Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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Big egos are big shields for lots of empty space | Privado.

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MensajeTema: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Sáb Mayo 12, 2012 11:28 am



""Big egos are big shields for lots of empty space" | PRIVADO


Cat S. HavnikDENTRO DE H&M17:22 PM

Todos cometemos errores, todos fallamos de vez en cuando y las consecuencias pueden no tener importancia, o tener demasiada. Todos cometemos algunos errores en la vida que nos marcan para siempre, que hacen que miremos las cosas desde otra perspectiva, es decir, que hay algunos fallos que nos cambian para siempre. Quizá a Haris le cambiara lo que ocurrió hacía casi tres días, oficialmente. Una velada que no fue para nada la esperada. Para nada. Todo se torció en un momento y al polaco no le dio tiempo a deshacerse del muerto antes de que la gatuna le pegara con una revista, momento que tenía grabado todavía en la cabeza, y que, durante tres días, no había podido olvidar. Humillación y un sentimiento de pérdida sin igual, el mismo que sintió cuando supo que su madre estaba muerta, que ya no volvería, que no podría conocerla mejor, o simplemente conocerla. Lo mismo le pasaba con Cat, incluso cuando ésta -gracias a quien fuera- no la había palmado en un accidente o algo parecido. Ella seguía viva, pero Haris sabía que su amistad se había acabado, justo en el momento en el que pobre de él, salió corriendo escaleras abajo, huyendo del apartamento donde la gatuna vivía desde hacía unos meses, y el que visitó en contadas ocasiones para dormir sobre el sofá del salón después de una larga jornada de fiesta en el club de moda por excelencia. Haris permaneció recluido en su casa desde entonces, y justo hasta ese día. Sabía que la muchacha trabajaba en una tienda de ropa, una marca conocida alrededor del mundo. Sabía dónde se encontraba y también sus horarios, después de pedirle a su hermano que los averiguara, solamente por tenerla controlada mientras él estuviera fuera. Porque al fin y al cabo, esa era la misión de Haris.

Lo suyo había sido desde un primer momento el cuidar a Havnik pasara lo que pasase, siempre y cuando su hermano no estuviera en Moscú para protegerla. No fue un favor de colegas, sino uno de hermanos. Haris conocía perfectamente a Christopher . Se habían conocido hacía muchos años en una visita de Haris al país donde el hermano de la muchachita vivía. Un par de copas fueron suficiente para saber que ambos se comprendían como si se conocieran de toda la vida. Ahí empezó la relación de amistad, una relación estrecha que nunca había tenido ningún altibajo. Tal para cual. Se complementaban. Haris se metía en líos y Chris le sacaba de cada uno de ellos sin pedir nada a cambio. Se convirtieron en un par de amigos como ningún otro, hasta que Chris tuvo que seguir su camino como abogado lejos de Haris. Así fue como hicieron ese pacto de cuidar de la hermana pequeña de Christopher. El polaco se lo tomó a pecho, pues era la forma de pagarle por todo lo que había hecho por él durante tantos años. Además, pensaba que Cat sería fácil de manejar a juzgar por la edad que tenía y por esa pinta de ser una niña mimada y frágil. Error. Otro error más que le llevó a la situación en la que se encontraba; dentro de una tienda de H&M esperando a que la chica a la que buscaba apareciera después del descanso que le otorgaba su superior cada día para que pudiera salir y comer algo. A la vista estaba que Haris no podía esperar demasiado. Estaba nervioso, embutido en su traje de oficial del ejército. Tan nervioso estaba que había tenido que quitarse la gorra y abrazar ésta para que no se notase que las manos le temblaban. Gelatina polaca, en eso se había convertido el muchacho que, pacientemente, esperaba a que Cat apareciera por la puerta.

Nunca se sabía lo que podría pasar, y mucho menos tratándose de una persona como Cat, que era totalmente imprevisible, como un gato que parece el más tierno y bueno del mundo, y cuando te acercas a él te saca las uñas y te deja un par de arañazos de regalo. Haris no podía fiarse de ella en el sentido de que nunca sabría por dónde le iba a salir. Sentía que había perdido a una buena amiga y ahora quería recuperarla a toda costa, aunque fuera quedando como un gilipollas delante de toda la tienda, que para colmo empezaba a llenarse de clientas desesperadas por comprarse el último modelito y que se encontraban con un Haris vestido de traje y se echaban a reír, aunque otras le guiñaban un ojo, cosa que le hacía sentirse incluso mejor. Sé que siempre estoy bueno, pero con estas pintas nunca se sabe. El tiempo pasaba demasiado lento. No era normal la lentitud con la que las manecillas del reloj se movían hacia un lado, indicándole a Haris que ya quedaban apenas un par de minutos, según lo que le había dicho el encargado de turno, para que su amiga llegase y se encontrara con un Haris sudoroso por culpa de los nervios, con las piernas temblando y un ramo de rosas sobre el mostrador, en el que, apoyado, esperaba a que ella llegara de ese descanso de media hora para comer algo y poder intercambiar impresiones con sus compañeras antes de volver a doblar braguitas y pantalones demasiado estrechos para alguien con problemas de sobrepeso.― Perdona, ¿sabes si va a tardar mucho más? Me estoy cansando de esperar...― Murmuró el muchacho antes de ver como el encargado señalaba hacia la puesta, justo detrás de él. En cuanto se dio la vuelta supo que la hora había llegado. Las compañeras que habían salido a tomar algo ya estaban de vuelta. A por ella, tigre... A por ella.




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MensajeTema: Re: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Sáb Mayo 12, 2012 2:31 pm



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Haris M. KowalskiDentro de H&M17:23 PM

Tres días. Habían pasado tres días desde la última vez que la albina se encontró cara a cara con el polaco. En su casa. Después de ese intento de cita que terminó en desastre antes de que las manecillas del reloj marcaran las siete de la tarde. Una cita que el joven oficial había echado a perder por culpa de un par de besos fuera de lugar que habían incomodado a la rubia. Un par de besos a cambio de un gato y un cuadro que recibió por mensajería urgente antes de que arrancase el motor del deportivo y desapareciese calle abajo. Desde su encuentro en el interior del viejo apartamento, ninguno había vuelto a saber absolutamente nada del otro. Ni una sola mención en redes sociales, ningún mensaje por whatsapp, ni tampoco llamadas ni recados en el contestador. Ninguno de los dos se había disculpado con el otro por el famoso numerito que había sido la comidilla del edificio durante esos tres días. Habladurías. Cuchicheos y unos cuantos pares de ojos pendientes de la mirilla de la puerta cuando escuchaban el repiqueteo de los pasos de la rubia bajando las escaleras. Enfadados. Ninguno se había atrevido a disculparse con el otro por orgullo. Por no dar su brazo a torcer. ― Pero sólo un par de cervezas. Quiero volver a casa pronto.― Contestó al mismo tiempo que apagaba la colilla del cigarro en el cenicero que compartía junto a un par de compañeros de trabajo.

La rubia no tenía cuerpo para trasnochar esa noche, no porque tuviese que entrar a trabajar temprano a la mañana siguiente, sino por que, muy seguramente, se toparía con un Haris bastante pasado de copas. Bañado en alcohol. Apestando a vodka. No, paso. Como mucho un par de cervezas y con la misma me vuelvo a casa. Nada complicado. Cat no tenía ganas de pasar por chapa y pintura antes de encontrarse junto al amplio grupo de dependientes de H&M que acostumbraban a salir en manada por las noches. En manada para enfrentarse a la noche rusa en compañía de caras conocidas. Cat no tenía ganas de encontrarse con el polaco en ningún local. Al menos esa noche no. ― ¿Qué hora es?― Le preguntó a una de sus compañeras mientras movía la cabeza con suavidad para descontracturarse. Apenas veinte minutos de descanso que se les escapaban entre los dedos con más rapidez de las que les hubiese gustado al pequeño grupito de guays que estaban sentados alrededor de la mesa que siempre ocupaban. A los caballeros de la mesa redonda, los veinte minutos en los que podían escabullirse de la tienda y su joven -aunque exigente- clientela, se les hacía poco; les sabía a poco. Veinte minutos de descanso que sólo les dejaba algo de tiempo para beberse un café para espabilarse y, con suerte, fumarse un par de cigarrillos. Cigarrillos con efecto relajante entre cotilleos antes de volver a cruzar las puertas de cristal que, cada mes, les ayudaba a pagar, religiosamente, el alquiler del piso que habitaban.

Después de pagar y despedirse del camarero que acostumbraba a atenderlos de Lunes a Sábado, el pequeño grupo de rubios oxigenados abandonó la cafetería para subir las escaleras mecánicas y llegar a la segunda planta. No fue hasta que la rubia se reunió junto a sus compañeros frente a la puerta de la entrada, que el joven oficial de nacionalidad polaca se materializó en el interior de la tienda. De pie frente al mostrador donde se habían conocido oficialmente meses atrás. Vestido con el uniforme y, al parecer, acompañado por un ramo de rosas. Extrañada por el reencuentro, la rubia frunció el ceño fruncido, chasqueando la lengua contra el paladar cuando sus compañeras empezaron a sonreír y a murmurar cosas que Cat no logró entender. ― No me lo puedo creer.― Pensó en voz alta, separándose del grupo por primera vez desde que habían salido a fumarse un par de cigarros. Ella que había rechazado el plan de esa noche para evitar tener que toparse con él, y él que aparecía donde menos se lo hubiese esperado. Por segunda vez, el polaco aparecía en la tienda y conseguía que gran parte de la clientela clavaran sus ojos en ellos. La primera vez había conseguido ser el centro de atención por unas bragas y ahora... Rodó los ojos, evitando tener que mirar al encargado a medida que avanzaba hacia ellos. ― ¿Qué estás haciendo aquí?― Le preguntó en cuanto estuvo delante del muchacho. Con las cejas alzadas y los brazos en jarra, la rubia esperaba por una respuesta. ― Empiezo a pensar que te gusta montar el numerito.― La parte en la que se alegraba de verlo entero, prefirió guardársela.








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MensajeTema: Re: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Sáb Mayo 12, 2012 4:04 pm



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Cat S. HavnikDENTRO DE H&M17:24 PM

Siempre había personas con mayor facilidad para mostrar sus sentimientos que otras. Unas personas a las que no les importaba contar cómo se sentían en uno u otro momento, porque no tenían pelos en la lengua y se sentían, quizá, lo suficientemente seguros de sí mismos como para poder transmitir todas esas emociones que chocaban contra ellas. Haris era de los del otro bando, del extremo contrario. No era capaz de abrirse y de mostrar sus sentimientos por miedo a que se rieran de él, simple y sencillo. Había aprendido con el paso del tiempo a callar, y no es que se lo hubieran enseñado como una forma de defenderse de los ataques de los demás, sino que él mismo había tenido que aprenderlo a base de palos por parte de su progenitor. Su padre le llevaba castigando desde pequeño con la insensibilidad. Haris nunca podía llorar, porque era de maricones. Haris nunca podía abrazar a un amigo, porque era de maricones. Haris solamente podía beber cerveza y dar la mano a sus más allegados. No podía sentir pena por nada y tampoco una excesiva alegría, porque eso también era de maricones. El muchacho negó para sus adentros, queriendo olvidar todos los malos ratos que había pasado por culpa de su progenitor, el General. El que siempre tenía mala cara y que lo único que hacía cuando iba a visitarle era beber vodka e insultar a las empleadas que se ocupaban de dejarlo todo como los chorros del oro. Demasiados momentos que sin querer pasaban por su cabeza al ver a la muchacha frente a él, preguntándole qué hacía allí.

Haris no estaba acostumbrado a pedir perdón por nada de lo que hacía, ya que se suponía que lo tenían que hacer los demás. Él se limitaba a tranquilizar a aquel que le pedía disculpas y nada más. Nunca lo había hecho y quizá por eso no tenía ni idea de qué responder a esa cuestión que la chica había formulado. ¿Qué estoy haciendo aquí? El polaco escuchaba los murmullos de los compañeros de trabajo de la gatita de fondo, pero no les hacía caso. Miró incluso hacia la entrada, pensando que a lo mejor no debía estar allí, y que tal vez debía acabar con todo echando a correr de nuevo, pero pronto se deshizo de esa idea. Todo lo que tenía que hacer era respirar hondo y darle el ramo de rosas que tantas veces vio en las películas de amor adolescente. Un ramo de flores para que la chica de los sueños del protagonista le perdonara y se olvidara de que la había cagado como nunca. ¿Funcionaría con él o de lo contrario acabarían las rosas por el suelo? Haris se resistía a ser optimista en esa ocasión. No le bastaba con ser guapo para que le perdonaran. No le bastaba tampoco con un ramo de flores de veinte pavos.― Sólo he venido para pedirte perdón. Yo...― El polaco no encontraba las palabras con las que seguir su discurso, por lo que se encogió de hombros, limitándose así a darle el ramo de rosas. No estaba seguro de lo que decir a continuación, pero de lo que sí estaba seguro era de que quería hablar con la muchacha a solas, sin tener que escuchar los suspiros de sus compañeras de trabajo, que parecían entusiasmadas con las flores, casi como si quisieran ellas también un ramo para cada una acompañado de una tarjetita que dijera lo mucho que sus amantes las querían.― ¿Podemos hablar ahí fuera? Esto me empieza a avergonzar.

El joven vestido de gala no esperó a que la muchacha le diera una respuesta. No quería escuchar nada de lo que tuviera que decir mientras no estuvieran fuera de aquel local al que acudían cientos de personas en todo el día. Un local que había sido testigo mudo de su primer encuentro oficial, y del último también. Ese que estaban viviendo. Tras soltar su mano una vez ambos estuvieron fuera del edificio, Haris se apresuró a hablar antes de que Cat tuviera tiempo a decir nada. Quería disculparse una y mil veces. Ahora que sabía lo que significaba el sentirse solo, no quería volver a experimentar esa sensación nunca más. Necesitaba a su mejor amiga de vuelta, aunque eso significara tener que humillarse un poco más y ser, por momentos, un maricón de esos a los que su padre odiaba.― No quería montar otra vez el número delante de todos.― Comenzó a decir al tiempo que le ponía la gorra a la muchacha, haciéndola parecer por momentos una oficial de primera, tal y como él lo era.― Te he echado de menos.― Susurró, haciendo el amago de sonreír, aunque lo cierto era que no podía. No podía desde que había salido corriendo del apartamento por miedo a quedar como un gilipollas, a que el rumor corriera como la pólvora y acabara siendo el marica por excelencia de todo Moscú. Tras estar recluido en su casa durante esos días pensó en el asunto y lamentablemente se dio cuenta demasiado tarde, de que eso no era lo importante. Lo importante era la muchacha rubia que tenía delante. Aquella que se había dignado a conocerle de verdad, y a la que seguramente decepcionó al largarse. Haris no tenía nada más que decir, pero hizo el intento por seguir hablando, aunque solamente sirviera para calmarse después de tanto rato esperando, sin tener la certeza de si la chica querría hablar con él o no.― Sé que esto es una tontería. No tuve por qué haber hecho nada de lo que hice. Lo siento. Otra vez.




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MensajeTema: Re: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Dom Mayo 13, 2012 11:36 am



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Haris M. KowalskiDentro de H&M17:26 PM

Cat se había convertido, sin querer, en una especie de mono de feria para la tienda donde trabajaba. Cat ofrecía, sin querer -y en momentos puntuales como aquel-, espectáculos dignos de película con una buena taquilla; espectáculos que muchos clientes creían que eran preparados a conciencia, y con bastante antelación, por la directiva de la compañía; pequeños espectáculos que, para muchos, no eran más que una campaña bastante original de marketing. Pequeñas obras de teatro en vivo y en directo que les entretenían durante unos pocos minutos. Pequeñas obras de teatro pensadas para llamar la atención de todo aquel que pasase por delante del colorido escaparate. Pequeñas obras de teatro pensadas para que se engancharan a la historia y entraran a escuchar. Pequeñas obras de teatro pensadas para conseguir que, quienes finalmente entraran en el establecimiento a ver lo que ocurría en el interior de éste, compraran algo durante el tiempo que les durara el embelesamiento por la feliz pareja. Pero aquella supuesta pareja no era ni feliz ni infeliz. Aquella supuesta pareja no era una pareja, sino que un par de amigos que no tenían ni la menor idea sobre actuación; que no habían ensayado nada de lo que acababa de ocurrir frente al mostrador donde Cat solía trabajar.

De verdad. Real. Sin el trabajo de ningún guionista mediocre que, desde la sala con los monitores dónde se podía cotillear -desde las sombras- lo que grababan las cámaras de seguridad esparcidas por el local, miraba la actuación estelar del polaco con atención; que miraba la reacción de esa rubia que, cuando no era la protagonista de ningún espectáculo en vivo, doblaba prendas de ropa que otros dejaban tiradas a su suerte. El polaco, ataviado con el uniforme del ejército. Bien planchado. Impecable. Aquello no era ninguna obra de teatro con la que hacer aumentar la caja del día y, por consiguiente, con la que inflar, un poco, el sueldo de todos los trabajadores a final es mes. Aquello, lamentablemente, era real. Fruto de un malentendido que los había distanciado durante tres días. Un malentendido que había conseguido algo que Cat no creía posible: quitarse de encima al polaco durante más de un par de horas. Separarlos. Despegados. Cada uno por su lado. Como una pareja recién divorciada. Algo a lo que Cat no estaba acostumbrada; ni acostumbrada a pasar más de siete u ocho horas sin saber de Kowalski, ni mucho menos a que éste último se tomara tantas molestias con el único objetivo de pedirle perdón. Ni más ni menos. ― Haris...―Susurró para, enseguida, guardar silencio. Antes de tener tiempo a decir nada más, el ramo de rosas que había sobre el mostrador, acabó entre las manos de una rubia visiblemente sorprendida.

Nada de lo sucedido se le había pasado por la cabeza durante los veinte minutos de trayecto en metro; ni tampoco durante las horas que pasó en vela dando vueltas en la cama, incapaz de quedarse dormida. Horas de sueño perdidas. Tal vez por el remordimiento. Tal vez por no haberse atrevido a descolgar el teléfono para llamar al polaco. Nada de lo sucedido se le había pasado por la cabeza. Cat no se había esperado encontrarse con un Haris completamente sobrio y, al parecer, triste, después de haberse echado un par de cigarros en la cafetería de la planta baja. Cat no se había esperado escuchar ninguna disculpa, ni mucho menos recibir ese regalo delante de todo el mundo. Encogiéndose de hombros y, en silencio, la rubia de nacionalidad búlgara se dejó arrastrar cuando Haris tiró de ella para salir del establecimiento en busca de algo más de privacidad. Lejos de los pantalones vaqueros, de las camisetas básicas y la última colección especial para poder hablar. ― Yo también lo siento, Haris. De verdad.― La rubia lo sentía por haber lanzado el cuadro por la ventana. Por haberle pegado con una revista. ― Y también te he echado de menos. Pero sólo un poco. Muy, muy poco.―Mintió, procurando mantenerse seria. Procurando no sonreír, no pestañear para no delatarse a si misma tan pronto. ― Así que no vayas a ir diciéndolo por ahí.― Dijo antes de que sus labios se curvaran en una sonrisa. Una sonrisa sincera. La primera desde que lo había visto desde la puerta. ― Gracias por las rosas.― Al menos en esa ocasión, para su alivio, no habrían prendas de lencería. Sólo flores.








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MensajeTema: Re: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Dom Mayo 13, 2012 4:06 pm



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Cat S. HavnikEn algún bar17:28 PM

A pesar del poco optimismo del que gozaba Haris aquella tarde, todo había salido mucho mejor de lo previsto. Ni le habían echado de la tienda a la que acudió con ganas de pedirle disculpas a su mejor amiga, ni ésta última le había hecho pasar un mal momento dentro de las paredes de H&M, las mismas que dejaron fuera de un momento a otro para poder aclarar las cosas y de paso hablar tranquilamente sin tener que estar pendiente de los clientes que aparecían de la nada para ir a comprar una prenda de ropa que les sintiera genial. Haris no era muy asiduo a las tiendas, ni a ir de compras. Cuanto más lejos estuviera de los centros comerciales mucho mejor. Se ponía nervioso. Se agobiaba sin motivo cuando entraba en una tienda y empezaba a pasear entre las perchas con la ropa. Sentía que le faltaba el aire. Un extraño agobio que le venía persiguiendo desde que, siendo apenas un crío, se había desmayado dentro de una de las tiendas más conocidas internacionalmente, por culpa de un golpe de calor. No tenía agua y su destino fue el suelo. Le encontraron después de un par de minutos tirado en el suelo, y esa fue la última vez que pisó por sí solo una tienda. Prefería hacerlo en compañía de alguien, o mejor aún, que otra persona le comprara la ropa por él. Total. Se fiaba del sentido de cualquiera para la moda, puesto que sabía que sería mucho mejor que el suyo. Haris salió de sus propias ensoñaciones y miró a la muchacha a los ojos. Ella también le había echado de menos a él, contra todo pronóstico. En vez de darle una patada en los huevos estaba allí con el polaco, diciéndole cosas buenas, y no insultándole por haber salido corriendo como un marica.― Hagamos un trato. Tú no dices nada de las rosas, y yo no digo por ahí que me has echado de menos.― Murmuró Haris en tono burlón, y para dejarle claro a la chica que volvían a ser amigos, no tardó en darle un beso en la frente.

Todo parecía que con el paso de los minutos volvía a la normalidad. Ya no había gritos, ni cuadros valorados en más de diez mil pavos que salían volando por la ventana, ni nada semejante. Simplemente era un reencuentro de lo más normal en el que se veía a leguas que Haris lo estaba pasando mal. Se estaba humillando por una muchacha, algo que su padre jamás perdonaría de enterarse. El más joven de los Kowalski torció el gesto, indicándole con un gesto a la muchacha que esperara un momento. Tras girarse, comprobó con cierto alivio que no había nadie siguiéndole los pasos. Ningún hombre vestido igual que el polaco. Ningún hombre que protegiera su vida si a alguien se le ocurriera atentar contra esta. Haris suspiró, a sabiendas de que su padre por una vez en la vida le había hecho caso cuando el muchacho le dijo en su momento que en Moscú nadie conocía de la importancia de Haris a nivel social, y que no tendría que llevar un par de guardaespaldas que le cubrieran si algo malo ocurría. Durante las dos primeras semanas de la estancia de Haris en Moscú había tenido que aguantarles, pero su padre desistió. Confiaba en la palabra de su hijo, pero el polaco, tras la vuelta de su padre para visitarle y ver como le iba todo en la gran ciudad rusa, ya no estaba tan seguro de si su padre confiaba o no en él.― Pensaba que me seguían, pero no.― Comentó con toda la normalidad del mundo. Haris no quería deshacerse tan rápidamente de la compañía de la chica de nacionalidad búlgara. ¿Era búlgara no? Sí, de por ahí.― Te invito a tomar una copa. Seguro que alguna de tus compañeras puede cubrir tu puesto diez minutos.― Otra mentira más que el polaco se cargaba a la espalda. No pensaba estar solamente diez minutos fuera de la tienda con Cat.

Ni diez minutos, ni media hora, ni una hora. Pretendía llevársela lejos durante todo lo que le quedaba de jornada, trabajando en ese H&M de mala muerte que estaba atestado de maricas y tias rubias y demasiado gilipollas para poder vivir. La única excepción era la chica a la que tenía delante. Sonrió con sinceridad, tal y como ella lo había hecho y no dudó en andar hacia el bar más cercano, eso sí, agarrándola de la mano para que no le diera tiempo a darse la vuelta y huir de Haris, en un intento por hacerle saber que no quería nada con él. El polaco no se resignaba a estar en esa patética zona de amigos toda la vida. Sabía que algún día, más tarde o más temprano, la muchacha rubia volvería a su cama, volvería a enrollarse entre sus sábanas como un gatito revoltoso que buscaba algún tipo de juego con el que poder entretenerse, solo que cuando eso ocurriera, el único juego al que ambos tendrían la oportunidad de participar sería sexo. Sexo seguro. Con preservativo. Pero sexo al fin y al cabo. Una noche, quizá dos. Haris necesitaría recuperar el tiempo perdido y la gatita tenía que olvidarse de todos sus antiguos novios, que no le habían servido para nada más que para ser etiquetados como una mala experiencia que Cat no quería volver a repetir.― Pensaba que ibas a mandarme a la mierda en cuanto me vieras, pero has hecho todo lo contrario.― Comentó con alegría el muchacho mientras caminaba rumbo al bar, que ya estaba a apenas un par de metros de distancia. Cuanto antes lleguemos, mejor. Que el uniforme este hace que me piquen hasta los huevos. Si algo sacaba en claro Haris de todo aquello era que nunca volvería a pedirle perdón a nadie con el uniforme del ejército puesto. Podría haber ido con una sudadera y pantalones vaqueros, pero no. Siempre tendía a complicarse la vida. Si es que soy gilipollas. Peor que un negrata, tío.




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MensajeTema: Re: Big egos are big shields for lots of empty space | Privado. Dom Mayo 13, 2012 6:05 pm



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Haris M. KowalskiDentro de H&M17:33 PM

Un giro inesperado para la salud mental de la búlgara. Pero, al parecer, también para del Señor Oficial. Un cambio repentino de tuercas que, sin embargo, era más que necesario. Esas ganas de estrangular al polaco con las manos, las ganas que habían invadido a la rubia y la habían mantenido en vilo durante las dos últimas noches, parecía haberse disipado como el humo del cigarrillo que se había fumado apenas unos cuantos minutos atrás. Cuando se encontró al muchacho, vestido de traje, en el interior del establecimiento de moda donde trabajaba cinco días a la semana. Cuando lo vió girarse para encontrarse con los ojos azules de Cat. Evaporado como el humo de los miles de cientos de cigarrillos que contaminaban la capital rusa. ― ¡Pero si lo de las rosas ha sido bonito!― Protestó entre resoplidos, rodando los ojos antes de colocarse el sombrero que el polaco le había puesto. El suyo. El del uniforme. El que, en alguna que otra ocasión, se había empeñado en ponerse para participar, como invitado, en una de las famosas twitcams de Cat. El mismo con el que la rubia lo había fotografiado tiempo atrás para tener una foto que añadir como foto de perfil en la agenda del teléfono de Cat. Una foto graciosa que la albina, sin embargo, tenía terminantemente prohibido subir a ninguna parte.

Secreto de estado. ― Además, es la primera vez que un tío me regala un ramos de rosas, ¿sabes?― El ramo con dieciocho rosas de color rojo que su padre le había regalado cuando cumplió la mayoría de edad, no contaban en tan peculiar contador. ― Ank lo único que me regaló fueron un par de hojas de marihuana. Y se la comieron los gatos en cuanto salimos por la puerta al día siguiente.― Le dijo, no pudiendo evitar echarse a reír al recordarlo. Un regalo, como mínimo, original y poco convencional al que Cat no había podido ni darle el uso que se hubiese esperado. Un regalo del que disfrutaron los tres gatos que esperaban por la rubia en el apartamento que ésta había alquilado. El mismo apartamento donde el par de amigos habían discutido tres días atrás y dónde el rapado había aparecido después de mucho tiempo. No para llevarse lo poco que quedaba de él entre aquellas paredes, sino que para verla a ella. ― Pero eso ya da igual.― Dijo antes de volver a sonreír, acercando la cara al ramo de rosas para enterrar la nariz entre éstas y embriagarse con el dulce aroma que desprendían. ― ¿Qué fue?― Preguntó extrañada, frunciendo el ceño al ver como el polaco se giraba para mirar qué sucedía a su espalda. ¿Esperaba encontrarse con alguien en especial? ¿Esperaba que otro círculo de adolescentes se arremolinara alrededor de ellos para seguir el hilo de la improvisada telenovela? Suposiciones de la rubia que nada tenían que ver con la respuesta que había recibido. ¿Siguiéndote? ¿Quién? ― Si con eso pretendes hacerte el interesante conmigo... A lo mejor te funciona con muchas, pero conmigo no. ―Bromeó a sabiendas de que podría ser verdad.

Por su padre. Por el General; ese hombre del que tanto había oído hablar, pero al que Cat no había conocido; del que ni siquiera había visto una foto durante las cortas visitas de la búlgara al piso de Kowalski. Un hombre serio y demasiado estricto que controlaba a su hijo más de lo que Hristo había hecho nunca con Cat. Un hombre que no tenía ni idea del tipo de relación que su hijo mantenía con la gatita. Un hombre que no tenía ni idea de que, en ese mismo momento, su hijo estaba poniendo en juego el puesto de trabajo de la rubia al arrastrarla, casi sin dejarla hablar primero, hacia la planta baja del centro comercial. Sin pedir permiso al superior de Cat y sin dejar que ésta protestara para rechazar su oferta. ― ¿Tú has visto la hora que es?― Le preguntó con el semblante serio, cruzándose de brazos en cuanto el polaco la hubo soltado. Enfurruñada como una niña de cinco años, rodó los ojos en un par de ocasiones. ― No puedo irme así como así. ¡Acaba de terminar mi descanso! Solo tengo veinte minutos. Veinte, Haris.― Y, sin embargo, no tenía intenciones de dar marcha atrás y hacer el camino de vuelta hacia la tienda aprovechando que el Oficial iba dos o tres pasos por delante. ¿Qué podría pasarle si la rubia decidía escaquearse durante esos diez minutos que, supuestamente, iban a tardar en tomarse algo? Cat se contestó encogiendo los hombros. La rubia no sabía la respuesta, pero esperaba que nada demasiado drástico. ― Diez minutos. Y nada de alcohol.― Recalcó esto último, con énfasis, antes de suspirar en señal de derrota. Cat se había rendido.








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