compañeros se reunían después de un duro día de trabajo. Un sello que, desde el pasado Lunes por la noche, adornaba la mano derecha de la albina, sobreviviendo a litros y litros de agua con jabón. Sobreviviendo incluso a un goldón empapado de alcohol medicinal. Como un tatuaje. Un tatuaje más de tantos; unos cuantos detalles en tinta que la rubia llevaba ocultos bajo la ropa de invierno. Uno hecho sin aguja y sin tinta permanente. Un sello que, por el simple hecho de tener tetas, le había permitido el acceso y las consumiciones gratis en el local, pero que, a cambio, parecía no querer borrarse. Un sello insignificante que, sin embargo, la rubia cubría con maquillaje para ocultarlo durante las siete horas que pasaba en la tienda. Siete horas de pie que habían acabado con la poca vitalidad de que Cat no había tenido durante los últimos días. Cansada. Con las defensas más bajas de lo normal; la falta de sueño le estaba pasando factura.

¿Pero qué era lo que le impedía pegar ojo por las noches? ¿La conciencia? ¿Era el remordimiento por haber hecho algo de lo que ni siquiera ella era consciente? La rubia suspiró con pesadez y negó para sus adentros, contestándose a si misma de esa forma. No habían remordimientos. Cat tenía la conciencia limpia, tranquila, pero había algo que la atormentaba y le quitaba el sueño por las noches. El mismo tormento desde que había llegado a Moscú; uno con nombre y apellido. Uno cuyo estado de whatsapp la rubia no paraba de comprobar cada poco menos de diez segundos. Obsesiva. En busca de posibles cambios. En busca de cualquier frase con doble sentido. En busca de palabras que, muy seguramente, la rubia iba a malinterpretar si llegaban a aparecer en la pantalla del teléfono. Gato desconfiado. Tras decidir que lo mejor sería olvidarse, momentáneamente, de su peculiar trabajo como detective privado, la albina soltó un bostezo al aire que ni siquiera trató de esconder. Con el vaso todavía humeante entre sus manos, Cat se masajeó el puente de la nariz con dos dedos mientras descansaba la cabeza contra la pared. Intentaba no desesperarse, no dormirse. Intentaba despejar su mente y evitar el tener que mirar, con la misma obsesión de antes, el reloj para comprobar durante cuánto tiempo más iba a tener que esperar. Intentaba que el líquido dorado que había en el vaso y que ingería a pequeños sorbos, cumpliera con su función.

Propiedades relajantes y sedantes, justo lo contrario a lo que Cat necesitaba en esos momentos; la rubia necesitaba espabilarse si no quería volver a perder el metro. Necesitaba poder mantener los ojos abiertos en vez de dejarse arrastrar por las fuertes corrientes del mar de Morfeo. Por suerte para la rubia, la dósis de cafeína que iba necesitando no estaba en el líquido que contenía su vaso, sino en la lata vacía que, de repente, apareció delante de sus pies. Una lata que la hizo sobresaltarse y la obligó a abrir los ojos. Al parecer Catherine no había sido la única que no había llegado a meterse en uno de los vagones a tiempo. Su mala suerte se propagaba. O al menos eso pensó hasta antes de encontrarse con una silueta sombría que le resultaba familiar. Una silueta que reconoció cuando empezó a avanzar hacia ella. Una silueta que reconoció antes de que la sin cejas se sentara a su lado. Sin decir absolutamente nada. Sin mirarla siquiera. Con el ceño fruncido, la rubia giró la cabeza hacia el lado donde se encontraba su misteriosa vecina para mirarla. ¿No la había visto? ¿O no la había reconocido? ― ¿No te acuerdas de mí?― Se atrevió a preguntarle. ― Soy... Tu vecina. Cat. La chica del portátil.La que casi se pone a llorar delante de tu puerta.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 12:48 pm

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
Sentarse allí, no era lo mismo que sentarse en aquellas incomodas sillas de la Uni. Y aunque fuesen cómodas, para ella seguirían siendo malas. Nada comparadas como la de su escritorio. Ese pequeño despachito que tenía en pleno comedor, y no en su habitación. Tal vez porque tampoco era muy grande su cuarto, o porque simplemente prefería trabajar en un espacio algo más amplio. Así tenía a mano la cocina, donde siempre se preparaba sus fideos chinos instantáneos, y donde estaba la nevera más repleta de cervezas que otra cosa. Aunque también le daba a la Coca-Cola. Aquello no le quitaba el sueño, pero le gustaba el sabor y le gustaba sentir las burbujitas en su lengua. Ella no se veía, pero siempre solía poner gestos raros al beber el primer trago de cualquier bebida que contuviese gas. Menos con la cerveza. Las birras no hacían ese efecto en ella. Sentada al lado de su vecina, con todo en calma, le parecía algo agradable. Pero no lo mostraba. Pues ella no exteriorizaba sentimientos, y mucho menos cuando había otras personas implicadas. La rubia para ella era un nuevo descubrimiento. Algo que le había pillado desprevenida. No se esperaba que aquella vecina de enfrente que al principio no le interesaba para nada en absoluto, con aquella visita por sorpresa el otro día le hubiese robado cierta curiosidad y tiempo de su asquerosa y monótona vida, dándole una pincelada de vida. Claramente la rubia no tenía por qué saberlo, y así iba a mantenerse de momento, a no ser que la hacker tuviese alguna intención de hacérselo saber. Apoyó sus antebrazos en las rodillas, mientras echaba su cuerpo hacia adelante. Importándole tres pimientos si le salía chepa o no. No era la mejor postura para su columna, pero a ella le agradaba así.

La mochila de cuero negra dejó de estar aplastada contra la pared entonces. Mientras que el cigarrillo se encontraba de nuevo atrapado entre los labios finos de la sin cejas. Absorbió aquello que le hacia sentirse mejor, para luego expulsarlo por la nariz y el resto por la boca lentamente. Ignoraba si aquello se podía hacer allí. Porque con las nuevas leyes, no se podía fumar en ningún lugar que estuviese cerrado. Y el metro seguramente sería uno de ellos. Las cámaras lo estaban grabando todo, pero aunque ella lo supiese, seguía dándole lo mismo. Se rascó ligeramente la nariz, antes de que la chica hablase. Le gustaba la voz de ella. Era suave, y le calmaba. Pero a la par que sentía eso al escucharla hablar, también había otro sentimiento. Cierto nerviosismo y confusión. No entendía el porqué de esa sensación, pero pasaba. Como cuando se encontraban por casualidad en el rellano de su bloque. Apenas se dirigían miradas, pero ambas sabían que una miraba a la otra cuando esta apartaba la vista o bien le daba la espalda. Se humedeció los labios antes de mordisquear un segundo el interior de su mejilla. A simple vista parecía estar molesta por que la rubia le estuviese hablando. Pero no. Simplemente era su forma de ser. De actuar. Así de fría y distante se mostraba con todo el mundo, aunque la persona que estuviese a su lado le interesase y le gustase. – Eres Cat, la vecina de enfrente. – respondió, haciendo uso de casi las mismas palabras que la chica le había dicho. Claro que sé quien eres. No podía olvidarte así como así.

- ¿Qué tal esta tu portátil? – aunque pareciese tontería, la morena solía preocuparse más por los aparatos electrónicos que por las propias personas. Aun así, esa pregunta era más para acercarse un poquito más a ella, que para otra cosa. El reloj del metro, colgado en una de las vigas, seguía funcionado, mientras que sus amigas las agujas, iban poco a poco. Por esta vez, Nia quería que el tiempo corriese algo más despacio de lo habitual. Una pareja algo escandalosa, entró de sopetón en la escena, pero por suerte esta pasó de largo, subiendo las escaleras de la otra entrada hacia otra línea de metro. Nia los miró sin mucho interés, pero si los siguió con la mirada, y cuando estos se perdieron de vista, sus orbes claros impactaron con los de la rubia.
CAT ☂ ESTACIÓN DE METRO ☂ 23:39 PM;
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 4:45 pm



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:40 PM

Su particular Martes trece parecía haber llegado a su fin antes de que las agujas del reloj rozaran el número doce para darle paso a un nuevo día del calendario. Al menos por el momento, nadie le había robado el bolso de un tirón, ni había acabado con ninguna navaja perforándole y rajándole la piel blanquecina y, por ende, las quejas estaban de más. En el fondo, la rubia no podía quejarse; no tendría por qué hacerlo cuando debería de estar dando las gracias de estar de una sola pieza y a pocos minutos de volver a cruzar las puertas de su casa. Siempre se puede estar peor, se decía a menudo para darse ánimos. Perder el metro por apenas unos cuantos segundos no era tan malo después de todo. ¿Qué se iba a perder? ¿Unos pocos minutos -más que merecidos- de descanso? Cat se encogió ligeramente de hombros, guardando silencio y conteniendo esa tímida sonrisa que quería florecer. Ni era transparente ni la morena con la que compartía rellano se había olvidado de la gata. Aquella que no mucho tiempo atrás se había plantado frente a su puerta en pijama y con el ordenador portátil entre sus brazos. Con los ojos cristalizados y con cara de querer gritar fruto de la frustración. Aunque ahora que lo pienso... De haber sido al revés, de haber sido ella, yo tampoco me hubiese olvidado.

No lo hubiese hecho ni cambiando un poco la escena; Cat no se hubiese olvidado de su peculiar vecina aun cuando ésta, al contrario que la propia Catherine, no se hubiese presentado frente a su puerta en pijama. Ni tampoco con ojos llorosos como lo había hecho ella. ― Oh, bueno. Es que pensé que no te acordabas de mí. Eso o que no me habías reconocido.― Dos opciones de las tres que podrían haber sido posible y seguramente la menos probable de las tres. El rubio oxigenado de Cat estaba más claro que la vez en la que se habían visto obligadas a presentarse en el rellano, pero no tanto como para no reconocerla en una estación de metro prácticamente vacía. Aquello era igual de improbable que la posibilidad de que Nia pasase inadvertida; que Cat se hubiese olvidado de la figura menuda de su vecina o del tatuaje en forma de avispa que llevaba en el cuello. Al alcance de los ojos de todo el mundo. ― Bueno, eso o que no quieres hablar. A lo mejor tú también estás cansada y yo aquí molestándote sin saberlo.― Murmuró con carrerilla antes de fijarse en su acompañante y obligarse a morderse la lengua de forma literal. ― Lo siento.― Se disculpó por si las moscas, encogiéndose ligeramente de hombros y acercándose el borde del vaso de cartón para dar un par de sorbos más. Aunque la rubia pudiese resultarle igual de molesta que una mosca zumbando tras una de sus orejas agujereadas, lo cierto era que, contando con la presencia muda de Nia, esperar no se le hacía tan tedioso. Es más, incluso el hecho de haber perdido el metro, había dejado de aparecer en la lista de cosas horribles del día.

Cuando a Cat le daba por buscarla, por intentar pillarla cuando fuese a salir de su casa, nunca tenía suerte; apenas se cruzaban en el rellano o por las escaleras y rara vez la sentía al otro lado de la pared. Cuando Cat ni siquiera recordaba que compartía tabique con alguien, ella aparecía de la nada y se sentaba a su lado. ― Me va un poco lento, pero creo que vivirá. Al menos por el momento.― Contestó y, aprovechando el estar medio oculta por el cilindro de cartón del que bebía, esbozó una sonrisa. ― Si no llega a ser por ti, creo que no lo hubiese contado.― De no ser por la chica sin cejas, el portátil de la rubia hubiese muerto inevitablemente y su cuenta corriente hubiese pasado por un mal momento después de que Cat se hubiese agenciado uno nuevo. Te debo una, añadió en silencio cuando se vió sorprendida por las medias lunas de su vecina, cuando las orbes de color claro de ambas colisionaron por casualidad. Ojos claros aunque oscuros que lejos estaban de intimidar a la rubia. Sumergida en las profundidades de sus írises durante apenas unos segundos, un gracias mudo salió de entre los gruesos labios de Cat.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 5:36 pm

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No podía olvidar a la vecina de enfrente aunque quisiera. ¿Razón? Muchas razones de hecho. Era la primera vez en meses que dejaba entrar a alguien a su piso sin que ese alguien entrase en su cama y se fuese a la mañana siguiente en un abrir y cerrar de ojos, después de haberse tomado el desayuno que la morena le había preparado por simple rutina. También porque le llamó la atención de que ella supiese que arreglaba ordenadores y demás aparatos electrónicos. Y también, y no la menos importante, porque realmente le pareció preciosa e insinuante, aunque la rubia ni se lo propusiese. Pero el pijama, los ojos llorosos, y las horas que eran, habían despertado en ella cierta simpatía hacia la rubia. Se mentiría a si misma si le dijese que no se acordaba de ella. Vivian puerta con puerta, y muchas veces se había parado frente a esta, con el puño a punto de tocar en la madera, reteniendo sus ganas en el último segundo, al pensárselo mejor. ¿Qué iba a decirle si tan siquiera la conocía? No estaban en ningún pub o discoteca. No la conocía de antes. Y aunque ella hubiese estado en su piso días antes, no le daba derecho a irrumpir en su vida sin nada que aportar a la relación. Nia o Wasp, como era conocida en el mundo de internet, no estaba hecha para las relaciones, tanto amistosas como amorosas. Y de ningún tipo de hecho. Por eso siempre acababa por pensárselo mejor y dar media vuelta para seguir con su camino y su vida rutinaria. Pero esa noche, el destino había querido que ambas volviesen a cruzar palabras, y por último, mirada. Sus ojos azules no pudieron esperar a comérsela casi con los ojos. No pudo evitarlo, y hasta que se dio cuenta no apartó la mirada de los de ella. Estos, se dirigieron a su reloj de muñeca de plástico duro de color negro, como no, y observaron las agujas que marcaban y cuarenta. El metro seguramente estaría al llegar. Pero por si acaso miró el panel electrónico donde ponía la hora y los minutos que faltaban para que este hiciese acto de presencia en el andén.

Quería irse de allí, y no precisamente por que se sintiese muy incomoda con ella, sino porque tenía ganas de llegar a casa, cenar algo, y entrar al vicio. Le hacia gracia su verborrea. Ella, sin embargo, no era muy habladora. Así que en eso no tenían mucho en común. Aunque en esos momentos si le hubiese gustado ser algo más dialogante. Por lo menos para intentar no ser un muermo de compañía. – Solo hice lo que debía. – le respondió en su tono distante habitual. No era un tono de voz borde, pero a veces podía dar la sensación de hablar fríamente a las personas. Y no siempre lo hacía aposta. No con la rubia por lo menos. – Cualquier cosa ya sabes donde estoy. – hizo una pausa y volvió de nuevo a despegar los labios para darle una calada al cigarrillo ya consumido. – Me refiero a que yo podría conseguirte uno de mejor calidad. Ya sabes. Este tipo de aparatos se diseñan para que luego a los dos o tres años comiencen a fallar. Son así de cachondos. – chasqueó la lengua contra le paladar. – Así que… eso. Ya lo sabes. – se encogió de hombros ligeramente y dio la última calada al cigarrillo. Lo tiró al suelo, y levantó ligeramente la bota para luego aprisionar la colilla contra la suela de su zapato, chafándola para así apagarla la ceniza encendida y que esta no siguiese humeando. Arrastró el pie hacia atrás, y quedó de nuevo en la posición de antes. Sin decir nada aun, se giró un poco para quitarse una de las asas de la mochila y colocársela en el regazo, para sacar el móvil de última generación que tenía. – No tengo tu móvil. Sino te importa me gustaría que lo tuvieses por cualquier emergencia que pudiese tener. – y no solo lo decía por el portátil, sino que también lo decía por si acaso. Porque algo le impulsaba a protegerla.

Esperó a que la rubia le dijese el número de móvil, mientras que en un segundo fue a la agenda y puso el nombre, faltando solo anotar el número de teléfono. Si, era bastante ágil con las teclas, fuese de cualquier aparato. El tren ya se escuchaba en la lejanía, así que no tardaría mucho en llegar. Los metros allí pasaban a menudo, aunque a las doce y media comenzaban a pasar más tarde.
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Dom Mayo 13, 2012 8:12 pm



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:42 PM

La entrada en escena de la vecina misteriosa, había cambiado la noche de la rubia. Para bien. Para bien aunque los trayectos en el metro de la capital rusa siempre estaban cargados de tensión para la rubia de nariz moteada. En especial cuando se veía en la necesidad de bajar al subterráneo bien entrada la noche y sin el brazo de nadie donde apoyarse durante el recorrido del tren. Aunque esa noche en concreto, el andén donde las chicas esperaban por el tren que las llevaría de vuelta a casa en pocos minutos, estaba más solitario de lo normal, el subterráneo, por regla general, parecía albergar más lunáticos por metro cuadrado de los que pudiese soñar cualquier sanatorio psiquiátrico que se precie: una especie de servicios sociales para quienes tenían una tarjeta de Metrocard. Pero lo peor no era la sobreabundancia de perturbados, sino la incapacidad de adaptación de la rubia al subterráneo ruso. No saber nunca si se dirigía al centro de la ciudad o a las afueras, o si se bajaba en la parada correcta o una o dos más allá, es decir, en algún sitio positivamente peligroso donde ni siquiera el turista más avezado osaría adentrarse. Si alguien te veía girando a uno y otro lado el plano del metro -pensado para turistas aventureros-, era como gritar a los cuatro vientos: ¡Atacadme!

Esa noche contaba con un factor que no se había esperado: Nia. Cat, esa noche, no tendría que desdoblar el plano del metro que llevaba consigo desde el primer día en Rusia, sino que aquella mujer vestida de negro y en cuyos ojos había podido verse reflejada hacía unos instantes, sin saberlo, sería un mapa con piernas. Uno sin etiquetas en ruso. ― De momento con ese me va bien. No lo necesito para nada en especial, sólo...― Pero no terminó la frase. Cat se encogió de hombros, tamborileando los dedos contra el vaso. ― Sólo lo uso para tonterías. Ya sabes, para navegar por internet, ver pelis online, descargar algo de música... Twitter.― Adicta a las redes sociales, de ahí que la albina se hubiese plantado delante de su puerta a punto de estallar en lágrimas de un momento a otro. ― Pero gracias por molestarte. Cuando se muera, serás la primera persona a la que buscaré. Otra vez.― Remarcó. No pensaba desperdiciar esa oportunidad que la chica de los tatuajes le estaba sirviendo en bandeja de plata sin saberlo. ''Cualquier cosa ya sabes donde estoy.'' Claro que lo sabía. A tan solo un par de pasos de distancia. Puerta con puerta. La chica reservada del apartamento de al lado. Aquella que apenas hablaba cuando se cruzaba con alguien al subir o bajar por las escaleras. Aquella a la que nunca oía moverse por el interior del piso donde vivía y aquella cuya puerta principial, Cat, veía abrirse por las mañanas para que todo aquel o aquella que pasaba la noche al otro lado de la puerta, desfilara escaleras abajo. No lo veía porque se dedicara a espiar a su vecina por la mirilla -éso sólo lo había hecho en contadas ocasiones-, sino por pura coincidencia de horarios laborales.

La misma coincidencia que las había hecho encontrarse esa noche. ― ¿Mi teléfono? Claro. Sí. Sí. Te lo iba a dejar la otra noche, pero no quise que pensaras nada raro.Como que había roto el ordenador para colarme en tu casa, por ejemplo. ― Apunta.― Murmuró justo antes de recitar en voz alta su número de teléfono, sacando el ladrillo de color blanco para crear un nuevo contacto con los datos de la morena. ― Si necesitas cualquier cosa... Vivo prácticamente pegada al teléfono. Duermo con él debajo de la almohada, así que me localizarías rápido. No tengas ningún reparo en llamar. O en mandar lo que quieras. Aunque si lo prefieres puedes tocar en casa, a mí no me importa. Como tú quieras.― Cat había empezado con energía y terminó con apenas un hilo de voz. Tal vez hablaba más de la cuenta a ojos de la morena, pero... Ésta era la parte horrible, la parte que Cat odiaba. El hecho de escuchar el traqueteo del tren a lo lejos, de levantarse y arrastrar los pies esperando a despedirse. Adiós, hasta la vista, auf wiedersehen, adieu. No, la rubia no quería despedirse todavía. ― Estaba pensando que si vas para tu casa, y a ti no te importa, podemos ir juntas.― Murmuró, golpeando el pie nerviosamente contra el suelo, más o menos al ritmo de su creciente taquicardia. ― Es un poco tarde y preferiría no ir sola.Me morderé la lengua si quieres.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Lun Mayo 14, 2012 6:03 am

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
El olor dentro del metro se hacia casi insoportable para la gente, pero no para la morena. Estaba acostumbrada a ese tipo de olores fuertes, como también a ver porquería por todas partes, al igual que en el andén de metro aquél, donde ambas chicas esperaban – una más impaciente que la otra – a ese metro que las recogería para llevarlas a casa. O a la parada que quedase más cerca del bloque donde vivían. Pero gracias a que un cerdo desconocido hubiese dejado tirada por ahí aquella lata de refresco, había podido observar a su vecina sentada en uno de los asientos del lugar subterráneo en el que se encontraban. Que casualmente, esa noche estaba más vacío de personas que de costumbre. Ese hecho le agradó, y dio gracias a que nadie más rondase por allí. Tal vez dentro del vagón si habría más personas, dispuestas a mirarla con cara extraña a causa de sus pintas, pero eso ya era otro tema. Ahora ellas solo tenían que quedarse allí y esperar. No le molestaba la compañía de Cat, ni mucho menos, pero si que hubiese preferido ir en su moto que no en metro. A otra vez se lo pensaría mejor antes de dejarla aparcada en el callejón, lejos de las miradas indiscretas y de los gamberros de turno. Por un momento se imaginó a la chica montada en su moto, detrás de ella y eso le agradó. No tenía muchos amigos, y Cat seguramente si podría llegar a ser uno de ellos, por muy habladora que fuese. – No son tonterías. Yo también suelo estar metida en ese tipo de redes sociales. – le dijo para que no se sintiese mal. Es más, no debería avergonzarse o cualquier otra cosa por estar enganchada a Twitter u otra web en especial. Para la morena, internet era su mundo. Su punto de distracción al mundo real. Era lo que la mantenía cuerda, aunque cuando estuviese delante del ordenador fuese lo único real para ella. – No te sientas obligada. – le dijo arrugando el ceño. Ella le había propuesto aquello, pero si la albina no necesitaba de sus servicios, no tenía por qué llamar a su puerta en busca de ayuda. Aunque eso le fastidiase, claro.

A punto el teléfono que ella le dictó. Pero en vez de hacerle una perdida, la sueca decidió darle con palabras su número. Se fiaba de la rubia. Pues seguramente, si hubiese sido otra persona, le habría dado un toque para comprobar si de verdad el número que le daba era real o no. O simplemente no le hubiese dicho nada a esa persona de que le diese su móvil. - ¿Raro? He oído y visto cosas peores, créeme. Porqué me hubiese dado tu número no hubiese pasado nada. - Ya con ambos móviles apuntados, no quedaba mucho que hacer allí. Nia era de pocas palabras, y aunque con ella hubiese hablado más de lo normal, seguía sin tener temas de conversación. Menos mal que la albina era de muchas palabras, y no como ella, eso hacia que los silencios no fuesen incomodos ni tampoco largos. A Nia le gustaba el silencio, mucho más que a cualquier persona. En su piso solo se oía el teclado cuando sus dedos pisaban con suma rapidez las teclas de este. O bien el microondas dando vueltas para calentar aquellos fideos instantáneos. O la cerveza bajar por su garganta. Pero no mucho más. Porque aunque le gustase la música, sabía que si la ponía, el volumen no iba a ser bajo, y las horas en las que ella estaba en casa, no eran para despertar a medio bloque y comerse el marrón después. Odiaba a sus vecinos, sobretodo la vecina de abajo. Una mujer soltera, y no vieja, aunque si más mayor que ella por quince años o así. Nia no podía quejarse de los sonidos y gemidos que ella hacia cuando se traía a sus hombres, pero ella si podía hacerlo con su música, esa que todo el mundo debía escuchar, y no por la melodía, sino por las letras. A punto estuvo un día de darle un puñetazo en los morros para callarla, pero prefería no entrar en ningún calabozo, ya que había estado bastante tiempo en algunos.

Guardó el móvil – esta vez en su bolsillo delantero del pitillo negro – y se levantó al oír el chirrido del metro al llegar. Justo, y antes de que este entrase, ella le propuso ir juntas a casa. En realidad, y aunque Cat no lo supiese pues de momento nadie leía mentes, si había contado con ir juntas. Por eso le sorprendió que ella se lo propusiese, pues ella ya lo había asimilado antes de que la rubia dijese nada. – No iba a dejarte ir sola, a menos que cogieses otro camino. – por primera vez, le dedicó una pequeña sonrisa fugaz, cálida. Alzó la mirada, pues ella era un poco más alta que la albina, y miró justo al frente cuando el tren ya corría por las vías. – Vamos. – le apremió cogiéndola de la mano sin ni siquiera darse cuenta, y soltándola después de haber entrado. Se sentó en uno de los asientos de plástico. Cogió expresamente el asiento en el que solo podían caber dos personas. Por eso mismo le gustaban los vagones antiguos, y no los nuevos de ahora. Dejó la mochila en su regazo, y colocó una de sus piernas encima de la otra. No en una pose femenina, sino más bien masculina, como toda ella. - ¿Viajas mucho en tren? – preguntó sin mirarla, mientras sus dedos llenos de anillos nada convencionales, repiqueteaban contra la mochila de cuero. - Quiero decir, en metro. - mordisqueó el piercing que llevaba desde hacia cinco o seis años en el labio inferior. - Perdona mi vocabulario, se Ruso, pero aun sigo aprendiendo. En Suecia no tuve ocasión de aprender idiomas. Bueno, el inglés, pero ese fue por mi cuenta. -.
CAT ☂ ESTACIÓN DE METRO ☂ 23:41 PM;
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Lun Mayo 14, 2012 8:51 am



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:44 PM

Con las manecillas del reloj a punto de marcar las doce menos cuarto, el cansancio que a punto estuvo de hacer que la rubia se quedase dormida esperando en el andén, había quedado en un segundo plano. Olvidado. La rubia se había olvidado por completo de ese ferviente deseo de cruzar la puerta de su casa y lanzarse, tal cual, sobre el colchón de su cama. Vestida y con los zapatos puestos. Sin soltar el manojo de llaves ni el pequeño bolso que colgaba de uno de sus hombros desde que salió de la tienda. La rubia se había olvidado de los delincuentes en potencia que tendían a esconderse bajo el techo de las estaciones subterráneas de la ciudad. En Moscú, en Londres o en la mismísima ciudad de Nueva York; aquello no era más que un nido para muchos con las manos largas. Un estanque de pirañas que, a pesar de ser tan tarde, estaba más tranquilo que nunca. Sin el alboroto de la gente con la que Cat se encontraba al bajar por las mañanas. Prácticamente en silencio. Sin altercados donde la policía tuviese que hacer acto de presencia. En completo silencio de no ser por la repentina verborrea nerviosa de la rubia y por las pocas palabras que la morena le dedicaba y la acompañaban bajo el asfalto.

Y es que esa era la primera vez -y gracias a ella- que el metro, de pronto, dejaba de ser ese monstruo metálico intrincado, estridente y hostil que hacía parecer un primoroso tren de juguete al mismísimo subterráneo de Londres. ― Aunque ahora no lo parezca, soy un poco-bastante vergonzosa.― Reconoció con cierta diversión. ― Y como no hablabas pensé que a lo mejor no lo querrías. Y tampoco quería ponerte en un compromiso.― Ni a la chica de los piercings, ni a ella misma tampoco. La rubia no quería arriesgarse a darle su número de móvil sin venir a cuento y que, por casualidad -aunque hecho a propósito-, su vecina apuntara mal un dígito, de manera que más tarde podría culpar a los caprichos de la tecnología y del destino de su despiste. Aunque Cat quiso ser positiva, aunque quiso darle un voto de confianza y apuntarle su número de teléfono mientras la morena trasteaba con su portátil para intentar arreglarlo, sus manos no habían buscado ningún bolígrafo con el que poder hacerlo. Aunque Cat había pensado en, incluso, la idea de pasarle por debajo de la puerta una notita -como lo haría una niña pequeña- con su número ya escrito en ella, nunca había reunido la valentía suficiente para acercarse y hacerlo. Aquello sería demasiado infantil hasta para ella. Incluso más infantil que haberse plantado frente a su puerta a punto de llorar por un ordenador o por casi gimotear cuando le propuso el volver a casa juntas. No sin cierto alivio, la rubia suspiró tras obtener la respuesta que había esperado oír. Una respuesta que no fue ni la mitad de sorprendente que el hecho de haberla visto sonreír.

Un gesto igual de fugaz que una estrella surcando los cielos con tanta rapidez que resulta imposible tener tiempo de pedirle un único deseo. Un gesto fugaz pero que no había pasado inadvertido para Cat. En un visto y no visto. Tan rápido como lo fue la mano de la morena al coger una de las manos de Cat. Una mano llena de anillos y extremadamente delgada que no soltó la suya hasta que entraron en uno de los vagones y la sin cejas ocupó una fila de asientos. Para dos. Para ellas. Una especie de minúscula burbuja aislada del resto del vagón a la que la rubia no tardó en sumarse. Sentada a su lado, la búlgara miró a Nia y sonrió. Estaban físicamente separadas la una de la otra por escasos milímetros, pero había algo que las unía, tal vez una corriente estática, como cuando se frota un globo contra un jersey de lana y se queda casi pegado a la prenda. Incluso cuando el globo se aparta, existe una fuerza que hace que las fibras de la ropa se ericen durante un buen rato. Su mano. ― Prácticamente lo uso todos los días. Es más rápido.― Y menos seguro también. Aunque éso último solo le importaba cuando el sol se ocultaba para darle paso al enorme manto de color oscuro. ― A veces, cuando salgo de noche, me van a buscar, pero he preferido no molestar a nadie.― Dijo al mismo tiempo que se recostaba en el asiento de plástico y estiraba los pies. Con la cabeza apoyada contra el cristal de atrás, la rubia se giró ligeramente para poder mirar a su acompañante. ― Mi ruso tampoco es que sea muy fluído. Se me da fatal. Horrible. Lo hablo muy poco.Y mucho menos que eso, se corrigió mentalmente. ― ¿Eres sueca?― Preguntó con interés, alzando las cejas. No sólo coincidían, sino que por fín parecía hablar. ― ¿Puedo preguntar cómo es que has acabado tan lejos?―.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Lun Mayo 14, 2012 10:55 am

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
Irënia era una de esas personas reservadas absolutamente con todo. Nadie que no fuese un profesional y de los buenos, podía encontrarla por internet a menos que ella quisiese. Era como un fantasma vagando solitario por el mundo humano. Demasiado colorido para ella. Por eso se pasaba la mayoría del tiempo metida en su pequeño piso, con apenas luz que iluminase toda la estancia en la que vivía desde hacia unos cuantos años. Prefería esa vida ermitaña y ser una de las mejores hackers, que no ser una chica popular de la universidad, y exponer su vida a todos. Pero inconscientemente, esa noche le había dado el número y le había revelado un dato de su vida, sin ni siquiera pensárselo mucho, a una desconocida. Pues pese a ser su vecina y tener una cara bonita, nunca podías fiarte de nadie. Aunque ella hubiese estado en su piso y hubiese visto todo el tinglado que tenía montado en casa. Pero por alguna razón no le dio miedo a que ella luego pudiese utilizar en su contra esos detalles que se le estaban escapando sin pensarlo. La tenía como a una chica en la que se podía confiar, aun sin conocerla de nada. Y eso era un punto extremadamente gigante para la rubia. – Rápido, pero no seguro. – comentó humedeciéndose los labios, antes de continuar con la labor de juguetear con el piercing de su labio inferior. Puesto a un lado, en vez de en el centro, como también tenia pensando hacérselo antes de ese. No solo llevaba ese piercing, sino que también se había agujereado la nariz, y se había hecho el septum. Era su forma de revelarse contra el mundo. De ser diferente a las demás personas. – Por eso prefiero ir en mi moto. – una sonrisa por debajo de la nariz asomó un par de segundos. Aquella preciosidad negra era una de sus pertenencias más queridas, y sin ella no sería la misma. Era la forma de escapar del mundo, al igual que lo de conectarse a la red y navegar por horas. – Podría darte una vuelta si quisieras. O bien irte a buscar al salir de la Uni. Depende. Me encantaría, de verdad.

El traqueteo del vagón cuando este comenzó a moverse, hizo que sus brazos se rozasen una y otra vez. Algo que pareció importar bien poco a la morena, pero que en su interior se moría por acercarse un poco más. Ese sentimiento no lo tenía nunca con las personas. A menos que estas le calasen desde un principio, como lo había hecho Cat, o su pequeña morena. Esa stripper de la cual estaba algo obsesionada, pero nada fuera de lo normal. – Pareces una buena chica. – le respondió ahora jugueteando con una de las tiras de su mochila de cuero negra, dejando así de repiquetear con los dedos sobre ella. Aquello lo dijo en un tono un tanto más bajo, como en un susurro. Como si aquello que había escapado de sus labios castigados – solía mordisquearlos bastante – hubiera sido más un pensamiento que algo que decir en voz alta. Notó la mirada de su compañera de asiento clavada en su perfil, como antes habían estado, pero no la miró. Por regla general no miraba a nadie cuando hablaba, dando una imagen de borde total. Pero era su forma de ser con los demás. Se sentía mejor si hablaba mirando un punto fijo, que mirando a los ojos de dicha persona. Porque si lo hacia, se sentía como vulnerable, desprotegida. Como si esa persona pudiese ver a través de sus ojos y llegar hasta su corazón de hielo. – Sí, la primera vez que te vi supe que no eras de aquí, más que nada por el acento. Déjame adivinar… - intentaba ser graciosa, aunque su tono aun distaba de ser bromista, pero ya no era tan rudo como antes. - ¿Búlgara? – no hubiese dicho nada de no ser porque hacia un año se enrolló con una chica de ese país, y el acento era demasiado parecido al de la rubia. Bien podía estar equivocándose, aunque rara vez pasaba. Porque si no estaba segura, no decía nada.

Cambió de posición su pierna, dejándola al lado de la otra nuevamente, como en el banco del andén, en vez de dejarla encima de la otra. – Hay cosas o situaciones que te invitan a dejar atrás esa vida que llevas, y a mí me tocó, así que me vine a Moscú a probar suerte y a empezar de cero. – no podía hablar del tema. No le gustaba tampoco hablar de su pasado ni de si misma, así que aunque confiase en ella, no sentía la necesidad de contarle nada. – Como cualquier otra persona. – se encogió de hombros, mientras una de sus piernas comenzaba a moverse con rapidez, signo de nerviosismo. No es que estuviese nerviosa, pero algo en su cuerpo le hacía hacer eso. Su estómago entonces habló. Tenía hambre. – Deberían pensar en poner un compartimiento solo para vender comida. Como un happy meal. – Adoraba ese menú infantil. Era lo que normalmente solía comer cuando no comía fideos instantáneos.
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Lun Mayo 14, 2012 5:05 pm



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:46 PM

Cuando dejes de buscar, encontrarás lo que buscas. Palabras sabias de la madre de la rubia y de las que ella rara vez se acordaba y que, mucho menos, tenía en cuenta en su día a día. Catherine había resultado ser igual de curiosa que un gato al llegar al que será su nuevo hogar; que observa desde las esquinas todo lo que lo nuevo que le rodea, que rehuye del contacto humano para mirarte hasta que piensa que logra conocerte. Y se acerca. Un gato que se olvida, contínuamente, de que la curiosidad ha sido siempre su mayor enemigo. Un falso aliado. Un amigo en el que no se debe de confiar por mucho entretenimiento que te prometa. Pero a menos que la morena hubiese hecho un agujero en la pared del salón, no tendría por qué saber la de veces que la rubia, pasada la media noche, había pegado un vaso de cristal contra ésta para intentar escuchar algo. Con los pies descalzos para procurar no hacer ruido y con las luces apagadas por si las moscas, la rubia se pegaba a la pared como un Spiderman de poco más de medio metro durante sus paseos nocturnos a la cocina. Desde el lado del tabique con una decena de muebles de Ikea nunca se escuchaba nada salvo un silencio aterrador a pesar de saber que había vida humana al otro lado. ― Para nada seguro.― Añadió sin más, chasqueando la lengua contra el paladar. La falta de seguridad en el subterráneo no era un tema del todo desconocido para Cat. ― La segunda vez que cogí el metro aquí, me vi sin dinero y sin las llaves de casa.― La pérdida de su bolso y los lagrimones por el susto fueron lo de menos cuando se dió cuenta de que no podría entrar en su casa hasta que localizara a su casera. Aunque desde entonces, su subscripción al gimnasio tenía otro fin además de ponerle el culo en su sitio.

Las clases de yoga tres veces por semana se habían acabado para que la rubia tuviese tiempo de meterse en clases de defensa personal que estaba más que comprobado que necesitaba para cuando se adentrara en esa jungla subterránea. Jungla que esa noche atravesaba en compañía de una chica con las cejas igual de oxigenadas que la cabellera rubia de la propia Cat. Jungla de la que Nia se ofrecía a sacarla. ― No quiero molestar.― Aunque en el fondo sí que le gustaría. Subirse en esa moto tenía más puntos a favor que el metro. Más rápido todavía y, muy probablemente, más seguro. Por no mencionar que la tendría justo delante. A tan sólo unos pocos centímetros. Entre sus piernas. Aunque no en el mal sentido. ― Aunque a esa vuelta no te diría que no.― Por alguna razón desconocida, Cat se fiaba de ella. Confiaba en ella. Aunque apenas hubiesen cruzado palabra alguna hasta esa misma noche; hasta que, por casualidad del destino, esa lata de color rojo aterrizó frente a los pies del treinta y cinco de la chica obsesionada con los gatos. Apenas un par de palabras la noche en la que se conocieron y alguna que otra mirada furtiva cuando coincidían en el rellano. Nada más hasta ese momento. Sorprendente e inesperado. ¿Quién le hubiese dicho a la rubia que coincidiría con ella sin buscarlo? Después de muchos intentos -todos ellos fallidos- al escuchar su puerta abrirse, y se topaba con la morena donde y cuando menos se lo esperaba. Se topaba con ella y, además, tenían una especie de acercamiento que había desarmado a la búlgara desde que sus orbes se encontraron en el andén.

― Vaya, yo pensaba que, con tanta rubia suelta, me camuflaba un poco mejor.― Claramente bastaba con que Cat abriera la boca para que todos descubrieran que era menos rusa que el ron con miel. ― Búlgara. ― Murmuró, asintiendo con la cabeza con gesto divertido. ¿Acaso había hecho lo mismo que la rubia y había buscado su perfil por Facebook? Cat negó para sus adentros para contestarse, clavando la vista en el cristal de enfrente. Cristal donde ambas salían reflejadas y donde la rubia pudo contemplarse. Con todo, la rubia no se había dado cuenta, hasta ese mismo momento, que estaba tan poco acicalada como el peinado de la cantante Björk en uno de sus días malos. Después de resoplar y pasarse las manos por el pelo un par de veces en un intento por peinarse, desistió. Desistió de intentar ordenar sus cabellos oxigenados y de preguntar más de lo que debería. La curiosidad mató al gato. ― Nunca he estado en Suecia. O bueno... Más o menos. ¿Haber comprado muebles en Ikea no cuenta, no?― Inútilmente, Cat se apartó el cabello de la cara por enésima vez y paseó la mirada por el vagón prácticamente vacío. El mayor placer de jugarse la vida en el metro a esas horas, era el hecho de que apenas había gente. Ni ciudadanos, ni turistas. A esas horas ni siquiera se podía encontrar algún que otro corrillo de japoneses de semblante sonriente. ― ¿Tienes hambre?― Preguntó mirando su reflejo en el cristal. ― No tengo ningún Happy Meal, pero algo de chocolate seguro que tengo.¿Quieres?








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Mar Mayo 15, 2012 6:36 am

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
Por suerte, el traqueteo del metro era leve, y más que molestar, ayudaba a que ambas chicas estuviesen en contacto, aunque solo se rozasen sus brazos. – No molestas. No propongo a nadie a subir en ella a menos que quiera, así que… no te preocupes por nada. – se humedeció los labios, y de nuevo jugueteó con su piercing plateado. Ese que seguramente cambiaria por otro color más oscuro. Adivinad cual. Sí, por el negro. Obsesión tenía la sueca con ese color. Le parecía el más bonito, de hecho. Sin embargo también había camisetas azul marino o alguna blanca, para darle algo de color a su ropa, en su armario. Algunas camisetas con mensajes en los que pensar. Reflexiones sobre el mundo y demás. Su pierna comenzó a moverse de nuevo, después de que parase. Un tic que mucha otra gente tenía. – Podría pasarte a buscar por casa… o donde sea que estés estudiando. – la morena no sabía si ella estudiaba o trabajaba, y hacer esa pregunta era de idiotas para intentar ligarse a la gente. Algo que a ella no se le daba nada bien, a menos que esa persona, normalmente chicas atrevidas y oscuras, o con un toque inocente pero no idiota, como podría ser Cat, se acercasen a ella para entablar una conversación. Ella solía sentarse en un rincón, como la persona solitaria que era, mientras se tomaba cualquier bebida alcohólica o un simple refresco con gas, y esperaba a que algo interesante le pasase por delante de los morros. Como el pasado fin de semana. Aquella morena solo tuvo que mirarla desde la otra punta, acercarse sin despegar los ojos de los de ella, y luego ambas ya estaban pegándose el lote dentro del local abarrotado de gente, con la música a todo volumen. Pasó una muy buena noche, y pudo pasar una buena mañana, pero la tipa tenía que trabajar así que nada, después de prepararle el desayuno, acabó despidiéndose de ella. ¿Cat habría visto a la chica salir de su piso? Tal vez.

No pudo evitar sonreír por aquello que dijo. – El acento te delata. – el echarse un poco hacia atrás, el asiento sonó, provocando una mueca de desagrado en ella. Por culpa de eso a veces parecía como si las personas se hubiesen tirado algún pedo. – No se porque no cambian estas cosas. Están más que oxidadas. – espetó chasqueando la lengua contra el paladar. Al ponerse bien de nuevo, el asiento volvió a sonar, pero esta vez lo dejó por imposible. No quería que la rubia pensase que era una cerca. Aunque comiendo patatas si solía serlo, ya que se metía un buen puñado en aquella boca de piñón que tenia. – No te pierdes gran cosa en Suecia. – cambió su cara de perros, por una más relajada, y solo por ese comentario de Ikea. Porque aunque la rubia no pretendiese ser bromista, lo conseguía. O tal vez si lo estaba siendo. Como fuese, le hacia gracia, y por eso no le importaba hablar más de lo normal con ella, aunque no pudiese contarle más cosas de su vida. Sobretodo de la pasada. Era como que tenía miedo a decir más sobre ella. Prefería que con el tiempo la conociesen. Pero poco a poco. Su mirada chocó contra la de ella en el cristal de enfrente. Oscuro por la escasa luz que había fuera, en los túneles por donde pasaba el metro. ¿Le estaba ofreciendo comida? Eso era halagador puesto que nadie solía ofrecerle nada. Seguramente por sus pintas entre góticas y punk. Pocos amigos tenía la morena. Y menos en la universidad, aunque allí dentro hubiese gente de todos los colores, razas y tipos. Pero ella parecía ser el bicho más extraño en aquella fauna hormonada. De la que tenía ya ganas de marcharse, sinceramente.

- Claro… - no supo muy bien que decir. Porque efusiva no lo era, y tampoco quería sonar como un robot al responder. Faltaba poco para que ambas llegasen a su destino. Y ahora, en la cabeza de la sin cejas, se debatía algo. En si invitarla a cenar con ella o no. Porque dudaba que la rubia hubiese cenado ya. O tal vez se equivocaba y al proponérselo ella le saltaba con un NO rotundo. De esos que pesan y joden. Inconscientemente se estiró, y al bajar los brazos, uno de ellos se quedó detrás del respaldo del asiento de su acompañante. No fue algo premeditado, pero pasó. Cuando miró de nuevo ambos reflejos en el cristal, se sintió extrañamente bien. Así, tal y como estaban, parecían una pareja como cualquier otra. Retiró el brazo poco después, para coger el chocolate que ella le tendía, aun pensando porque su cuerpo había sido así de cabrón.
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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Mar Mayo 15, 2012 11:07 am



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Irënia M. NesserESTACIÓN DE METRO23:48 PM

Efecto narcótico. Los trayectos en coche a cualquier hora del día y los nocturnos en el metro, eran el mejor somnífero que la rubia podría haber encontrado para conciliar el sueño. Uno natural. Sin químicos. Sin efectos contraproducentes que le pasarían factura después de un par de semanas tomándolo de forma regular. Bueno para su salud, pero no para su seguridad. Dormirse en el metro era la peor de las ideas; estaba completamente prohibido si no quería volver a llevarse un señor disgusto al abrir los ojos y encontrarse con que su bolso se había vuelto a desmaterializar. Porque lo peor no sería el pasarse un par de paradas, sino el volver a verse con una mano delante y otra detrás. Cat no tendría el valor de plantarse frente al edificio donde residía su casera para decirle que, de nuevo, se veía sin llaves. ¿Cuántas de repuesto tendrá? ― Oh, no. No estoy estudiando.― Su viaje a Moscú no escondía becas de estudio ni nada relacionado con la carrera que dejó a medio empezar en Sofía. ― Trabajo.― La lenta sonrisa que fue apareciendo en sus labios le iluminó el semblante bajo las luces fluorescentes. Cat bajó los ojos y empezó a reírse entre dientes. ― Se supone que éste es mi año sabático, o algo así.― La rubia había salido de Sofía a bordo de un vuelo en una compañía charter para vivir antes de volver a encerrarse entre las cuatro paredes de su facultad. Desplegar sus alas y probar a volar en solitario. Sin mamá y papá. Sin la ayuda de nadie. Por su cuenta. ― Estudio periodismo.― Tal vez, habiendo puntualizado eso, la morena comprendería la naturaleza curiosa y preguntona de la albina. Un buen periodista nunca se deja preguntas en el tintero.

El proceso de independizarse parecía mucho más fácil en las películas que se descargaba por internet. La realidad con la que se había encontrado la búlgara, no era tan de color de rosa como pensaba que sería. Nada de rosas sin espinas ni caminos llenos de pétalos con los que suavizar una caída segura. ― Yo prefiero no quejarme. Rara vez consigo ir sentada.― Ni cuando salía de casa a primera hora de la mañana, ni cuando volvía a media tarde tampoco. Siempre de pie. Apoyada contra la puerta para asegurarse de que, con el traqueteo del tren y las vibraciones de la puerta, no se dejaría dormir durante el trayecto. Pendiente por si alguien, al otro lado de ésta, la abría cuando llegaran a un nuevo andén. ― Son escandalosas, pero por lo menos así resulta imposible quedarse dormida.― Murmuró con diversión después de ver la cara que había puesto su acompañante en las dos ocasiones que había hecho chirriar el asiento sin querer. ― No te preocupes.― Quiso hacerla sentir mejor, reprimiendo las ganas de volver a girarse para mirarla. ¿Y si la morena se asustaba o se sentía incómoda? La rubia no quería espantarla después de haber conseguido avanzar un par de casillas desde el punto de salida. Cat volvió a sonreír, dejando el bolso sobre su regazo para rebuscar en su interior. ― Siempre llevo algo dulce por si las moscas. Bajones de azúcar o cualquier otra cosa.Mujer precavida, vale por dos. O eso decían.

Cat era de las que encargaban de cargar con un sinfín de cosas antes de salir de casa. Y todo por si acaso, por si las moscas. Por lo que pudiese pasar. ¿Y si le cogía la lluvia al salir del metro y no llevaba un paragüas? ¿Y si empezaba a ver borroso por la falta de ingesta de alimentos y no llevaba ni un mísero caramelo con el que subirse la glucosa? La rubia resopló justo antes de conseguir sacar la bolsa de cartón con la enorme galleta de chocolate que había comprado junto a la infusión que había dejado olvidada en el banco del andén donde se encontró con su vecina. ― Está un poco...― Con el ceño fruncido y la nariz arrugada, la rubia volvió a resoplar. ― Partida. Pero toda para ti. Ten...― Susurró esto último observándola a través de su reflejo. Reflejo que le regalaba una imagen que volvía a sorprenderla. Visto desde fuera, parecían formar una afable pareja. Aisladas de la poca vida humana que había en el vagón a esas horas. Otra casilla más. Con una sonrisa curvándole los labios, Cat carraspeó con suavidad antes de ofrecerle el puzzle de chocolate. Entonces la rubia se pasó los dedos por el pelo y cerró los ojos al tiempo que ahogaba un bostezo. Necesitaba dormir más que nunca, pero estaban a nada de llegar y el vagón traqueteaba a toda velocidad. Cat, ligeramente adormilada y con los ojos todavía cerrados, cabeceaba al compás del traqueteo de las ruedas en los raíles antes de usar uno de sus brazos como punto de apoyo. Ajena a ese último acercamiento que iba a dar sin ser consciente, la rubia había acabado con la cabeza apoyada sobre uno de sus hombros.








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MensajeTema: Re: Bordering psychotic, serial killer, obsessive type | Privado. Miér Mayo 16, 2012 4:14 pm

Bordering psychotic, serial killer, obsessive type.
Si hubiese tenido agregada al Facebook a la rubia, seguramente ya sabría suficientes cosas como para conocerla bastante. Pero como no se dio el caso, no sabía si trabajaba o estudiaba, o las dos cosas. Mucha gente lo hacia, jóvenes, más bien. Compaginaban trabajo y estudio a la vez, aunque luego sus cabezas estuviesen a punto de estallar. Normalmente eran los extranjeros como ella que venían a vivir una temporada para aprender el idioma o simplemente a quedarse allí un par de años para conocer nuevas costumbres y culturas. Sinceramente no sabía porque ella había elegido ir a Rusia. Podría haberse ido a Oxford, a Nueva York, o cualquier otro lugar donde pudiese perfeccionar su inglés. Ese que dominaba bastante bien, pero que hablarlo, lo hablaba solo en chats y no del todo bien. Pero al final había caído allí, en aquél país frío y solitario. Donde para desayunar en vez de zumo de frutas, bebían una copa de Vodka. Aunque no todos, claro. Pero si una se paraba a pensar y analizarlo todo, la sin cejas había elegido entonces el lugar perfecto para vivir. Un lugar donde todo el mundo era responsable y trabajador. Y poco hablador y social. A menos que nacieses alocado perdido, que por cierto, no era su caso ni mucho menos. Y si los rusos de allí se volvían locos, era simplemente por los extranjeros que traían la fiesta a ese país. Rusia, bien podía ser un sitio donde la fiesta y el alcohol siempre estaban ahí, pero también todo lo contrario, sobretodo de día. Donde la seriedad predominaba por las calles. Esas que pronto pisarían ambas chicas, pues quedaban apenas dos paradas para llegar. – Periodismo… - repitió en apenas un susurro audible. – Es interesante, aunque espero no verte detrás de mi puerta intentando espiar por la mirilla. – bromeó, aunque en su habitual tono serio. Y aunque aquello fuese broma, también lo decía de verdad. Ahora que sabía que su vecina era más curiosa de lo normal, no le apetecía ser tampoco espiada por ella. Pero vamos, que por otra parte no le importaba. Prefería que fuese ella a otra persona, sinceramente.

La albina tenía razón en aquello de ir sentada. Pero para ella, el no encontrar asiento no era un problema, pues prefería ir de pie, que sentada. Sin embargo, esa noche prefirió pensar mucho menos en si misma, y más en la Búlgara. Y al entrar en el vagón y ver aquellos dos asientos de dos, un poco apartados de los demás, le vino al pelo para llevarla hasta ellos y sentarse, no queriendo tentar a la mala suerte, al quedarse de pie y que la rubia se hubiese sentido obligada a quedarse con ella allí, queriendo tal vez sentarse en un asiento del metro. Aunque rechinasen al menor movimiento. Sinceramente, allí se encontraba bien. Tampoco le molestaba el continuo traqueteo del vagón ni del roce de sus brazos. Algo que la morena no solía soportar nunca. Estar cerca de alguien. Siempre rehuía a las personas. Cuando más lejos mejor, solía pensar. Como si tuviesen alguna enfermedad que pudiesen contagiarle o algo parecido. – Gracias. – murmuró no muy segura. Y es que siempre que debía dar las gracias, se le hacia difícil soltarlo. Por eso se sentía fuera de sitio cuando esa palabra escapaba de sus finos labios. Cogió el chocolate que ella le tendía, y comenzó a comer. Estaba bueno, y aquello le calmó el hambre que tenía. En silencio, la morena miraba hacia otro lado, ignorando el cristal de enfrente que seguramente le habría puesto más nerviosa aun. Pues la rubia fijaba allí la vista más que ella.

Al fijarla ella poco después, vio como la rubia se había dormido encima de su brazo. Sintió cierto cosquilleo recorriendo su cuerpo, y carraspeó. Pero ella no abrió los ojos. La sueca alzó la mirada hacia el panel de botones que se iluminaban para indicar la parada que venia a continuación. Solo faltaba una. Y ya estaban llegando a ella. Movió el brazo suavemente para menearla a ella, y que se despertase. Se fijó, en silencio, como un mechón de cabello oxigenado, caía sobre su mejilla. Mordisqueó y jugó con el aro plateado de su labio inferior, atreviéndose a rozar la mejilla blanquecina de la rubia, para acomodarle el cabello en la oreja. Notó la piel de la chica suave y algo más cálida que la de ella. Aunque la gata no se dio cuenta, la hacker había esbozado una sonrisa que hacia mucho que no componía. Sincera e idiota. La voz del metro habló, indicando que ya llegaban a su destino. – Cat. Ya hemos llegado. – no pareció oírla, o si lo hizo seguramente lo habría escuchado adormilada. Su mente, que pensaba rápido, decidió hacer algo que no haría nunca con otra. Se levantó, con cuidado de que la cabeza de la rubia no se fuese por completo hacia un lado, y se puso su mochila negra delante. Cogió el bolso de la rubia y se lo colgó, para luego cogerla a ella y cargarla a caballito. Así salieron del vagón, y de este al andén vacío. Ignoraba si ella estaba dormida, adormilada, o despierta, pero con ella cargó hasta el ascensor del metro, para subirse en él y salir al exterior. Con ella aun en caballito, comenzó a andar hacia el bloque de ambas.
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