Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi

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MensajeTema: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Miér Mayo 09, 2012 9:57 am



MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO - 10:30 AM - CLIMA TEMPLADO - krisztiăn r. szilágyi

Me coloqué las gafas de sol sobre los ojos y salí a la calle. Hacia algo de brisa primaveral, lo que suponía que en el sol hacia calor y en la sombra hacía frío. Me había puesto una camiseta de tirantes negra y encima una chaqueta tejana muy fina, por dónde esa leve brisa nombrada antes se colaba. Me estremecí y corrí a pasarme a la acera dónde daba el sol de lleno. Tuve que entrecerrar los ojos, aún yendo con gafas oscuras. El problema de que los rayos del sol me molestaran tanto radicaba en lo claro de mis ojos y en mi migraña. Desde pequeña había sufrido pequeños ataques, en los que en cortos períodos de tiempo me dolía la cabeza horrores y la vista se me empezaba a nublar poco a poco hasta que, finalmente, y si no me tomaba las pastillas que hacía un año me había recitado mi médico de cabecera, me quedaba sin poder ver nada. Como si estuviera ciega, pero viendo continuamente una luz blanca horrible. Con los años, y con miles de visitas a distintos médicos y miles de pruebas, concluyeron que se trataba de una especie de migraña con aura. Algo bastante común en los adolescentes, pues al parecer dos de cada diez la padecían. De todas formas, lo mío no duró solo en la adolescencia, sino que fue creciendo y aún en ese momento, con veinte años, cuando me exponía a altas temperaturas, a grandes esfuerzos físicos o a una luz muy fuerte, la migraña aparecía magicomísticamente.

Pero no tenía ganas de recordar lo mal que se pasaba al no poder ver nada a tu alrededor y perder el sentido del equilibrio, así que en vez de arriesgarme y tener que tomarme una pastilla, corrí todo lo que pude en dirección al Museo de Arte Contemporáneo. ¿Podéis creeros que en los tres años que llevaba en Rusia viviendo con Suzanne, mi madre, no lo había pisado aún? Y eso que mi pasión era dibujar. Podía pasarme horas dibujando cualquier cosa… se me pasaban las horas volando. Pensé en mis nuevos compañeros de piso, hablando de cómo les había ido el día mientras yo llevaba mis casquitos enchufados y mi lápiz en la mano. Sí, solía dibujarlos a veces, cuando no se daban cuenta. En realidad, mi libro de bocetos estaba lleno de gente desconocida.

¡Oh, cierto, mis casquitos!

Cómo si se me fuera a caer el cielo encima de golpe, fuera a aparecer Lucifer y fuera a castigarme por no sacar mi iPod, rebusqué en mi bolso y finalmente lo saqué. Me coloqué los casquitos a todo volumen y sonreí ladina al escuchar la melodía de “Are You Gonna Be My Girl?” de Jet. Mis pasos eran cada vez más rápidos, y no me paré hasta que llegué a la mismísima puerta del museo de arte. Giré la cabeza hacia un lado y me quedé mirando al chico que aparecía, subiendo las escaleras. Pasó de largo, sin siquiera prestar atención a mi cabello pelirojo. Una ráfaga de viento pasó en ese momento –pues nos encontrábamos en la sombra- y me revolvió el cabello. Lo perdí de vista durante unos segundos, pero no tardé en volverlo a divisar. A veces, cuando me encontraba en mi propio mundo, él era el único que podía captar mi atención. Al menos desde que me peleé con Siffer.

Alejé a Siff de mis pensamientos, ya que hacía mucho que no le veía y seguramente seguiría con su novia. Aquella Barbie sin neuronas, vamos. Corrí tras el chico que había captado mi poca atención momentos antes y salté sobre él, directa a su espalda. - ¡A estribor, a estribor! ¡Un barco con cañones preparados, mi señor! ¡Vamos a tener que dar la vuelta…! Aunque con este viento será una tarea algo difícil, mi señor. –bromeé, creyéndome estar en el palo de un barco. – Hola, Krisz. –dije, luego, como si nada.


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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Miér Mayo 09, 2012 11:42 am


Hey, sir! ϟ


10:10 am Θ museo tsereteli Θ krisztiăn r. szilágyi


Le parecía raro levantarse tan pronto. No es que le gustase madrugar, aunque muchas veces le decían que se perdía toda la mañana en dormir y poco la aprovechaba. ¿Y qué? Estuvo años y años yendo a la escuela, al instituto y a la universidad levantándose a una hora temprana para oír cómo otros le taladraban los oídos de cosas innecesarias para su cerebro a las ocho de la mañana. No solía beber, así que la excusa del alcohol no podía servir para seguir durmiendo. Tampoco se quedaba hasta muy tarde, sólo cuando habían partidas de XBOX o algo así. Además, por la mañana era cuando sus compañeros de piso hacían más barullo entre sus discusiones tontas. Le pareció raro despertarse tan pronto y, además, no escuchar ni un alma. Se levantó, desperezándose y abriendo la persiana. Siempre dormía a oscuras, como una marmota hibernando. Bostezó, rascándose la nuca y intentando alcanzar las zapatillas de estar por casa. Sólo iba descalzo en verano, más que nada porque no era agradable sentir el parqué frío en cuanto te levantabas de algún sitio. Abrió la puerta de su cuarto, dirigiéndose al salón, para sólo escuchar un poco el viento que azotaba en la calle. Nada, no había absolutamente nadie. Frunció el ceño, comprobando por si le habían dejado alguna nota pero nada. Tenía la casa para él solo y, de alguna forma, no le gustó. Siempre había sido una persona independiente y algo solitaria. Sin embargo, cuando te acostumbras a convivir con gente, esas cualidades pasan a ser secundarias y disfrutas de la compañía. Y, ahora que no había nadie y volvían a ser primarias, se sintió extraño. Así que sin pensar nada más, de forma automática, fue a su cuarto y se vistió, sin olvidarse de un gorro para colocarse en la cabeza. Le encantaban los gorros y muchas veces se encargaban de quitárselos porque decían que nunca le veían el pelo, aunque hoy tenía una excusa perfecta para llevarlo: había viento.

Nada más salir a la calle se percató que hacía algo de calor, por lo que se quitó la camisa y se la puso en el hombro, llevando sólo una camiseta de manga corta. Se había olvidado su cuaderno donde escribía ritmos y canciones, además de dibujar todo lo que le gustaba a su alrededor, así que se le ocurrió la brillante idea de ir al museo que tanto quiso ir desde que llegó a Rusia. Quién iba a decir que él iba a acabar aquí, después de admitir que siempre le había encantado Hungría. Durante la estancia en Rusia se tomó la molestia de aprender el idioma, porque obviamente no tenían conocimientos sobre el húngaro. En los primeros meses se defendía lo suficiente hablando en inglés o aprendiendo palabras en ruso por internet, y ya más tarde supo desenvolverse bien. Aún no está a la perfección, conservando el acento húngaro que tanto lo caracteriza, pero es cuestión de más tiempo, sobre todo porque le cuesta muchísimo escribirlo tal y como son sus símbolos. Acabó dirigiéndose a la puerta, buscando el mapa en sus bolsillos que le indicaba la dirección. Se sentía estúpido después de estar un tiempo por ahí, pero no tenía ganas de preguntarle a nadie. Dirigió la vista hacia arriba, comprobando la gran estatua que había enfrente y las escaleras que tendría que subir si quería entrar dentro del museo.

Suspiró, subiendo todas las escaleras, manteniendo sólo la vista a la entrada del museo, sin percatarse de la gente de alrededor. No tenía ganas de mirar a los lados, como si fuera a encontrar a alguien en el museo... él era el rarito, el chico que era empujado por aquellos que tenían fama de ser rebeldes, como si la rebeldía consistiera en tirarte a todo lo que se moviese y ser borde con todo el mundo. Al menos podía disfrutar de cosas como estas sin necesidad de verle la cara ningún idiota de ese tipo. La puerta era grandiosa, enorme. En la zona de entrada había un guardia que la vigilaba junto a un detector de metales por si alguien se dedicaba a robar o a entrar cosas innecesarias. Poco le importaba al húngaro. ¿Qué iba a tener él? Entró en el museo, justo a la zona de arte físico, con sus figuras y sus numerosas complicaciones. Esta zona estaba más plagada de gente que las restantes, llenas de cuadros originales de autores famosos que siempre le habían gustado. Krisz se puso a cotillear cada figura, como si fueran tesoros. Y, ciertamente, lo eran de alguna forma. Fue entonces cuando alguien, de forma imprevista, escaló por su espalda. No se asustó, porque estaba más que acostumbrado a estas acciones, pero si se sorprendió algo. Se le escapó una sonrisilla, que se convirtió en carcajada cuando se imaginó la situación naval. Dejó de reír ante el saludo, manteniendo una sonrisa torcida en el rostro, y girando la cabeza cuanto podía para ver a su amiga colgando de su espalda. ―¡Hola, Anya!― contestó, volviendo la mirada hacia las figuras. ―Me ha parecido raro no verte en el piso― recordó entonces esa sensación extraña, tan poco común para él. Señaló la zona de los cuadros, para ver si la pelirroja quería ir hacia allí, ya que si había venido al museo, al menos podrían disfrutarlo juntos. ―¡No podemos dar la vuelta si hay viento, oficial! Tendremos que seguir al oeste y desembarcar en la isla del arte bucólico. ¿Le parece correcto, oficial?
Thanks Sophie.


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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Miér Mayo 09, 2012 2:45 pm



MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO - 10:30 AM - CLIMA TEMPLADO - krisztiăn r. szilágyi

Ladeé la cabeza hacia el muchacho que tenía debajo y me tambaleé sobre su espalda casi al instante. Si alguna vez me preguntaban qué se sentía al estar borracha, diría que era igual a subirse a la espalda de Krisz en pleno movimiento. Porque, bien podría yo haber corrido con todas mis fuerzas hacia él, hasta que se me salieran las tripas por la boca, y él podría haberse apartado para ir a admirar otra figura, cayendo yo al suelo. Pero el caso era que creía conocerle lo bastante como para saber que aquella posición de estar pensando en sus cosas era lo mismo que quedarse allí parado un buen rato. Volví a ponerme recta sobre su espalda, agarrándome esta vez a su nuca y haciendo impulso hacia arriba, colocándome más alta si cabía. Apoyé mi barbilla en su cabeza y soplé: su pelo se removió y yo reí en voz baja porque me hizo cosquillas en las mejillas. Escuchar su risa me tranquilizó. Yo no era de ese tipo de personas que se comportaban así, tan a lo impulsivo. Sí que era cierto que era una chica impulsiva, pero solamente con la gente a la que conocía bien. Y, a veces, al hacer ese tipo de cosas, me sentía rara, extraña. Me venía a la mente las tardes en la heladería con Siffer, jugando a las cartas. Pero él había preferido tener una relación sentimental a una relación amistosa… y yo le consideraba un falso, porque no era cierto que no conseguía relacionarse con los demás. Yo le había ofrecido mis brazos, mi cariño y mi cobijo. Le había ofrecido un lugar dónde poder ocultarse, unas gafas oscuras tras las que ver el mundo a su alrededor. Pero, ¿y él? Él solo me había dejado un sabor amargo en la boca. Más amargo aún que cuando murió papá…

Papá…

Recordé las tardes en las que él solía ver películas navales. Le gustaban mucho, y también las de guerra. Una de sus favoritas era la típica que si no has visto la gente te mata, como Pearl Harbour. ¿De dónde había sacado yo sino todo lo que sabía sobre barcos? Aunque tampoco es que prestase mucha atención a sus historietas. Todas me parecían tan fantásticas y surrealistas, que a veces mi mente las descartaba por completo. Yo tenía una leve obsesión –vale, era una enorme- con los libros de ciencia ficción y mi padre comprendía que si en sus historias no aparecía ningún monstruo, alien o derivado, no merecía la pena escucharlas. Por eso las convertía en relatos fantásticos, le ponía voces distintas a los personas, me representaba obras de teatro. Me llevó a ver miles de museos marítimos alrededor del mundo, en vacaciones de verano, pero el que más me gustó fue el de Barcelona. La noche en que papá murió, por la tele estaban dando Pearl Harbour. Llevaba días enfermo, pero ninguno de los dos le dimos importancia. O quizá él sí que se la dio, pero prefirió no decirme nada. Quizá ya no tenía más ganas de vivir y yo, aún siendo su hija, no tenía derecho a decirle que debía quedarse en aquel cruel mundo para cuidar de mí. ¿Quién era, yo, eh, para obligarle a quedarse? Supuse que él habría sabido el momento adecuado para… irse. Quizá aquello significaba que debía aprender a valerme por mí misma. Pero en vez de eso, mamá llamó a casa y yo acepté su ayuda. De todas formas, no tenía muchas más opciones. Por aquella época no tenía dinero y mi sueño siempre había sido estudiar la carrera de traducción. Pero mamá no se merecía que volviera a dirigirle la palabra.

Un destello plateado interrumpió mi torrente de pensamientos, haciendo que ladeara la cabeza hacia un lado, otra vez. Mi mejilla rozó la de Krisz y sonreí ladina. Al menos me seguía el juego; como siempre. Mira que llegaba a ser pesada a veces, eh. Si hasta yo misma me cansaba de mí. Pero el muchacho parecía no cansarse nunca, sin duda tenía una paciencia de oro. Me percaté vagamente de que la música continuaba sonando a todo volumen en mis oídos, y seguramente las dos o tres personas que teníamos a menos de cinco metros podían escucharla, pero estaba tan acostumbrada a ir con los casquitos que ni me di cuenta. Así que no hice nada por apagar el iPod, o por, al menos, bajar el volumen de la música.

- Oh, esa isla nunca me ha gustado, mi señor. Pero, señor, ¡qué diablos, sí, señor! –exclamé. Me puse totalmente rígida sobre su espalda e hice el gesto que normalmente hacían los oficiales: la mano recta sobre la frente, hacia adelante, cortando el aire a su paso. Lo bueno de todo aquello es que yo casi nunca reía. Era como si me lo creyese, por eso algunas personas a veces pensaban que estaba realmente loca. – Espérate, Krisz, no quiero romperte la espalda, que yo peso lo mío. –comenté de golpe, parpadeando con pesadez. Me bajé de un salto, pero en cambió me arrebujé bajo su brazo sin ningún tipo de pudor y tiré de su camiseta hacia la siguiente sala. – Por el Ángel… fíjate en aquello. –Mi pasión por las novelas de ciencia ficción se reflejó enseguida en aquella expresión de sorpresa. Señalé una estatua preciosa. No sabía qué era, pero tampoco me importaba. Busqué en mi bolsillo mi bloc de notas a la vez que me sacaba el lápiz de la oreja. – Me he olvidado la libreta. –susurré, obviamente frustrada. ¿Cómo era posible que yo, Anya Vókova, me olvidase el papel para dibujar? Me quedé algo en shock, ¿dónde lo había visto por última vez?



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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Miér Mayo 09, 2012 4:21 pm


Hey, sir! ϟ


10:10 am Θ museo tsereteli Θ krisztiăn r. szilágyi


La pelirroja se aferró a su nuca antes de que tuviera la oportunidad de caerse al suelo. Notó una pequeña presión en su cabeza, deduciendo que era su amiga que había apoyado su barbilla ahí. Ciertamente él nunca demostraba mucho afecto por los demás. Era una persona tímida y, como tal, no sabía expresar nunca sus sentimientos. Incluso cuando era niño se enfadaban con el ojiazul porque decían que no sabía decir que quería alguien. Y era cierto. Siempre había tenido esa manía de guardarse todo lo que sentía en el interior y luego cerrarlo con llave. Cierto es que algunas veces se desahoga, se libera, pero aún sigue intacto ese resguardo. Puede que en alguna ocasión le entrara la vena cariñosa y se dedicara a dar abrazos o se enganchara de alguien con una sonrisita tímida y las mejillas algo encendidas, pero era algo poco habitual. Eran los demás quienes eran cariñosos con él, y él se dejaba, como si fuera un muñequito de felpa. Le gustaba que le demostraran afecto, a pesar de que él no lo hiciera. Entonces se acordó lo que le decía su madre después de que apareciera con un morado o lleno de basura tras un día duro en la escuela. El niño se acercaba a su madre llorando. La buscaba desesperadamente, un afecto que sólo ella le sabía dar. Ella sólo lo recogía en sus brazos, como buena madre que era, y luego le decía que no podía ser tan tímido, que debía dar la cara… pero también que no había que buscar con desesperación un brazo que te acogiera. Con el paso de los años intentó cambiar esos pequeños aspectos, aunque seguía estando el primero. Podría haber sido muy cariñoso estos últimos días, pero no tenía apenas ganas. Hacía unas semanas que su madre había sido hallada en un callejón, muerta. La autopsia confirmó que había sido una violación, y que ella murió por asfixia. Le tocó volver a Hungría para el funeral, y cuando volvió a Rusia, estuvo una semana sin salir de casa y sin comer a penas.

Sin embargo, durante ese tiempo, no paraba recibir visitas o mensajes de sus amigos que decían que saliera de casa. Aún se acordaba cuando la pelirroja entró en su cuarto y le confesó que sabía lo que sentía en esos momentos. También cuando en ese tiempo, hubo tranquilidad en casa, lejos de cualquier pelea. Por eso, y al percatarse que se estaban preocupando mucho por él, decidió cambiar de mentalidad. Volvió a ser el Krisz de siempre, con la misma vitalidad. No obstante, aún en sus sonrisas había cierta nostalgia, porque después de todo, una madre es una madre. Era cuestión de tiempo que disminuyera, de todas formas no podían quejarse porque se estaba esforzando en esta feliz. Se esforzaba en cambiar de perspectiva y de preocupación, se esforzaba por sus amigos. Por ellos. ¿No era eso suficiente muestra de afecto? Tal vez no física, pero era notable. Seguía agradeciendo infinitamente que actuaran con normalidad, que no sobrecargaran su esfuerzo, y que no le preguntaran si seguía estando bien del todo. Porque era obvio que no era así, y si volvía todo aquello a sus recuerdos, decaería. Incluso algunas noches despertaba sudando después de una pesadilla, o esos momentos donde el cuerpo le pesaba más de lo necesario. No, no quería volver a ese sufrimiento.

Alejó esos pensamientos de su cabeza, notando el roce de mejillas. Krisz seguía siempre sus juegos. Ella se los tomaba tan enserio que le causaba gracia, le encantaba ver cómo se metía en el papel, como alguna que otra vez fingía estar en un navío y quedaba naufragada en una isla desierta donde tendría que sobrevivir con un monstruo de ojos azules −él mismo−. Solía sonreír cuando le decía eso, y también cada vez que insistía en alguna cosa como una niña. Se percató entonces de la música tan alta, aun así sabía que lo seguía escuchando, por mucho que le taladrara los oídos de la pelirroja. Soltó una carcajada y sintió cómo la chica se bajaba de su espalda, la liberación de su agarre. ―Hay que hacerlo, oficial. Hay que atravesar aquella isla para llegar al paraíso― según había consultado en un mapa, la zona que más le interesaba al castaño estaba al final del pasillo. Tenía ganas de ir, y ver todos los cuadros que tantas veces había visto en otros museos, míseras copias que se notaban a leguas que fingían ser las originales para ganar más economía. Anya se enroscó en su brazo como si nada. No le incomodaba en absoluto, así que lo dejó pasar, como siempre ocurría. Tiró de su camiseta, llevándolo a una sala que al parecer había llamado la atención de la pelirroja, y si eso era así, entonces a él también podía interesarle. Compartían un buen gusto por el arte, incluso eran capaces de formar retos de dibujos, a ver quién era el más rápido y realista en hacerlo. Rivalidad de dones. Miró con curiosidad la figura. No la había visto en la vida, pero era agradable a la vista. Parecía tan extraña... ―Tiene una forma rara... pero no sé, me causa comodidad. Me gusta esta cosa― murmuró, más para sí mismo que para ella, hasta que vio que buscaba algo. Dirigió su vista hacia ella, mientras sin mirar sacaba un bloc del bolsillo. ―Estaba encima de la mesa del salón. Te iba a llamar, me ha parecido raro que no la llevaras― como la conocía...

Thanks Sophie.

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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Jue Mayo 10, 2012 12:32 pm



MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO - 10:30 AM - CLIMA TEMPLADO - krisztiăn r. szilágyi

Era extraño que yo me dejara el bloc de dibujo en alguna parte. En cualquier parte, siendo sinceros. Había tenido miles de blocs de dibujos a lo largo de mi corta historia, y nunca, nunca, me había dejado ninguno en ninguna parte. Dibujaba desde bien pequeña, pero a los cinco años mi padre me compró el primer bloc de dibujo. Desde aquel entonces siempre llevo uno en el bolsillo derecho y un lápiz sobre la oreja del mismo sitio. Así, si caminando veía algo que me llamaba la atención, simplemente lo sacaba de mi bolsillo, sacudía la cabeza haciendo caer el lápiz justo sobre mi mano derecha y me ponía a hacer un boceto de lo que veía. Más tarde, al llegar a casa, terminaba el dibujo en un papel de calidad, más grande y con lápices mejores. Era una buena táctica, ¿eh? Por eso casi siempre terminaba ganándole los concrusos de dibujo a Krisz. Yo tenía algo que se llamaba memoria fotográfica, o al menos eso decían los médicos. Esto mismo era lo que hacía que si veía algo que llamaba mi atención, se grabara en mi memoria. Por eso, si cuando llegaba a casa y dibujaba lo que había visto en una lámina grande quería pasarlo a color, podía hacerlo sin duda alguna porque recordaba perfectamente dónde estaban las sombras, de qué color eran las cosas y por dónde venía el sol. Cuando Krisz y yo hacíamos concursos de dibujo, simplemente abría mi bloc, escogía una de las escenas más rápidas de reproducir y al coger la lámina, mis manos trabajaban solas. A veces, los dos nos sentábamos en la mesa y nos pasábamos dos horas dibujando a toda prisa, sombreando, colorando el paisaje, para que el dibujo fuera perfecto, en silencio. Y el caso es que me gustaba. Porque ambos sabíamos que cuando uno dibujaba, era como cuando se escribía: si alguien te interrumpía el torrente de pensamientos, la inspiración se esfumaba.

Sin embargo, y por más que yo me empeñara en creer que no era posible que me lo hubiera olvidado, que tendría que estar en mi bolsillo y que aparecería magicomísticamente, Krisz tendió su mano y en ella había un cuadradito abierto, con hojas blancas. Estaba ya muy cascado y solo quedaban cinco o seis páginas: tendría que comprar uno nuevo ese mismo día y añadir aquel a mi larga colección de blocs terminados. Me gustaba abrirlos después de un tiempo y darme cuenta de lo que hacía mal y de lo que había mejorado con el tiempo y la práctica. Me di cuenta, mirando el bloc de dibujo, de que Krisz tenía razón, a pesar de todo y de mis esfuerzos en pensar que podía ser un mal sueño. Pero, al menos, el muchacho me conocía lo suficiente como para saber que no podía vivir sin mi bloc y que era extraño que me lo hubiera dejado en casa. - ¿Encima de la… mesa? –parpadeé con rapidez, extrañada. Sí, aún no me lo creía. De todas formas, agarré el bloc con suavidad, aunque por dentro estaba desesperada. – Gracias. –me puse de puntillas y besé la punta de su nariz.

A continuación me aparté un poco de él y cogí el lápiz con fuerza. Mi mirada recorrió una sola vez la figura y la reproduje en el bloc de dibujo –memoria fotográfica, ¿recordáis?-. Cerré el bloc y lo guardé en mi bolsillo, lo palmée y sonreí. – Voy a necesitar uno nuevo… en éste solo me quedan cuatro hojas. ¿Crees que en la tienda del museo tendrán? –como era normal en mí, mi mente procesaba rápido y ya estaba divagando en las calles cercanas al museo, intentando recordar si había alguna papelería. Me di por vencida, pues nunca me fijaba en los detalles que no llamaban mi atención. Me acerqué a él y le pinché en el estómago, arrebujándome de nuevo en sus brazos y alcé la mirada. – He adquirido un juego nuevo para la XBOX. –comenté- Un chico se dejó una bolsa de GAME en el Hard Rock Café, donde trabajo, hace dos semanas… y como no ha venido a recogerla y mi jefe sabe que me gustan los juegos, me ha dicho que haga lo que quiera con él. ¿Lo estrenamos esta noche? Aunque se te ven ojeras. –fruncí el ceño y le miré preocupada. – También, cuando salgamos de aquí, quiero ir a comer pizza. –dije, dando por sentado que iríamos a comer juntos, aunque él bien sabía que si me decía que había quedado, yo lo comprendía. Nos dirigimos ahora a un cuadro cercano y me quedé embobada.




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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Dom Mayo 13, 2012 12:33 pm


Hey, sir! ϟ


10:30 am Θ museo tsereteli Θ anya i. vólkova


Sus ojos azules se centraban en la figura que estaba delante. Su extravagante forma le llamaba la atención, su deformidad la hacía atractiva. Cuando salió de casa se había percatado de que el bloc de dibujo estaba en un sitio donde no debería de estar, por eso lo cogió sin más. Cabía la posibilidad de no encontrar a su dueña, pero al menos si se la llevaba con él y llegaba a finalizar su búsqueda con éxito, habría cometido un buen acto. Y esta vez sus cálculos habían sido correctos. Le devolvió el bloc, sabiendo lo que después iba a ocurrir, claramente. Sabía que ella dibujaba las cosas, buscaba una base antes de pasarlo al lienzo… era como dibujarlo en sucio y pasarlo en limpio. Esa era la causa de sus victorias en los retos, partir de una base. Krisz sólo utilizaba su memoria, buscaba entre su mente las numerosas imágenes, numerosos recuerdos hasta hallar la escena perfecta para poder reflejarla. El partir desde cero era difícil, sobre todo porque lo primero que se necesitaba era tiempo y paciencia. Cuando dibujaba a partir de lo que pasaban por sus ojos, todas las cosas que veía en ese instante, las plasmaba en el papel, con una perfección creada a su manera. Lo que más le gustaba al chico era dibujar rostros, con sus imperfecciones. Ya sea narices pequeñas, ojos grandes, cejas pobladas… qué más da. La imperfección era la máxima perfección del ser humano, y quien intentara sobrepasar los límites para alcanzar la divinidad −como él lo llamaba− entonces es que era idiota. Tantas mujeres añorando ser perfectas. ¿Es que no se daban cuenta que ya lo eran? ¿No se percataban que lo que añoraban era un canon de belleza de la época que podía cambiar en cualquier momento?

Sus bolsillos solían estar llenos de hojas dobladas, pequeños bocetos que no sabía donde colocarlos y que había dibujado sobre un cuaderno pequeño. Prefería llevar una bandolera consigo, donde en su interior había un cuaderno con hojas ecológicas y lápices de diferentes puntas y dureza. Oh, sin olvidar las gomas y sacapuntas, claro. Aunque de vez en cuando llevaba el carboncillo, para pintar paisajes y ante falta de tiempo. Con el carboncillo hacer sombras era demasiado fácil. Éste estaba hecho de materia poco dañina para el ecosistema. Todo bohemio, ¿a que sí? Una representación del arte sin causar ningún daño a la naturaleza, para que pueda seguir el curso de la tranquilidad y los bosques verdes. Desde su corta edad había participado en numerosas manifestaciones ante la tala indiscriminada de árboles, maltrato animal y contaminación atmosférica. Un grito de ayuda que poco era socorrido, pero que ayudaba a sentirse cómodo consigo mismo. Con el paso del tiempo aprendió que sólo con mantener un estilo de vida a su gusto conseguía esa comodidad, sin necesidad de montar un escándalo que el Estado pagaba con policías armados. Todo era más cómodo a su manera, bajo sus reglas.

Un pequeño sonrojo apareció en sus mejillas ante aquel pequeño beso en la nariz. Aún no se acostumbraba a ese tipo de afecto, y eso que lo recibía constantemente por parte de sus amigas. La mayoría de ellas eran afectivas, mientras que él era algo cerrado. Había aprendido a abrirse un poco con ellas, a ser más abierto y cariñoso, pero seguía existiendo ese problema ante un desconocido. La falta de iniciativa la relacionaba con la cobardía, a pesar de que eran dos conceptos completamente distintos. Suspiró, mirando de reojo, después de dedicarle una pequeña sonrisa ante su agradecimiento, cómo plasmaba con total cuidado la figura extravagante de enfrente, para acto seguido guardar el bloc que antes estaba en sus manos. ―Pues…. Nunca he venido a este museo, pero lo supongo. En todos los museos hay― miró hacia algún punto, buscando al menos la entrada de la tienda del museo, pero sólo podía visualizar salas y más salas de cuadros de todo tipo. Tal vez cuando se dirigieran hacia la salida podrían encontrarla, normalmente se situaban por esas zonas para que los visitantes no se fueran con las manos vacías. Se pasó una mano por el estómago antes de que Anya volviera a refugiarse tras su brazo, después de pincharle. Clavó la mirada en ella, primero con reproche y luego con más calma al escuchar sobre el juego. ―¿Un juego nuevo? ¿Cuál es? Dimeeee. ¡Claro que quiero jugar!― exclamó, aunque su sonrisa se marchó con lo de las ojeras. ―Bueno, están esas pesadillas otra vez… pero puedo dormir mañana, no hay prisa― le sacó la lengua ante la mirada de preocupación de su amiga, no quería que lo hiciera. ―Y lo de la pizza me parece genial, pero esta vez elijo yo de qué, que la última vez te tocó a ti



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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Mar Mayo 15, 2012 1:31 pm



MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO - 10:30 AM - CLIMA TEMPLADO - krisztiăn r. szilágyi

El cuadro no tenía nada en especial, simplemente me había llamado la atención por sus formas y su colorido: estaba pintado con una técnica extraña y con colores vivos, aunque, pensando que casi todos mis dibujos no pasaban del lápiz y sus dieciocho o más texturas distintas, era normal que cualquier cuadro me pareciera extraño. Porque, realmente, todos me parecían raros, a su manera. Tanto color, tanto color me traumaba un poco. ¿El por qué de porqué no me gustaba pasar mis dibujos a color? Sencillo: perdían toda gracia. Yo no sabía colorear, no tenía gracia para aquello, por lo que me gustaba dejarlos a lápiz. Había aprendido a jugar con las formas, las sombras y el bordeado, a hacer que en un dibujo en blanco y negro hubiera tantos tonos distintos de gris que sería capaz de montar una gama de grises por mí misma. Además, otra de las razones era que me gustaban así. Era como dejarlos al natural: desnudos. Mis dibujos tenían vida propia, pues cada vez que miraba uno, era como si me dijera “¡Mírame, aquí estoy!”. Imponían, simplemente. Porque estaban muy bien hechos, clavaban la realidad sin necesidad de color. Como en la televisión en blanco y negro, aquellas preciosas películas tan coloridas por el tipo de personajes, pero tan tristes por la imagen.

Pensé en una de mis películas favoritas: “Con faldas y a lo loco”. En ella, la protagonista principal, era, cómo no, Marilyn Monroe. Desde pequeña había adorado sus trabajos. Era una chica alegre, incluso al ser retratada en blanco y negro, tal y como Elvis. Ellos dos, aunque vivieron en una época difícil, y terminaron como terminaron, movieron masas. Y fue espectacular. El caso es que en la película se muestra una imagen de la mujer totalmente real. Las curvas, el trasero, el pecho. Marilyn era muy guapa y tenía un cuerpo espectacular, no como el de esas modelos de hoy en día. Me daba incluso asco comprarme una revista de belleza, pues siempre iba con el miedo de encontrarme con una imagen chocante… ¿Por qué todas eran tan esqueléticas? No conseguía comprenderlo. No es que yo tuviera un cuerpo de diez, incluso estaba demasiado delgada, pero lo admitía. Y juro que quería engordar… Bueno, Krisz sabía a la perfección que en mis ratos libres, cuando me aburría, no dejaba de comer mierdas. Chocolate, patatas de bolsa, chucherías. De todo. Pero aquella barriga continuaba sin crecer. Quizá era que como mi constitución era de ser delgada, pues no se podría hacer nada a menos que me apuntara a un concurso de esos de comer cien perritos calientes en un minuto. Mmmm… perritos calientes. Joder, qué hambre.

Ladeé la cabeza hacia mi compañero, al que aún le quedaba algo de rastro de sonrojo. Ya estaba acostumbrada a aquello. No es que el chico tuviera vergüenza ya de que yo me comportara así con él –aunque, realmente, era con él único con el que me comportaba de esa forma tan especial- sino que el pobre no terminaba de acostumbrarse. Era muy tímido, y en parte por eso le quería tanto.

- ¿El juego? Ah… -de nuevo me había metido demasiado en mi mundo- Se llama Battlefields. Campo de batalla. Ya habíamos comentado de jugar antes… pero ninguno de los dos lo teníamos. Aunque yo lo he probado en la tienda esa de juegos del centro comercial. –me encogí de hombros y me quedé mirándole. La música seguía sonando en mis oídos- I said one, two, three, take my hand and come with me, because you look so fine and I really wanna make you mine. –canturreé, en voz bajita. De Nuevo hice el gesto de estar tocando la batería y luego solté una risilla, aunque mi atención se volcó toda en el muchacho que tenía enfrente ante sus palabras. Alcé ambas manos y le acaricié las mejillas.- ¿Otra vez esas pesadillas? –un escalofrío me recorrió entera. A veces, cuando me quedaba a dormir con él, despertaba bañado en sudor y gritando. A pesar de todo, a los dos segundos volvía a sonreír, siempre, pero seguramente era para que me quedara tranquila y no me preocupara. Cosa difícil en mí. – Puedes elegir la pizza y las bebidas, ya sabes que no me importa, siempre y cuando no lleve anchoas. –le dediqué una sonrisa y le estiré de ambos mofletes, con mi cara de indiferencia- ¿Sabes que te quiero y que puedes contarme lo que sea? Me preocupan esas pesadillas tuyas. Huelen tan mal como el queso de las hamburguesas que sirven en el Hard Rock Café.





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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Vie Mayo 18, 2012 1:19 pm


Hey, sir! ϟ


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Últimamente su inspiración se había esfumado, junto a las cenizas de su madre. Intentaba dibujar cualquier cosa, por muy fácil que fuera. Dibujos a partir de imágenes, dibujos de bocetos e incluso de anime, un estilo que él consideraba fácil y que le gustaba. Sin embargo, no le salía absolutamente nada. Se quedaba en mitad del dibujo. ¿Y qué era quedarse en medio de un trabajo para un artista? Lo peor que podría ocurrirle, detrás de quedarse sin materiales. No obstante, cuando estaba con Anya, es como si la inspiración volviera. Tal vez era por los retos de dibujo, o tal vez porque le hablaba de mil y una cosas sobre lo que dibujaba que se le quedaba en la mente. Sobre todo se dedicaba a hacer tiras de cómics, donde sus protagonistas siempre eran masculinos o, en su defecto, niños. No, no era por machismo ni nada parecido. Simplemente es que los japoneses dibujaban a las chicas muy... dotadas, y le causaba cierto rubor. Estaba más que acostumbrado a verlos, pero dibujar sus pechos... no, no era agradable para su salud mental. ¡Y ni hablar del resto del cuerpo! Completamente dotado de perfección, sin rastro a penas de nada, con las medidas adecuadas. ¿Eso se interpreta como un complejo japonés o algo así?

De todas formas, miraba películas de todo tipo. Leía, prestaba atención a las cosas, pero esa frustración no se la quitaba absolutamente nadie. Era desesperante, e incluso se rebotaba en nada. Pero ahí estaba su amiga para que le hiciera sonreír por una bobada, como enseñarle vídeos de parodia por internet, hacerse fotos haciendo tonterías o bailar canciones de Lady gaga, cantándolas en un inglés pésimo porque no se sabían la canción. Sí, su cuarto estaba lleno de fotos. Le gustaba la fotografía, y como algunas amigas eran insistentes, le tocaba ser el maniquí de las fotos. Sobre todo cuando acababan de comprar ropa nueva. Le tocaba ponérsela y posar, aunque él lo hacía con total naturalidad. No se consideraba atractivo para salir en ninguna foto, pero en fin... No, no tenía complejo. Pero sí, alguna vez, había envidiado a esos chicos que lo tenían todo. Estaba harto de ser el amigo idiota que no se comía una rosca, a la sombra del guapo. Por ejemplo, admiraba a Jôn, lo admitía, pero encima tenía ese atractivo que él no tenía. Tampoco tenía un cuerpo musculoso, además de que se inflaba de comida basura cada dos por tres. Simplemente, era su organismo y el ejercicio que hacía cada domingo. No era como ese tipo de tíos que no se preocupaban por su aspecto, pues sí que lo hacía. Se cuidaba el cabello, a pesar de que llevara constantemente gorros. Combinaba su vestimenta, y en los momentos ''especiales'' se ponía colonia. Pero aún había ese algo que le faltaba, por eso Krisz lo relacionaba con el físico. ¡A lo mejor por eso ninguna chica se fijaba en él! No estaba muy interesado en esos temas, pero seguía siendo fastidioso. Lo único que le gustaba era el color de sus ojos: azul. Y ya. Cuando le decían guapo o algo por el estilo, no se sonrojaba. Simplemente decía con tranquilidad que no se lo creía.

Escuchaba con atención lo del juego. Sí, lo había visto en el catálogo y al fin podía jugar. Tenía cierto vicio con ellos, era divertido y te podías entretener durante horas, e incluso días. ―¿Battlefields? ¡Qué genial! Quería jugar desde hace tiempo. Pensaba en comprármelo en el catálogo, pero si ya nos ha salido gratis... muchísimo mejor― contestó, con una pizca de alegría, para sonreír al escuchar una canción conocida para él. ―Vaya, escuchas a Jet― había escuchado su canturreo en un nivel bajo de la voz, siempre le habían dicho que tenía buen oído. Empezó a arderle las mejillas en cuanto su compañera las acarició. Hay veces, que cuando llegas a un punto en el que te sonrojas por cualquier contacto de una mujer, termina fastidiándote un poco, en el interior. ¿Tanto costaba un poco de extrovertividad? Vaya, sí, costaba lo suyo. Asintió en silencio. En esas pesadillas siempre estaba tranquilo al principio con su madre. Él siempre era un niño, no sabía por qué. Luego, alguien la quitaba de su lado. Perder a una madre es duro, sobre todo si los que te la han arrebatado han sido unos inútiles que se han aprovechado de ella. ―Tranquila, no me gustan las anchoas. Estaba pensando en una a la carbonara o de cuatro quesos, que me apetece― murmuró, hasta que le cogió de los mofletes. Con delicadeza, puso las manos encima de las suyas y las quitó con ligereza de su rostro, para poder hablar. ―Aún no asimilo lo de mi madre. Eso es todo. No es que me haya desahogado desde aquello, así que todos los sentimientos reprimidos se juntan en el sueño y me forman las pesadillas

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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Vie Mayo 18, 2012 3:50 pm



MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO - 10:30 AM - CLIMA TEMPLADO - krisztiăn r. szilágyi

Fruncí el ceño. Realmente el queso de las hamburguesas que servían en el Hard Rock Café apestaba. Ya había comentado en alguna ocasión que me gustaba aquel lugar por la música de ambiente… podía escuchar mis canciones favoritas, sin necesidad de los casquitos, a la vez que atendía a los clientes. El año pasado empecé a pensar que aquello de los casquitos era adicción y obsesión, y en ese mismo instante lo corroboré. No era capaz de mantenerme alejada de mi música, porque era mi vida. Porque la música era la única que me entendía, la única que era capaz de ver como era en realidad y de ver como había evolucionado. Nadie más me conocía como ella, así que por ella vivía. Desde la muerte de mi padre nadie, absolutamente nadie, se había preocupado de mí, de mis gustos, de lo que quería hacer. Cuando llegué a Rusia me encontré completamente sola. Mi mejor amigo me dejó de lado por su novia, que encima le engañaba con otros cada noche que le era posible, mi padre había muerto, mi madre tenía otras ocupaciones y no conocía a nadie. Me apunté a la universidad, pero tuve que empezar a trabajar (el Hard Rock Café era la mejor opción) para al menos costearme la mitad de los estudios. Solo seguía en contacto con mi madre para sacarle algo de dinero para la carrera. Joder, tenía mucho dinero y no se había preocupado de mí en su puta vida. Pues que empezara por costearme los estudios, y luego que me dejara en paz. Pero ni de eso era capaz.

“¿Por qué me odias?” preguntaba constantemente. Yo no contestaba. ¿Para qué? ¿Para empezar una discusión sin fin? A veces resoplaba y me iba a mi cuarto, otras veces me iba a la nevera y para fastidiarle bebía a morro del cartón de leche. “¿Qué he hecho?” volvían las preguntas y yo continuaba ignorándola. Preguntaba un poco por la mañana, antes de irse a trabajar, y otro poco por la noche, antes de irse de fiesta. El resto del día yo no tenía ni idea de dónde podría encontrarse. “Yo no tuve la culpa. Era muy joven cuando di a luz: no iba a fastidiar mi vida por un bebé”. Dijo, finalmente, con asco. Fue entonces cuando no lo pude soportar más e hice un trato con ella: si me iba de su casa y me costeaba al menos la mitad de mis estudios y la mitad del alquiler del piso dónde me mudara, yo no aparecería más por su vida. No la llamaría, no le escribiría cartas, no iría a visitarla. Sería como si nunca hubiera tenido una hija. “Oh, cariño, tampoco hace falta ponerse tan violenta… Pero ya tienes dieciocho años, supongo que es hora de que te sepas valer por ti misma”. En eso tenía razón. Así que cogí las maletas, el dinero, mi iPod y me fui. Fue entonces cuando empecé a aislarme del mundo. Mis casquitos, mis libros y yo. Encontré una habitación libre en un piso compartido. Al parecer, había tenido suerte, pues era la última en entrar. Allí conocí a Jôn, un tipo musculoso y que parecía muy orgulloso de sí mismo, aunque no me gustaba hablar con él. Ni con Wâsh. Quiero decir, no porque me cayeran mal… sino porque me intimidaban. Yo era muy de mi mundo, no quería salir de él. Y Krisz me ofreció algo que nadie me ofreció nunca: una bonita y fuerte amistad sin tener que salir de ese mundo.

Cuando estaba con él era como si todos los problemas se me olvidasen. Salíamos por ahí a pasear, a él no le importaba que siempre llevara los casquitos puestos, no lo veía como una falta de educación, sino que ya estaba acostumbrado a ello y sabía que lo necesitaba. La mayoría de veces íbamos abrazados por la calle, como si fuéramos pareja, aunque nunca había pasado nada entre nosotros. Nos hacíamos fotos y él las colgaba en su cuarto, luego jugábamos a la XBOX, o a veces a la Play Station 3, aunque para jugar a éste teníamos que meternos en su cuarto y era ahí dónde me quedaba completamente frita entre sus brazos. Fue entonces cuando empecé a comprender sus pesadillas. Hubo un tiempo en que frecuentaban mucho y yo me dedicaba a ponerle paños de agua fría en la frente, a darle besos en la mejilla o a abrazarle con fuerza para reconfortarle y que el mal sueño desapareciese. Pero, claro, no podía estar todos los días metida en su cama, ¿verdad? Porque yo no era su novia, ¿no?

Me quedé mirándole y me pregunté si alguna vez se habría planteado que él y yo pudiéramos llegar a ser algo más que amigos… A veces fantaseaba, como cuando fantaseaba con Siffer. Aunque a Siff ya lo tenía como a un caso perdido. Nunca abriría los ojos. Además, me sentía más a gusto con Krisz. Él me entendía. Era simpático, callado, tímido y guapo.. Lo había pasado igual de mal o peor que yo, le gustaban los videojuegos, el cine y el dibujo. Le gustaba fotografiarme en su tiempo libre, o venirme a ver al Hard Rock Café para chincharme un rato. Y era guapo. Ladeé la cabeza, mirándole. Él decía que no: pero lo era. Tremendamente guapo. Al menos, para mí, sí. Y adorable.

Aunque tuve que dejar de pellizcarle los mofletes, a lo que hice una mueca, pero bajé las manos sin rechistar y las puse sobre sus hombros. – Me gusta Jet. –contesté, simplemente. Aunque ya debería saberlo.- Y la pizza cogela a la carbonara… -me mordí el labio inferior. Seguía pasándolo mal por lo de su madre, eran las mismas pesadillas de siempre. Quise abrazarle y decirle que no pasaba nada, pero no quería que se sintiera como un niño pequeño. – Te comprendo. Yo tampoco supero lo de mi padre. –sonreí con tristeza y le cogí de la mano. Entrelacé nuestros dedos y apreté con fuerza. – Ven, vayamos fuera. Ya me compraré otro bloc. Vamos a que nos dé el aire. –nos dirigimos hacia la salida y cuando estuvimos fuera, hice que el chico pasara un brazo sobre mis hombros, sin dejarle de dar la mano.- ¿Has tenido alguna novia, Krisz? –pregunté, por sacar tema. Lo cierto es que no me lo imaginaba pidiéndole a alguien salir, pero me hacía gracia saberlo.




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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Sáb Mayo 19, 2012 8:59 am


Hey, sir! ϟ


10:30 am Θ museo tsereteli Θ anya i. vólkova


Krisz se había criado sin saber lo que es tener un padre. Nunca tuvo una figura paterna que le enseñara seguridad en sí mismo, ni tampoco enseñarle a ir en bicicleta. Cuando era pequeño, los niños se burlaban de él porque decían que era huérfano. El niño lloraba, en los brazos de su madre, preguntándole el porqué no tenía un padre como los demás. Se acordó de las palabras que su madre le decía: ‘’Az apja volt, hogy egy jó ember’’. Significaba que sí que tenía uno, que él era un hombre bueno. Luego le comentó que se fue porque quería ser mejor persona, pero siempre lo tendría en su corazón. Mentiras, todo mentiras. Su padre nunca supo de su existencia. Se largó con una fulana cuando tuvo ocasión, dejando a su madre y su hermana mayor solas, sin saber que la primera esperaba un segundo hijo suyo. Imâra era una mujer demasiado sencilla, demasiado buena para este mundo. No le guardaba rencor a su marido, a pesar de que le dejara lágrimas por las noches. En cambio, Akós era todo lo contrario. Arrogante, narcicista, sombrío, frío. ¡Un idiota de primera! Imâra cada día le contaba a Krisz hazañas de su padre, fotos, recuerdos… lo veía como un héroe, pero las burlas de los otros niños no cesaban, hasta el punto que Krisz de pequeño se convirtió en un completo demonio. Golpes, patadas, arañazos, sangre. Se volvió violento. Tiraba del pelo a las niñas, se peleaba con su hermana. Cuando creció, esa agresividad disminuyó hasta el punto de sólo aparecer cuando se enfadaba. Le enseñaron a ser pasivo, a comprender mejor las cosas; a utilizar la palabra antes que los golpes. ¡Cuánto deseaba golpear a alguien! No lo hacía por su madre, sólo por ella. Aguantó el bullying por mucho tiempo, se introdujo en su propia utopía, sacaba buenas notas y consiguió tener el carácter de su madre.

Con el paso de los años, su madre se casó con un hombre que le curó de ese dolor interior que no podía sanar. Trajo consigo una niña más, una chica que sería su hermanastra. No obstante, ella estaba obsesionada con ese niño de ojos azules, acosándolo y siguiéndolo cada vez que podía. Krisz aguantó, porque su madre era feliz. Cuando estuvo en la universidad estudiando derecho, por la televisión vio a su padre. Un pez gordo, donde las cámaras lo grababan entre placeres… mujeres en paños menores bailando para él, mientras Akós mantenía una sonrisa arrogante en el rostro. Krisz se enfadó. Fue a reprocharle a su madre que le había mentido. ¡Tantos años aguantando todo, para que luego le hiciera eso! Estuvo al lado de alguien que le había mentido. Ella dijo que fue por su bien, pero él estaba demasiado enfadado. Y por egoísmo, sólo por egoísmo, decidió marcharse a Rusia, lejos de aquella mujer que no le quiso contar que su padre era un gilipollas. Se mudó a Rusia, conservando un rencor infinito, un odio que creía tener. Hasta que la perdió. Su madre ya no estaba a su lado, ¡y se había ido al otro mundo sin un maldito perdón! No se había podido despedir de ella, su tan dulce madre. Nunca se perdonó eso. Por eso las pesadillas lo atormentaban, por eso lloraba en su tumba, por eso sus ojos se tornaron vacíos. ¿Y lo peor de todo? ¡Su padre era un pez gordo de Rusia! Un magnate de los negocios, que cada vez recibía una pasta y que alguna vez se lo había cruzado por la calle. Se acordaba del día que Akós lo empujó contra el suelo porque se había cruzado en su camino. Estaba a punto de darle un golpe, pero se fijó en sus ojos. Sólo logró detener ese golpe, y como si el pasado lo siguiera, sonrió con nostalgia y se marchó. Desde ese entonces no lo volvió a ver en persona, pero lo odia. Con todo su ser. Es el peor ser humano existente del planeta, asqueroso, odiable. Y, algún día, terminaría con él. Sí, algún día.

Si el egoísmo y el odio no lo hubieran cegado, si se hubiera quedado en Hungría, ella aún estaría viva. Un peso que cargaba sobre sus hombros. Se arrepentía, pero a la vez no. Conoció a personas increíbles que lo ayudaron de salir de aquel agujero negro. Conoció a gente fantástica que le ayudó a volver a ser como su madre, tan amable y tan dulce. Gracias a ellos, no sabría que habría sido de él. ¿Y con Anya? Con la pelirroja compartía una utopía, un mundo paralelo, ajeno a una realidad corrupta, a un lugar donde se sentía lo suficientemente fuerte para seguir sus ideales, para olvidar a su padre, para evitar la agonía que le hacía sentir la pérdida de su madre. Con ella y con sus amigos, todo cambiaba. Sin embargo, era con su amiga con la que solía compartir algún tipo de contacto: un abrazo, agarres, manos entrelazadas. Cosas que le daban vergüenza, sí, pero no sé, se había acostumbrado a ello. Y gracias a eso, su timidez disminuía con los demás. Era extraño y, a la vez, cómodo.

Miró a su compañera a los ojos, al darse cuenta que desde hacía un rato lo estaba observando. Frunció el ceño, mientras pasaba una mano por su cabello pelirrojo, como un gesto cariñoso. —¿En qué piensas, pecosa?— preguntó, asintiendo después de su gusto por Jet. Lo sabía de sobra. Compartían una similitud en cuanto a gustos musicales se refería, con la diferencia de que él no solía llevar los cascos para escuchar música por la calle. Apuntó mentalmente el sabor de la pizza, a sabiendas que después se acordaría, aunque nunca se sabe, había veces que se le olvidaba hasta en qué día vivía. Notó las manos entrelazadas, pero no se inmutó a penas. Era una buena sensación, como si la soledad se esfumara, como si su yin no existiera nunca. —Lo superaremos algún día. Entonces pensaremos en este momento y nos reíremos— sonrió, mientras se dirigían fuera. El museo de arte ya no le parecía tan curioso ahora, ni tampoco la tienda del bloc de notas. Al salir, notó el aire pasar por su cabeza y revolotearle el flequillo que no se había tapado con el gorro. No se sentía agobiado, después de todo. Anya hizo que pasara un brazo sobre sus hombros, siguió sin decir nada acerca de ello. Es más, le gustaba. Lo que más le sacó de contexto fue la pregunta. No se la esperaba para nada. ¿Eso era lo que estaba pensando antes? Observó a la pelirroja, oscilando si contestar o no. Suspiró, volviendo su vista hacia el frente, hacia la gente que pasaba. —Sí, he tenido varias en Hungría. La mayoría eran unas brujas que sólo se dedicaban a jugar conmigo. También es que era un niño rebelde y algo masoca— soltó una pequeña risa, cierto era. —De niño era diferente a como soy ahora— bajó la mirada, prosiguiendo. —Creo que la última novia que tuve fue hará unos cuatro años. Desde ese entonces no he tenido más, ni tampoco me he fijado mucho en el aspecto de buscarme una pareja. La mayoría de chicas que van conmigo sólo son amistades, así que… bueno, supongo que echo de menos sentir algo, o que alguien me preste atención de esa forma, aunque ese día ya llegará alguna vez, no sé. ¿A que venía la pregunta?

Off: Qué largo me ha salido .___. Lo siento xD

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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Sáb Mayo 19, 2012 10:46 am


» HEY, SIR!




Cause everybody's gotta
die sometime


CON KRISZTIAN R. SZILÁGYI × EN MUSEO TSERETELI × CLIMA TEMPLADO

Yo nunca había sido una chica tímida. Puede que a veces me cortara preguntar algunas cosas, cómo si alguien era virgen o algo por el estilo, pero es que directamente eso no se preguntaba. Si tenías interés en una cosa así era porque o bien se trataba de tu mejor amigo o bien querías algo con esa persona. Pero con la confianza que le tenía a Krisz, me vi capaz de preguntarle al menos por el tema de las novias. Quiero decir, tenía curiosidad, no era nada malo, ¿verdad? Me gustaba saber lo que pensaban los demás de ese tema. A veces me encontraba con gente que odiaba las relaciones de pareja, otras personas que las amaba, otras que les repugnaba ver a otras personas besándose en medio de la calle. Opiniones distintas, parecidas, de todo un poco. Me encantaba ver como la gente se contradecía a sí misma… Pues sí, yo era de las que preguntaba, escuchaba atentamente y apuntaba. Luego, cuando la gente cambiaba de opinión, allí estaba yo recordándoles lo que habían dicho tiempo atrás. De todas formas, no buscaba reírme de Krisz, sino todo lo contrario. Su opinión me importaba, me interesaba. La que más. Así que cuando me llamó pecosa, presté toda la atención del mundo, pues no quería perderme ni una sola palabra de lo que diría a continuación.

Y escuché. No hablé, solo escuché. Mientras aguzaba el oído, pues dentro del museo lo escuchaba perfectamente ya que nadie hablaba, o casi nadie, pero fuera tenía que poner más atención de la debida porque la gente gritaba, los niños jugaban y las parejas peleaban o se besuqueaban, le arrebaté el gorro que llevaba en el bolsillo. Krisz siempre llevaba un gorro. Me gustaba esa manía suya, era como una etiqueta. Cuando la gente resultaba distintos a los demás, me llamaban más la atención, lo que hacía que les prestara más atención. De todas formas, aquel día me había levantado con ganas de hacer el tonto y sabía que cualquier cosa que hiciera, le subiría el ánimo a Kris, por lo que me enfundé el gorrito tal y cómo él lo llevaba siempre y continué caminando a su lado. Acurruqué mi cabeza en su hombro. No es que yo fuera bajita, pocos chicos eran más altos que yo, pero Kris era uno de ellos, por lo que no desentonábamos mucho. Desvié la mirada cuando mencionó Hungria. Krisz había dejado muchas cosas allí: a su madre, a sus hermanos. Había dejado una vida, como yo en América. Los dos habíamos terminado en Rusia por la misma razón: huíamos. Pero el tiro nos había salido mal, y habíamos terminado encontrando aquí al responsable de nuestro sufrimiento. Él a su padre y yo a mí madre. ¿Qué diferencia había? Mi madre me abandonó, me repugnaba. Su padre le abandonó, le daba asco. Su madre le había querido, igual que mi padre a mí, pero ahora ambos estaban muertos. Quizá lo suyo había sido peor, porque él no había tenido tiempo de pedirle perdón, de despedirse. Yo sí. Pero él tenía más familia, yo no. Por lo que pensé que lo que le faltaba a uno, el otro lo tenía, y al revés.

Tampoco me gustaba pensar en la idea que podían haber utilizado a Krisz. Eso de las relaciones por interés lo había vivido de primera mano: con Siffer y Aleksandra. Pero no sabía porqué, cuando pensaba en Siffer me invadía un tenue dolor amargo y cuando pensaba en que podrían haber hecho daño a Krisz, a mi pequeño Krisz, me invadía una rabia y una agresividad incontenibles, como si fuera capaz de agarrar las armas de Ezio en Assassin’s Creed y ponerme a matar a todo el mundo con la careta de V de Vendetta, gritando “¡venganza!” por las calles de Rusia en italiano.

Me puse roja en cuanto a su última pregunta. Las frases de V se borraron de mi cabeza como si acabaran de pasar una goma de borrar. Tragué saliva torpemente y me atraganté, comenzando a toser enseguida. Me incliné hacia adelante. Un par de veces más. Después me eché el flequillo hacia atrás con la mano y bajé el volumen del iPod para no marearme. Tenía sed. Maldito clima: cambiaba cada dos por tres, como le daba la real gana. Me incorporé y busqué apoyo en su brazo para no caer. Carraspeé para aclararme la voz y no giré la cabeza hacia él: el cabello me tapaba los ojos y las mejillas, no quería que viera el rubor en mis mofletes.

- Yo… -susurré. Me quedé algo parada. ¿Qué le diría ahora? ¿Cuál sería mi respuesta? Quiero decir, que estaba tan nerviosa que no sabía qué contestar. ¿Y por qué estaba tan nerviosa? Él solo era mi amigo. Solo mi amigo. Amigo, amigo, amigo, amigo, amigo, amigo. Pero no sabía porqué esa palabra me dolía, cuando nunca antes lo había hecho. Era esa étapa en la que empezabas a pensar en cosas que nunca serían posibles, a fantasear, porque para ti, tu mejor amigo, uno de tus grandes amigos, era perfecto. Pero temías sentir algo más por él por si la cagabas. Así me sentía yo, pero primero debía admitirlo frente a un espejo antes que admitirlo frente a él. Llevaba mucho tiempo callada, por lo que supuse que era sospechoso, y decidí hablar, por fin. – No es nada. Curiosidad, supongo. Pensé que tendrías alguna novia aquí, en Rusia, de la que nunca me habías hablado. O quizá que sentías algo… por alguien… -abrí algo más de lo normal los ojos, mi mirada fija en el suelo. Esperaba que no le entrara curiosidad por mirarme a los ojos, por ver esa faceta tan misteriosa mía. Porque parecía que no me enteraba de las cosas, que yo era la chica de los casquitos que no tenía sentimientos y no se empanaba de nada, pero no era cierto. Tragué saliva, otra vez, pero tuve suerte de no atragantarme de nuevo. Alcé la cabeza deprisa, rezando porque mi movimiento rápido le desconcertara lo suficiente como para no percatarse del rojo de mi cara. - ¡Mira! Allí hay una pizzería. Podemos quedarnos allí. –señalé un local en la misma calle. Conocía la pizzería, era un italiano de buen precio que hacía una comida deliciosa. Había ido un par de veces, sola. – Yo nunca he tenido novio. –dije, antes de que pudiera hablar sobre el otro tema. Desentrelacé nuestros dedos y me froté las manos entre sí, con nerviosismo.- Los chicos decían que era guapa, en América, decían que les gustaban mis pecas. –de nuevo me sonrojé- Pero nunca les creí. Quiero decir, nunca he necesitado novio. Siempre he preferido estar sola en mi mundo, porque pensé que nadie lograría comprenderme jamás. Pero… llega un momento, a veces, en los que me gustaría… sentir las cosas que sienten los demás, no ser tan fría. Me gustaría enamorarme. Pero tengo miedo de hacerlo de la persona equivocada, de cagarla. ¿Comprendes? –aunque había hablado tan rápido y atropelladamente que no sabía si había conseguido entender algo de lo que acababa de decir. Además, cada vez nos acercábamos mucho más al restaurante, y tenía la sensación de que una vez entráramos dentro y pidiéramos mesa, esa conversación terminaría y pasaría a ser una completamente nueva.

Seguramente Krisz estaba flipando conmigo. Nunca había hablado tanto en mi vida.



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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Dom Mayo 20, 2012 7:41 am


Hey, sir! ϟ


10:30 am Θ museo tsereteli Θ anya i. vólkova


Mientras se había dedicado a contarle a su amiga lo de sus ex−novias brujas, le vinieron a la cabeza todas ellas. No, no eran muchas, pero sí las suficientes como para darle la espalda durante años a ese sentimiento que, a la vez de agradable, era angustioso. La primera novia que tuvo fue a los doce años. No se consideraría una novia hecha y derecha por el hecho de que a esa edad lo único que se buscaba era la experimentación, ni siquiera sabían lo que era un beso con lengua, y nunca se les había pasado por la mente el hecho de ir más allá de un beso. En esa época, los niños sacaban la lengua con arcadas ante la presencia de una niña, y éstas empezaban a desarrollarse, jugando a sus muñecas. Claramente ahora, en 2012, todo eso se ha ido por la borda. Las otras vinieron cuando era más mayor, entre las cual una sólo había hecho una apuesta a ver a cuántos tíos hacían perder su virginidad y la otra era por interés. La última que tuvo podría decirse que fue la única que no jugó con sus sentimientos, pero terminó mudándose a Kiev, donde estudia su hermana mayor. Había veces que se enviaban correos electrónicos, pero ya no era lo mismo. Inclusive dijo que en verano aparecería por Rusia para hacerle una visita, a pesar de que él ya no tenía las mismas ganas de verla como hace años atrás. Luego estaba la acosadora de su hermanastra, que intentó en varias ocasiones besarle e incluso llegar a meter mano, pero con ella toda timidez se iba por la borda y empezaba el enfado. Con su familia no era tímido, y como la consideraba parte de ella, entonces le dejaba las cosas claras. Encima el padre ni se limitaba a pararla, por mucho que le empezara a coger la mano delante suya, y Krisz sólo se limitara a apartarla con una mueca de fastidio.

Sí, puede que le sorprendiera la pregunta, pero después de todo era confianza pura lo que había entre ellos dos y no iba a callarse nada, seguramente sólo lo de su hermanastra, porque esas cosas terminan por no contarse, además que se añadiría un pequeño cabreo y no tenía ganas de pensar en esa tipa. Cuando era más joven hasta se iba de fiesta y acababa en camas ajenas de chicas que se habían interesado por él. Se sentía como Rajesh en the Big Bang theory, cuando el indio no sabía hablar con mujeres delante y luego al beber, esa perspectiva cambiaba. El alcohol le había hecho borrar algunos recuerdos respecto a noches de fiesta y demás, por lo que después de acabar en la cárcel por una pelea de bar, a causa de un tío que decía que le había quitado la novia, cuando ésta había cortado con él, prefirió no beber más o, al menos, no beber en exceso. Al llegar a Rusia quiso cambiar esa faceta de su vida, convirtiéndose en la persona que quería ser, en la que tenía que haber sido siempre. Dejó de tener interés por el alcohol y por las mujeres en ese aspecto, pues además siempre le habían interesado de otra forma. Se guiaba por su forma de ser y no por su instinto animal. Prefería razonar antes de cometer locuras, como muchos hombres hacían: pensar con la entrepierna. Así, que si surgía la ocasión, pues perfecto, pero antes tenía que conocer a esa chica, porque no quería repetir lo de las camas ajenas. ¡E incluso una gótica le dijo que iba a ser el donante para el nacimiento del diablo! Cosas raras… En esos dos años que estaba en Rusia, no había besado a nadie, ni tocado a nadie, ni nada. Como mucho, esos gestos cariñosos que compartía con Anya y sus otras amigas. Y, ciertamente, se sentía a gusto. Prefería que alguien le gustara antes de dar el paso de nada. Pero… ¿y si le gustaba alguien ya? Se sonrojó sin quererlo, ante sus propios pensamientos.

Anya le había robado el gorro del bolsillo y se lo había puesto ella, tal y como Krisz lo llevaba puesto. Normalmente, entre ella y Wâsh siempre suministraban sus gorros, e incluso desaparecían de su cajón por días. No le molestaba, siempre y cuando se los devolvieran, porque era como un hobbie, una colección. Tenía una obsesión y manía por los gorros: viaje que iba, gorros que se traía. Y ni decir de las gafas de sol o las converse. Sonrió. ¿En qué estaría pensando la pelirroja? Después de formularle la pregunta, y después de que él respondiera, se había mantenido pensativa y escuchaba lo que decía, sin interrupciones. Los papeles estaban invertidos esta vez, él no hablaba mucho de su vida, simplemente se dedicaba a escuchar la de los otros, porque le gustaba ver que alguien había tenido una vida mejor que la suya. Pero cuando escuchó la de Anya, comprendió que todo no era de color rosas, y que más o menos tenían una historia parecida, por lo que seguramente el sufrimiento era el mismo, y eran capaces de comprenderse, a diferencia de otra persona que no había pasado por ello antes.

Observó a su acompañante cuando empezó a toser, de reojo. ¿Habrá sido por la pregunta formulada? Notó cierto rubor en las mejillas de la chica, cosa no muy común, pero le pareció gracioso. Evitó reírse, fingiendo no haber visto nada. ¡Era adorable! El color de sus mejillas pegaba con el pelo. Cuando empezó a hablar, ladeó la cabeza, comprobando que no quería que viese el sonrojo, aunque debería de haberlo hecho antes, porque ya lo había visto. Le apartó un mechón molesto de la cara, por mucho que estuviera casi tapada por el flequillo y eso, como si intentara ocultarse. Notó su nerviosismo, y llegó a preocuparse. Digo, no es normal que se pusiera nerviosa por algo así, ni mucho menos que no tuviera una respuesta a una pregunta. Quizá no debería haberle preguntado aquello, seguramente había sido curiosidad. Sin embargo, por su mente se le había pasado otra posibilidad, una respuesta totalmente fuera de contexto que no se le había ocurrido antes. ¿Y si…? No, claro que no. Qué estupidez. Esperó a que continuara lo que iba a decir, pero al parecer no hablaba. Estuvo a punto de preguntarle, pero entonces fue ella quien respondió, finalmente. Tragó saliva por su respuesta. Dedicó su vista hacia el frente, volviendo a las respuestas fuera de contexto, por no esperarse eso último que había dicho. ¿Le gustaba alguien? ¿No? ¿Por qué se sentía tan bien a su lado? ¿Por qué ella se sonrojaba? Negó con la cabeza varias veces, hasta darse cuenta que Anya no miraba, así que respondió. —¿Algo por… alguien? Pues… no sé… a lo mejor no quiero sentir nada para no fastidiar la relación entre ella y yo. Supongo. No sé…— no tenía que haber dicho eso. ¡Mucha información! Quiso dejar de pensar en esas bobadas, además de que recibió ayuda por parte de su acompañante, que dijo lo de la pizzería tan de repente que lo sacó de su mente enseguida. —Ah, esa pizzería. Hacen buenas pizzas— dijo, sin más. Había ido también un par de veces, era barata −aunque eso para él no era un problema− y se comía bien, además de que las pizzas a la carbonara de ese sitio las hacían a su gusto.

Escuchó atentamente lo que ella dijo a continuación, antes de que se volviera a ir la conversación hacia otro tema. ¿Nunca había tenido novio? Le sorprendía, por el hecho de que ella era guapa. Tal vez estaba encerrada en su mundo, pero eso era lo que la definía, y a él eso le llamaba la atención. Entendió todo a pesar de que lo dijera apresuradamente. Su hermana hablaba así casi siempre, parecía que tuviese toda la prisa del mundo en hablar, así que terminó acostumbrándose. —Comprendo— y tanto. A él le había pasado tantas veces que sí, hasta empezaba a tenerle miedo a ese sentimiento. Conforme caminaban al restaurante, Krisz se tomó su tiempo en asimilar las cosas y hablar. Hubo un silencio durante unos segundos. —Estoy de acuerdo con esos chicos. A mí también me gustan tus pecas— murmuró, para después girarse a mirarla, de nuevo con el ceño fruncido. —Nunca… ¿nunca has besado a nadie, tampoco?— quizá sería una pregunta tonta, una pregunta fuera de lugar… sólo era curiosidad. La misma curiosidad con la que antes había formulado Anya su pregunta.


Thanks Sophie.


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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi Dom Mayo 20, 2012 8:52 am


» HEY, SIR!




Cause everybody's gotta
die sometime


CON KRISZTIAN R. SZILÁGYI × EN MUSEO TSERETELI × CLIMA TEMPLADO

Aquella conversación me hizo recordar viejos tiempos, en Nueva York. Desde que nací había vivido allí. No había conocido ningún otro mundo, solo aquél. Mi padre nunca mintió sobre mamá, siempre me contó la verdad. Me dijo lo cruel que había sido conmigo… Nunca mencionaba, o casi nunca solía mencionar, el daño que le había hecho ella a él. Supuse que lo único que quería que supiera era que ella no me quería. Lo hizo por mi propio bien, para prepararme para el mundo real. Me iban a dar palos, muchos, y si no estaba atenta y no los veía venir, dolerían el doble. El triple. Todos los días, antes de irme a dormir, como no era religiosa le daba las gracias a mi padre en lugar de a Dios. Y vosotros preguntaréis, ¿por qué le daba las gracias? Pues por enseñarme que los amigos de verdad están ahí en las buenas y en las malas, por comprenderme cuando llegaba del colegio después de un mal día y me ponía a llorar en su regazo, por abrazarme cuando lo había necesitado, por enseñarme a vivir, por hacerme feliz. Por criarme tan bien que nunca necesité una madre. Quizá por eso nunca tuve la necesidad de comprarme vestidos de princesas Disney, o de vestir con faldas y blusas escotadas. Es más, casi siempre jugaba a videojuegos agresivos y vestía con camisetas anchas y pantalones ajustados, negros en su mayoría. Con cadenas y chaquetas de cuero oscuras, y el cabello revuelto. A veces, cuando hacía mucho calor en verano y no soportaba el flequillo, me lo echaba hacia atrás y éste terminaba por desaparecer en mi maraña de pelo pelirrojo.

Hubo un tiempo, en el instituto, en el que las chicas me envidiaba. Yo me pensaba que con mis casquitos de vez en cuando –por aquel entonces aún no tenía la obsesión que tenía en aquellos momentos, sino que era algo más sano, pues podía pasar sin ellos durante un día entero- no llamaba la atención. Pero era todo lo contrario. Allí, en Nueva York, la mayoría de chicas eran muy femeninas. Y más si ibas a un colegio de dinero. Muchas intentaban ser rebeldes sin causa, pero lo cierto es que no eran ni un simple proyecto de aquello. Nunca me había gustado juntarme con ellas, con nadie, en realidad. En casi todas las clases me sentaba de forma individual, si podía. Y en las que no, siempre me tocaba con el marginado de la clase. La diferencia entre él y yo era que a él lo marginaban para hacer la broma y yo marginaba al resto de la sociedad de mis campos de flores imaginarios. Porque sí, dentro de ese caparazón oscuro, dentro de los pantalones ajustados negros, las camisetas anchas de grupos poco conocidos, las botas militares y mi bandana negra –así era yo en mis años de instituto, ahora me había relajado un poco- habían mundos de fantasía increíbles. En medio de clases que no me importaban, tipo biología, física o química, me ponía a dibujar ese mundo de ensoñación en el que aparecía todas las noches. Allí ya iba construyendo mi propio mundo… mi barrera antisocial. Por eso todo el mundo me miraba mal, por eso todos se fijaban en mí: en la chica que acudía a clases con su guitarra a la espalda y que, en el patio, se ponía a tocar acordes sueltos a tono de Elvis Presley, en su esquina. A veces, pero solo a veces, las niñas y niños de primer curso, los más pequeños y los más inocentes, se unían a coro a algunas melodías conocidas. Cantaban, reían y yo me sentía feliz, de algún modo.

Pero después todo cambió. Cuando mi padre murió… ni siquiera lloré. Me arrodillé en el suelo, frente a su cama, en su lecho de muerte. Le acaricié el cabello y le canté una nana, como si aún estuviera vivo y me pidiera que le tararease alguna canción, tipo Hey There Delilah, para irse a dormir. Aún recordaba sus ojos cerrados, su pecho sin vida. Ese pecho que siempre subía y bajaba con rapidez por las dificultades respiratorias. Yo había heredado algo de ese asma que él tenía, pero gracias a alguna fuerza magicomística, esa enfermedad no interfería a mí día a día. Pero el médico me había recomendado que me comprase un ventolín, por si acaso, y me había recetado unas pastillas para mi alergía a las picaduras de mosquito y unas bolsas de papel para respirar cuando tenía mis típicos ataques de ansiedad. Aunque que yo supiera ninguno de mis amigos estaba enterado de ninguna de mis enfermedades, pues ellos creían que me encontraba perfectamente bien de salud. Yo no era de ese tipo de personas a las que les gustaba ir dando pena, o ir pidiendo ayuda. Yo era de ese tipo de personas que quería valerse por sí misma. Y cuando me costaba respirar, simplemente echaba mano al ventolín que llevaba siempre en el bolsillo. Y si me entraba el ataque de ansiedad, pues me encerraba en mi habitación hasta que se me pasara. Y, en verano, me hinchaba a pastillas por culpa de los efectos secundarios de las picaduras. Me gustaba sufrir en silencio. Me gustaba no mostrar mis sentimientos.

Pero en aquel momento me era imposible no mostrar lo que sentía: ansiedad, nerviosismo. Mi pregunta había despertado su curiosidad. Algo que yo pensaba que él respondería y después terminaría derivado en otro tema, un tema sin importancia, como de los que siempre hablábamos, había terminando siendo el principal tema de conversación de aquella mañana. Y, pronto, de medio día. – O sea, que te gusta alguien, pero te reprimes. –susurré, comprendiendo poco a poco sus palabras. Aunque a lo mejor lo había entendido mal, quien sabe. Pero no pude evitar hacer un leve puchero, que también tape con mi cabello y deseé que el chico no apartara el pelo de mi rostro como había hecho minutos antes, porque aquello haría que mi sonrojo aumentase y realmente no sabía porqué me ponía así. ¿Por qué estaba nerviosa? ¿Por qué me molestaba el hecho de pensar que al muchacho pudiera gustarle alguien? Joder, era mi amigo, solo eso. Solo éramos amigos. ¿Por qué? Preguntas, preguntas y más preguntas que mi subconsciente podía contestar, pero que yo eliminaba enseguida.

Y luego me paré en seco al escucharle hablar sobre mis pecas. Me quedé quieta en la acera. Una muchacha con una falda corta que tenía prisa, supuse por la bolsa que llevaba que trabaja en el teatro que no había muy lejos, me empujó y yo ni me inmuté. Mis ojos estaban muy abiertos, fijos en el suelo. ¿Le gustaban… mis pecas? Muchas veces me había llamado pecosa, pero yo pensé que era un simple mote, o que quizá no le gustaban. Mucha gente pensaba que eran como puntitos en mi cara, como los píxeles que se veían en un videojuego malo. Por eso nunca le había preguntado, y él nunca había comentado, que mis pecas le resultaran bonitas, graciosas o cualquier tontería de esas. En resumen, que le gustaran. Alcé la cabeza. – Gr… gracias…-.

El aire revoloteó mi cabello y tapó mis ojos. Resoplé y me crucé de brazos: pero en mí era más un signo de nerviosismo que de otra cosa. Miré a mí alrededor y me di cuenta de me había parado justo enfrente del restaurante: así parecería que me había parado aposta y no porque mis piernas temblaran sin razón aparente.

Su pregunta me tomó por sorpresa. – ¿Besar a… quién? –pregunté. Besar… nunca me había parado a pensar en sí algún día yo besaría a alguien. Me relamí los labios y me llevé una mano a ellos, palpándolos por vez primera con curiosidad. ¿Le resultarían atractivos a alguien? ¿Tanto como para querer besarlos? Miré a los ojos a Krisz y negué con la cabeza.- No, nunca. – fruncí el ceño- Quiero decir… mezclar saliva con alguien… ¿Cuántos gérmenes hay en la boca de cada ser humano? –intenté recordar las clases perdidas de biología dibujando y conté con mis dedos.- Tú has tenido novias, así que supongo que sí que has besado. ¿Qué se siente? –le miré con mis ojos medio verdes muy abiertos, curiosa. Supongo que ahora el chico comprendía porqué yo nunca dibujaba a personas besándose o abrazándose: una cosa con la que no te sientes identificado, no puede ser dibujada, al menos no por tus propias manos y menos salida de tu propia mente.




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MensajeTema: Re: Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi

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Hey, sir! ϟ Krisztian R. Szilágyi

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