Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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¡Marchando un Whisky doble y un tortazo! ― Mikk.

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MensajeTema: ¡Marchando un Whisky doble y un tortazo! ― Mikk. Miér Mayo 09, 2012 6:47 pm



¡MARCHANDO UN WHISKY DOBLE Y UN TORTAZO!




Con Mikk ๑ Viernes, 04.40 am ๑ Soho Rooms ๑ Frescor

Hacía ya más de media hora que el reloj había alcanzado el punto culmen del día. Las doce de la noche habían pasado de largo, pero quien al parecer no pasaba era Barry. Barry era un norteamericano afincado en Moscú desde hacía cinco años, o más bien, afincado a aquella barra de bar. Los recuerdos que asaltaban su mente si pensaba en aquel tío de aspecto destartalado eran los de un Barry borracho, usando trucos baratos para intentar tirársela y hasta incluso diciendo ñoñerías, completamente borracho. Sin embargo pagaba todo lo que bebía y le dejaba buenas propinas, así que a cambio de ellas, escuchaba durante todas las noches sus piropos y ponía buena cara. Sus manos, ágiles, deslizaron el vaso de tuvo que tenía entre ellas bajo el chorro de agua fría del grifo para enjuagarlo y después incluírlo dentro de aquel grupo que empezaba a acumularse y que exigía una limpieza. Había avisado ya hacía diez minutos a una de sus compañeras, Lilîan, quien iba de un lado a otro de la barra sin saber muy bien qué hacer. Era nueva, su segunda noche, y nada más entrar por la puerta Nadia certificó que le costaría adaptarse por lo menos un mes. Y así estaba siendo. Los vasos seguían allí apilados, sucios. Y ella seguía moviéndose de lado a lado, cogiendo pedidos y no sirviendo ninguno. Nadia resopló y dispersó un poco su atención de Barry, quien ahora le contaba cómo la otra noche un tío le robó la cajetilla de cigarrillos que tenía en el bolsillo de su pantalón tras salir del bar. ― ¿Me estás escuchando? ― Le preguntó, algo molesto. Y la única reacción que produjo Nadia fue hacer un limpio y suave movimiento con la cabeza, asintiendo a la pregunta que le había formulado. Conforme con la respuesta ―o al menos, eso le pareció a la joven rusa― siguió inyectando en sus oídos alguna que otra historia más, hasta que Nadia perdió completamente la conexión con las palabras de aquel Barry ya borracho cuando Lilîan le tiró por encima una copa de Ginebra a un cliente.

Nadia, como siempre, reaccionó rápido. Apartó a Lilîan de la barra y le indicó aquello que tendría que haber hecho ya un buen rato: llevarse los vasos a la cocina y ponerlos junto con los demás en el lavavajillas industrial con el que contaban. La joven de cabellos claros desapareció y ella apaciguó los ánimos con el cliente sirviéndole una copa e invitándole. Así era como terminaban siendo las cosas, pero lo que tenía claro es que aquella copa sería descontado del sueldo de Lilîan, no del de ella. Hacía tiempo que ya no era venebolente en aquellos aspectos, y cuando se hablaba de su sueldo, que no se lo quitaran: porque se lo había ganado con cada gota de sudor en su frente.

De nuevo volvió a su lugar en la barra, pues la extensión de la misma estaba dividida en cuatro zonas, cada una correspondiendo a las cuatro camareras ―contándola a ella― que atendían la barra. Dos más atendían los privados con los que contaba el local, aptos para clientes un poco más exclusivos. A Nadia no le desagradaba trabajar allí. Por lo general, las noches contaban con un buen ambiente tan solo perturbado por incidentes aislados que conseguían ser aplacados, en muchos de los casos, por las propias camareras o incluso por el dueño del local. Desde que trabajaba allí tan solo había tenido que intervenir la policía una vez, cuando un cliente, visiblemente borracho e ido de la olla, sacó una navaja e intentó clavársela en el cuerpo a otro cliente con el que había empezado una pelea. Las horas pasaron, sirviendo copas y atendiendo las exigencias de algunos clientes un tanto más sibaritas que los que llegaban al principio de la noche. Los de siempre. Cerca de las dos de la madrugada y con el aburrimiento azotándola de lleno, se le ocurrió efectuar la misma jugada que había logrado hacer la noche que conoció a Mikk. Una por una, las tías fueron acercándose a la barra y una por una recibían como regalo una copa gratis por cada tortazo que le pegasen a un tío al ser rechazado. Su víctima había acabado siendo un pijillo de barrio, algo chulo y prepotente, pero que se fue de allí al rato sin armar ningún escándalo. Su apariencia no le recordaba para nada al joven rapado, pero la situación le había devuelto a aquella noche, ya unos cuantos años atrás.

Dos horas más tarde el local se cerraba y tocaba recoger, limpiar y hacer la caja, tarea que tan solo duró una media hora más, pues todas las camareras se repartían el trabajo y conseguían efectuarlo en la mitad de tiempo. Eran las cuatro y media de la madrugada para entonces. Nadia cogió su chaqueta y se dispuso a adentrarse en las frías calles de Moscú. Las lloviznas habían estado azotando a la ciudad durante toda la semana pasada, pero durante los dos últimos días el fulgor del sol había reinado en el cielo; lo que no quitaba que a aquellas horas el frío te calara hasta los huesos. Sus pasos alternos susurraban pequeños tamborileos al cruzar las calles por las que caminaba. Torció a la derecha y pasó por debajo de un pequeño puente que unía dos de los edificios. Caminando tenía hasta su casa unos veinte minutos, apenas un pequeño paseo para refrescarse antes de llegar a su casa, aclarar sus ideas y después caer rendida sobre su cama. Pero no caminó ni siquiera cinco metros más cuando un cuerpo, grande y hoscó, la derribó y la empujó, haciendo que perdiera el equilibrio y finalmente aterrizara en el suelo. ¿Qué cojones había sido eso? Y antes si quiera de responderse, la figura masculina le agarró por los brazos, la levantó y la empotró contra una de las paredes de aquel pasadizo. ― ¡Suéltame! ― Nadia gritó. Soho Rooms se encontraba en la calle perpendicular a la que estaba, y estaba segura de que si gritaba y alguna de sus compañeras salía a la calle la escucharían. Pataleó e intentó alzar su rostro, pero tenía el cuerpo de aquel hombre demasiado encima suyo. Tras varios intentos y un intenso forcejeo consiguió alejarse unos pequeños centímetros, los justos para alzar el mentón y clavar sus dos írises en los de aquel hombre. Barry. ¡Maldita sea! ― ¡¿Qué coño haces, Barry?! ¡Suéltame! ― Seguía forcejeando e intentando soltarse de su agarre, pero no lo conseguía. Aquel tipo tenía alrededor de treinta y cinco años y pesaba por lo menos cincuenta kilos más que ella. ¿A dónde pretendía llegar con aquello? ¿Qué quería hacerle? Toda clase de respuestas pasaron por su mente pero la mayoría de ellas se negó a seguirlas proyectando. Sacudió la cabeza y un gruñido salido directamente desde lo más profundo de su ser cruzó el aire al notar como Barry introducía una de sus manos bajo sus ropas, tocando la piel de su abdomen y proyectando en sus sentidos una sensación de frío amargo. Y socorro fue lo último que gritó, antes de que los duros labios de aquel borrachi impactaran con fuerza sobre los suyos.


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MensajeTema: Re: ¡Marchando un Whisky doble y un tortazo! ― Mikk. Miér Mayo 09, 2012 8:51 pm


madrugada del viernes ∞ fresco ∞ afueras de soho rooms ∞ nadia


¡Marchando un Whisky doble y un tortazo!

Esa noche, recibió un mensaje de su amigo Okkie, pidiéndole de salir. Okkie era un muchacho dos años menor que él y tenía a Mikkël en un pedestal. Algo introvertido mas alguien que divertía a quien sea que estaba cerca de él, una combinación algo extraña que estaba adornada con un tinte de inseguridad que cuando estaba con Mik desaparecía. Y era por eso mismo que a veces hasta casi le rogaba para que lo acompañara a una disco. Casi siempre Mik le decía que no jodiera más y salga solo, pero esa noche decidió acompañarlo, de todas formas lo acompañaría solo un rato y luego, cuando dejara a Okkie con una linda mujer, se iría y tendría la noche terminada. Al no tener dinero para tirar al aire, en lugar de tomarse un taxi, caminó hasta la casa de Okkie y lo pasó a buscar para comenzar su camino hasta la disco Soho Rooms. En aquel lugar trabajaba Nadia, una muy buena amiga a la que conoció de la manera más particular posible. Con ella jugandole una horrible broma que había arruinado su noche dos años atrás. Claro que Mik había cobrado su venganza y tras aquella jugarreta de niños se convirtieron en grandes amigos que se dedicaban a jugarle ese mismo tipo de bromas a otras personas, los que ellos solían llamar sus víctimas.

Cuando llegó a la puerta de su amigo, lo vio salir con una remera con cuello en V y unos pantalones ajustados que parecía que se iba a quedar sin descendientes. Sin poder aguantar una carcajada, le indicó a su amigo que se cambiara urgentemente la prenda y saliera con algo de su propio tamaño. Cuando finalmente, a la segunda salida de Okkie, ya estaba bien vestido, comenzaron su camino hacia la discoteca. Al llegar, como siempre, los dos imponentes porteros los hicieron esperar como quince minutos en la puerta, haciendo fila para poder entrar. Tiempo suficiente para que Mik se fumara dos cigarrillos y consiguiera tres números telefónicos de tres mujeres. Claro que Mik no tenía ganas de ligar aquella noche, así que le pasó los números a Okkie para que se los anotara en su propio celular y sea él quien se llevara a alguna de esas lindas mujeres a la cama.

Tras otros diez minutos lograron entrar a la tan codiciada discoteca. Era casi imposible hacerse paso entre tanta gente bailando desenfrenadamente y alguna que otra pareja besándose a lo loco como si su vida dependiera de la boca del otro. El ritmo de la música era electrónico, las luces parpadeaban en distintos colores y luces danzantes de láser le daban un efecto más técno que hacía muy popular al lugar. Aunque claro, era todo gracias al DJ que sabía animar a la gente y pasaba excelente música. Se dirigió a la barra para saludar a Nadia, mas pudo ver que estaba en la otra punta de donde estaba parado Mik y notó que estaba más atareada que nunca, yendo de un lado al otro y como si fuera poco, se atrevería a decir que estaba regañando a una rubia que no había visto antes en la barra. Posiblemente una chica nueva. Le pidió dos tragos Destornillador al barman que era el que menos atención recibía dado que a todos los hombres le pedían tragos a las chicas y las mujeres no se acercaban a comprar. Para eso tenían a los hombres. Tras recibir y pagar los tragos, se dirigió a donde había dejado a Okkie y le dio un sorbo largo a su vaso. — Esta noche es tuya, amigo. — le festejó a su pequeño compañero de juerga.

La música entraba en su cabeza y lo desconectaba de todo lo que había a su alrededor. Era él y el ritmo de la música que lo hacía saltar cada tanto, agitar sus brazos en el aire y mover la cabeza en todas direcciones con los ojos cerrados. Disfrutando. No bailaba solo, claro que no. Dos morenas italianas se habían acercado a él, bailando sensualmente sobre su cuerpo. Mik estaba disfrutándo el momento, por lo que perdió de vista a su amigo y sin preocuparse demasiado, siguió bailando con las dos sensuales italianas, a las que no les entendía ni pi de lo que decían. Se hicieron las cuatro de la madrugada y la música se había vuelto más lenta y las luces habían disminuido. La disco estaba anunciando su hora de cierre. Al dirigirse a la puerta de salida recordó que quizá podría buscar a Nadia y conversar un poco con ella, mas al pasar por la barra no la vio allí. Supuso que se había ido ya. Le envió un mensaje a Okkie diciéndole que él se estaba yendo y deseándole suerte con quien sea que estuviera en ese momento.

Cuatro cuadras había caminado ya en dirección a su casa, cuando oyó unos gritos que provenían de dos cuadras para adentro. Unos gritos que parecían ser de una voz conocida. Escalofriantemente conocida. Salió corriendo a toda velocidad hacia donde podía escuchar la voz. La tarea se le dificultó notablemente cuando los gritos dejaron de oírse, mas logró continuar su camino gracias a los poco audibles forcejeos. Y fue cuando dobló la esquina que pudo ver dos figuras pegadas contra la pared, una usaba falda y la otra pantalones. Sin dudarlo ni un segundo corrió hasta quedar detrás del hombre y tomándolo por el saco lo empujó hacia atrás, despegándolo de la mujer que tenía acorralada. Cuando vio la cara aterrorizada de Nadia, la furia invadió su cuerpo y empujó el cuerpo masculino al piso y se tiró encima. Los puños caían sobre la nariz del desgraciado como bolas de boliche. Mik estaba tan fuera de sí que no se fijó en que sus manos comenzaban a mancharse con sangre. Suya y la del tipo que tenía debajo suyo.

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MensajeTema: Re: ¡Marchando un Whisky doble y un tortazo! ― Mikk. Lun Mayo 14, 2012 7:00 pm



¡MARCHANDO UN WHISKY DOBLE Y UN TORTAZO!




Con Mikk ๑ Viernes, 04.40 am ๑ Soho Rooms ๑ Frescor

Paralizada. Seca. Petrificada.

En cuanto su cuerpo se vio liberado del peso propio de aquel tirarrón de metro ochenta y cinco, supo que no había sido por amor al arte. Algo, o más bien alguien, había hecho que se apartase de su acometido y no había sido ella, pese al incesante forcejeo que había mantenido durante aquellos agónicos minutos. La estela de sus pensamientos llevó a Nadia a pensar que allí no solo estaba ella, sino que una tercera persona había acudido al lugar y al parecer la estaba ayudando. Abrió los ojos por fin, los cuales había mantenido cerrados por miedo, por pavor. Y no pudo sino abrirlos aún más cual orbes infinitas al descubrir que era Mikk quien había tirado de Barry y ahora estaba sobre él aporreando su nariz. Para cuando Nadia pudo reaccionar, la sangre ya manchaba el puño de Mikk, gran parte del rostro del borracho de Barry, y apostaba que también parte de sus ropas. Las palabras no salían de su garganta, así que a riesgo de recibir incluso ella por el impulso que el joven ejercía en cada puñetazo, se acercó a Mikk y tiró de él, de su camisa, queriéndole avisar de que aquello no iba a terminar bien. Que ya bastaba. Que eres suficiente. Sin embargo el chico rapado no parecía conforme con el trabajo realizado y seguía atizando a un Barry ya inconsciente. ― ¡Mikk, para! ― Y volvió a tirar de él. ― ¡Mikk, Mikk! ¡Vas a matarlo! ― El muchacho no parecía escucharla, así que con el impulso que pudo coger finalmente tiró de él, derribándolo hacia atrás y haciendo que empotrase sus manos tras su espalda y contra el suelo, para no caerse de bruces y perder totalmente el equilibrio. El asfalto se manchó con la sangre que vertían sus nudillos, parte suya y parte de Barry. Miró el retazo de lo ocurrido: el cuerpo de Barry tirado sobre el asfalto de aquella calle oscura, con la nariz posiblemente rota y sangrante; y en ese momento no pudo contener el que algunas lágrimas dispersas se le escurrieran de sus ojos. No por pena, sino por... báh, ni siquiera sabía por qué, pero no era por pena.

Miró a Mikk, que aún seguía tendido contra el suelo, también mirando la escena a escasos centímetros del cuerpo del borracho. ― Hay que... hay que... hay que llamar a la policía, a la ambulancia. ― Uno de sus brazos cogió el bolso que aún llevaba colgado sobre el hombro y que no sabía cómo había permanecido allí durante todo esr tiempo, mientras que con el otro rebuscó dentro de él y cogió el móvil. Con las manos temblorosas desbloqueó el aparato y comenzó a pulsar el teléfono de emergencias. E iba a hacerlo, iba a llamar, pero antes... ― Tenemos que irnos. En cuanto llame, nos iremos. ― Dijo, y una mirada hacia Mikk fue suficiente como para que el chico captase el mensaje. Si los pillaban allí tendrían que declarar, y aunque en cierto modo ambos llevaban las de ganar, a Mikk le podrían acusar por lesiones. Y como mínimo, la sanción sería económica, y todos sabían que ni él ni ella nadaban en la suficiente abundancia como para poder desperdiciar su dinero de aquella manera. Condujo de nuevo su vista hacia el teléfono. Pulsó la tecla de llamada y esperó unos segundos, hasta que la voz de una mujer retumbó al otro lado de la línea. ― Hola... hay... hay un chico, un chico tirado en la calle. Sangra mucho, parece que le han pegado una paliza. ― La voz de Nadia cesó durante algunos segundos, en los que la intercomunicadora le hablaba. ― Sí, sí. La calle es Nikólskaya, al lado de la Plaza Lubiánskaya. ― Y de nuevo, la espera. ― De acuerdo, muchas gracias. ― Colgó.

Introdujo de nuevo el teléfono móvil dentro del bolso y, tras dedicarle una última mirada al cuerpo de Barry tendido sobre el suelo de aquella calle, ayudó a Mikk a levantarse del suelo ―quien permanecía aún allí― y ambos atravesaron la Plaza Lubiánskaya, para introducirse poco después en las enmarañadas calles de Moscú.


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MensajeTema: Re: ¡Marchando un Whisky doble y un tortazo! ― Mikk. Jue Mayo 17, 2012 10:31 pm


madrugada del viernes ∞ fresco ∞ afueras de soho rooms ∞ nadia


¡Marchando un Whisky doble y un tortazo!

Estaba cegado. Lo único que podía ver era negro. Estaba furioso, dispuesto a seguir pegándole a aquel degenerado en la cara. Rápidamente ese color negro se fue convirtiendo en un rojo brillante de la sangre que brotaba de la nariz y boca de aquel hijo de puta. No le importaba si se rompía todos los nudillos. No le importaba si se manchaba con sangre. No le importaba si el tipo se moría ahí bajo sus puños. Mejor, mejor para él. Limpiaría al mundo de un cerdo degenerado como aquel. Mas una fuerza detrás de él lo hizo detener, jalándolo hacia atrás y a la vez, jalándolo de vuelta a la realidad. No estaba solo con ese hombre de al menos diez kilos más que él. No. Estaba también con Nadia y era ella misma quien tiraba de él con fuerza, intentando detenerlo. Finalmente, se liberó de aquella sensación de necesitar destruir su cara. Aún estaba fúrico, sí. Pero al ver la imagen que él mismo había creado, la saliva desapareció de su boca y la respiración parecía no querer funcionar adecuadamente. No solo sangre cubría la cara del hombre, si no que también cubría parte de la acera, sus propios nudillos y juraba que aquella piedrita blanca junto a su cara era un diente. Mierda.

Retrocedió su cuerpo, alejándose del cuerpo ahora inerte del tipo. Levantó la mirada y la dirigió a Nadia. Habían lágrimas en sus ojos y Mik no tenía idea si era porque el tipo ese la había lastimado o por si era un amigo de ella. No sabía, no entendía nada. Iba a llamar a la policía o a una ambulancia. De haber sido por él, se la hubiera llevado de allí sin importar si el tipo se quedaba ahí tirado sin ayuda. Mas Nadëzhda era una buena chica, no importaba si alguien le hubiera intentado violar. Si la persona estaba en peligro, ella ayudaría. La vio coger el móvil y llamar a alguien. Posiblemente una ambulancia. Mik estaba demasiado atontado como para decirle algo. Seguía un poco en shock por el ataque de furia que se había presentado en su cuerpo. No recordaba la última vez que había estado así de furioso. De hecho, cree que nunca había llegado a partirle la cara a una persona como había hecho en ese momento. Mientras Nadia hablaba por telefono, Mik intentó limpiarse las manos en su remera, llenándola aún más de sangre.

Finalmente, cuando se paró con ayuda de Nadia, pudo abrir la boca.
— Dime que estás bien. — le pidió con cara de preocupación. — Si te tocó, juro que me importa una mierda que me lleve la policía. A este hijo de puta lo mato. — dijo mientras le lanzaba una última mirada al cuerpo sangriento, tendido en el piso con una posición que denotaba que había intentado cubrirse la cara con sus brazos. Cruzaron la calle, perdiéndose entre los árboles de la plaza para finalmente aparecer del otro lado, completamente alejados ya de la escena. No sabía que decirle. Sabía que en algún punto Nadia estaría enojado con él. Jugársela de héroe no era algo que Mikkël solía hacer y hacerlo de aquella manera, casi moliendo a golpes a un tipo no era algo que Nadia compartiría. Sentía hasta vergüenza de mirarla a los ojos. Nunca en su vida había estado tan perdido, desenfrenado. Había sido otra persona. — Lo siento. — volvió a abrir la boca, mas esta vez fue para disculparse. Qué más daba. No sentía el hecho de haberse lastimado los nudillos con la nariz del hombre, sentía haberla hecho pasar por esa situación, la de verlo completamente fuera de sí. Se llevó una de sus manos a la cabeza y se la frotó contra su pelo rapado. Estaba nervioso.

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