Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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∞ Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando.

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MensajeTema: ∞ Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando. Miér Mayo 09, 2012 9:33 am




Título del tema.


Sábado ∞ Mesa diecisiete ∞ 18.40 horas ∞ Nadia
Tonteaba con el asa de la jarra recorriéndola con el dedo índice, repasando su perfil y de vez en cuando introduciendo sus dedos por el medio círculo. Al lado de la misma, se encontraba otra ya vacía, lo que le indicaba a cualquiera que aquella era la segunda rubia que se bebía aquella tarde. El ambiente estaba cargado por el humo de los cigarrillos y los puros de los clientes del lugar, además de el rumor de fondo de diversas conversaciones que hasta llegaba a resultar agradable. La gente no hablaba en un tono excesivamente elevado, por lo que se podía pantener una conversación tranquila sin problemas, y por ello aquel era uno de los bares favoritos de Jôn en la ciudad, y más aún para llevarla a ella. Había quedado con Nadia, pero su impaciencia podía siempre con él, y a los quince minutos de haber llegado al lugar ya se había comenzado su segunda cerveza. Miraba constantemente a la puerta, sonase o no, para ver si la que entraba por ella era en alguna ocasión su invitada. Sus pies bailoteaban bajo la mesa mientras se movían de lado a lado o rebotaban contra el suelo de manera impaciente al mismo tiempo que si mente se hallaba perdida en algún lugar lejano y su mirada fija en la jarra de cerveza que en poco tiempo comenzaría a estar por la mitad. Se la acercó a los labios y dio otro profundo trago mientras el humo del cigarrillo de la mesa de al lado, demasiado cercana, se colaba en el interior de sus fosas nasales.

Estaba deseando verla, tenía que reconocérselo al menos a si mismo. Por una parte, necesitaba a la Nadia amiga, a la que le daba su punto de vista, para desahogarse tras su encuentro con Wâsh, ya que de alguna forma sentía la necesidad de hablarlo, y sabía que la mejor persona en esa ocasión era la castaña. Le había revuelto las tripas todo aquello, y si no lo soltaba pronto acabaría estallando, así que sabía que Nadia podría estar ahí para escuchar. Y por otra parte... Seguía pensando en todo lo que había ocurrido con ella en unos pocos días. Sentía que ya no podía verla de la misma manera que antes. No, era evidente que no iba a comenzar a sentir nada sentimental por ella, no al menos por el momento, pero si que había cambiado su manera de mirarla. Desde un principio su físico le había atraído más de lo que se habría esperado, y tras irla conociendo se había dado cuenta de que tenía cerca suyo a una de las tías más fantásticas que había tenido delante. Así que lo ocurrido no había sido nada que lamentar para él, y después de haberlo hablado, sabía que Nadia estaba bajo el mismo punto de opinión. Algo que, sin duda, logró subirle la autoestima más de lo necesario. Por lo que una única pregunta rondaba su mente cada vez que pensaba en ello, y era que, ¿acabarían por volver a repetir aquello? Sonrió, soltó una pequeña risa con solo pensarlo. Venga, no podía negarlo. Se moría de ganas.

Volvió a darle un trago a la rubia y, esta vez, se pasó la lengua por el labio superior para retirar cualquier resto de la espuma que desprendía. Podría quedarse a vivir allí eternamente, pues los bares solían transmitirle una atmósfera de tranquilidad siempre que todos fueran similares a la de aquella, con un tono de voz medio y sin un solo reloj con el que poder enterarse de cómo pasa el tiempo sin que te des ni cuenta de ello. Al fin, la puerta volvió a abrirse una vez más puesto que una corriente de aire fresco se coló por ella y advirtió del hecho al muchacho. Giró su cabeza, y con una ridícula sonrisa de embobado comprobó que era la persona a la que estaba esperando. Alzó la mano para llamar su atención y que entre la muchedumbre pudiera advertir dónde estaba, y después volvió a echarle un vistazo rápido a su jarra, que iba a algo menos de la mitad. Cuando notó que llegaba a su posición, entrecerró los ojos fingiendo molestia. — ¿Qué horas son estas, jovencita? —comenzó, elevando ligeramente el tono de voz por si acaso no se le escuchaba con claridad. — Yo pensaba que tú eras de las que llegaban pronto. —sonrió enarcando una ceja y mirándola fijamente. Le parecía una de las mujeres más preciosas que había visto nunca, por lo que sabía que se podía tirar horas contemplándola sin cansarse.

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MensajeTema: Re: ∞ Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando. Miér Mayo 09, 2012 7:21 pm



YO TAMPOCO SÉ VIVIR, ESTOY IMPROVISANDO.




Con Jôndalar ๑ Sábado, 8.40 pm ๑ Noor Bar ๑ Mesa 17

¿Por qué caminar con prisas, aunque llegases tarde, un día que podía tomárselo a la ligera? Era el primer Sábado que libraba en meses, y por ello es que había aceptado la invitación de Jôndalar para ir a tomar algo a un bar. Mientras andaba por las calles de la ciudad dirigiéndose hacia el punto de encuentro ya podía proyectar la imagen de aquel atractivo muchacho esperándola sentado en alguna mesa, quizá ya con la primera rubia de la noche entre sus manos y con el corazón impaciente por verla entrar por la puerta. Se dijo a sí misma que ya bastaba, que llegar diez minutos tarde era pasable, pero veinte e incluso media hora ya era demasiado. Así que el forcejeo de sus tacones contra el suelo se abrió paso a marchas forzadas y le ganó terreno a la distancia que la separaba de aquel bar. Del Noor Bar. Cruzó la calle y giró a la izquierda por otra y a lo lejos ya pudo observar el letro. Aquellas inconfundibles lucecitas de neón que a aquellas horas debido a la claridad estaban apagadas. La separaban pocos metros del lugar, y mientras se encaminaba hacia la puerta de entrada, pasó los dedos de la mano derecha por sus cabellos intentando revolverlos un tanto, o más bien, peinarlos como ella siempre solía hacerlo. Aquel era un gesto frecuente en la morena, que quizá albergaba otro significado; impaciencia, nerviosismo. Y la realidad no distaba demasiado de aquellos pensamientos, pues lo prometedor de aquella tarde estaba poco a poco acercándose, conforme ella ponía un pie más adelante que el anterior y repetía el gesto de forma sucesiva.

Y por fin, una de sus manos tocó la puerta fría de madera, quien había sido castigada las anteriores semanas por la dichosa perseverancia del mal tiempo. En las calles refrescaba, y en cuanto empujó el portón hacia adentro para que este se abriera, el calor la azotó en el rostro y sus mejillas se tiñeron instantáneamente de un gracioso color escarlata. Lo primero que hizo fue mirar hacia la barra por si Jôn había decidido aquel día cambiar su costumbre y sentarse allí. Normalmente, conseguía alguna mesa si es que el local no estaba abarrotado, pues no tenía por costumbre sentar su trasero en alguna de las banquetas que rodeaban las barras de los bares. Tan solo lo había visto hacer en uno, y eran en Soho Rooms, donde ella trabajaba de camarera. Una vez comprobó que no se encontraba allí, decidió pasear su mirada por el local, intentando encontrar su rostro o aquel pelo revuelto que adornaba su cabeza. Y no tuvo que buscar demasiado, pues en seguida sus ojos se encontraron con la mano del joven y su expresión satisfecha enmarcándole el rostro. Con pasos firmes y seguros, y con la desenvolura de alguien que trabajaba en un bar y que solía siempre moverse sobre aquellos tacones, cruzó la sala y se dirigió a la mesa donde su acompañante aquella tarde se encontraba. No se había confundido al pensar que ya habría empezado a beber sin ella, y una sonrisa curvó sus labios al percatarse de que no solo había sido una, sino dos las cervezas que le habían acompañado en el transcurso de su espera. No se había ni siquiera sentado cuando Jôn alzó la voz y, de forma divertida, le recriminó su retraso. A lo que ella simplemente respondió dedicándole una mirada a las dos rubias que yacían en la mesa, una completamente vacía y la otra apunto de unirse a su compañera. ― No te quejes, que tampoco es como si hubieras perdido el tiempo. ― La risa inundó la calidez entre los dos cuerpos y entonces Nadia se quitó la chaqueta de cuero que la cobijaba del frío, depositándola en el respaldo de la silla. Giró sobre sus propios pies y flexionó el tronco, quedando a la altura de Jôn ―quien estaba sentado― y plantando un sonoro beso en su mejilla.

Lo último que hizo antes de sentarse fue indicarse mediante gestos al camarero que atendía en la barra que quería una rubia, pues era más fácil comunicarse con él estando de pie que sentada, y así no tenía que acercarse hasta la barra. Tras esto, por fin asentó su trasero sobre la silla de madera y se dedicó a mirar durante unos instantes a Jôn. ― ¡Ay que ver! Una se retrasa un poco y ya empiezan la fiesta sin ella. ― Resopló como si verdaderamente estuviese molesta con él, pero lo cierto es que le divertía aquello. Aún no entendía como siempre Jôn empezaba a beber antes que ella sabiendo las consecuencias. Normalmente, Nadia toleraba algo más el alcohol que su amigo, y por tanto, tardaba un poco más en perder sus facultades y emborracharse. Y aún encima, siempre el joven conseguía sacarle ventaja con las rubias, los cubatas o lo que fuera que bebieran. Era algo que todavía no podía comprender, pero un bonito recuerdo que llevarse al cajón.

Te veo bien. ― Y no, no preguntó el típico qué tal estás. No porque mantenían el contacto a diario, ya fuese llamándose o a través de la mensajería instantánea, así que veía un gilipollez realizar ciertas preguntas cuando se encontraban, lo que no significaba que le negara ciertas palabras de apreciación en cuanto a su estado. El silenció reinó entre ellos durante unos efímeros segundos, tan solo roto por el sonido que hizo la jarra al ser depositada sobre la mesa por el camarero. Con un casi silencioso gracias hacia él se retiró, y ella cogió con su mano derecha el mango, sin quitarle ni un solo segundo la vista de encima al muchacho que la acompaña. Joder, lo había echado de menos. Los turnos en el bar no habían hecho posible que se vieran con más frecuencia, y desde hacía dos semanas no se veían las caras. Aunque quizá aquel pequeño tiempo de reflexión no les había venido del todo mal, no después de lo ocurrido en su último encuentro. Porque sí, era la primera vez que se veían después de haberse acostado. Nadia jamás hubiera pensado al conocerle que acabarían de aquella manera, y no estaba hablando de sentimientos más allá del roce físico o la amistad, sino simplemente de aquello. De lo que les había pasado. De lo que habían terminado haciendo. Y la rusa mentiría y se mentiría a sí misma si negaba que no le había gustado. Porque lo había hecho, sin duda: y sería hasta incluso capaz de repetirlo, siempre y cuando siguiese controlando sus propios sentimientos. Pues todos sabemos que el roce, hace el cariño. Y demasiado roce puede llegar a crear verdaderos incendios.


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MensajeTema: Re: ∞ Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando. Vie Mayo 11, 2012 1:27 pm




Título del tema.


Sábado ∞ Mesa diecisiete ∞ 18.40 horas ∞ Nadia
Él también rió. No supo si bajo el efecto del alcohol que, poco a poco iba a haciendo su efecto natural, o por cierto nerviosismo que le provocaba la situación. Ni siquiera se paró a contemplar la opción de que podía ser porque se sentía a gusto con Nadia, cuando realmente era la más cercana a la explicación. Cortó su risa, entonces, cuando notó los labios de la chica sobre su mejilla, lo que dejó en su rostro una sincera sonrisa de amabilidad y, por supuesto, encanto de tenera allí. Realmente se sentía con mayor vitalidad cuando la castaña andaba cerca, y no podía encontrar el porqué, no esta vez. Mientras ella le hacía gestos al camarero, Jôn volvió a introducir sus dedos por el asa de la jarra y volvió a llevársela a la boca dando otro profundo trago que la dejaba prácticamente vacía. Contempló la posibilidad de pedirse otra antes de que llegase el camarero con la de Nadia, para así ahorrarle ciertas molestias, pero intentó aguantar con lo poco que le quedaba de aquella por respeto a su compañera, ya que tampoco la necesitaba por el momento. — ¡Pero señorita! Si la fiesta acaba de comenzar. ¿No sabes que hasta que no llegan los invitados especiales, todo lo que se haga cuenta como nulo? —comentó exagerando su tono de voz y fingiendo que interpretaba, en aquellos momentos, un papel encima de un escenario—. Así que ya sabes. Tienes que imaginar que aquí no hay nada, no hay dos jarras. ¿De acuerdo? Si no podrían echarme de la fiesta por hacerle un feo a la invitada de honor... —sonrió de manera burlona. Venga, ¿tan pronto comenzaban sus estupideces? Normalmente la alegría no le entraba hasta un rato después. ¿Es que, acaso, necesitaba esta vez estar borracho para estar con ella?

Él, con su extroversión, jamás le habían importado hechos como conocer a gente nueva, hablarle a cualquier desconocido sobre cualquier cosa e incluso enfrentarse a casos como aquel que, por desgracia, le provocaban una gran confusión mental. Sí, porque Nadia hasta ahora había sido su amiga y había conseguido ignorar la atracción sentida por ella desde un primer momento, y aún así... Ahora únicamente le salía tratarla como a todas aquellas a las que quería llevarse a la cama, algo que realmente le disgustaba. Había considerado a la castaña una muy buena amiga, y como tal jamás habría deseado tratarla de una manera vulgar. Y ahora... todo era diferente. Se sentía estúpido a su lado, la comodidad se había esfumado casi por completo y en lo único que pensaba era en acostarse de nuevo con ella, repetir ese desliz que tuvieron y que jamás, creía, olvidaría. Y aquello era lo que le creaba repulsión. Para él, Nadia no era una más. Nadia era una tía fantástica a la que apreciar, no un par de tetas y un culo al que perseguir y después olvidarse de él. Por decirlo de alguna manera, no quería perder aquello que había conseguido con el paso de los meses y, al mismo tiempo, deseaba poder joderlo con el único fin de repetir todo lo ocurrido. — Y tú no bebas mucho, ¿eh? Que luego me toca llevarte a casa en brazos. —advirtió frunciendo el ceño, fingiendo ahora desempeñar el papel de hermano protector y padre preocupado al mismo tiempo, aunque deseando sonreír en el fondo.

Sonrió ante su afirmación. Por supuesto, él también sabía ponerse serio cuando se requería. Y aquello tenía pinta de comenzar como una charla seria entre amigos. Se dijo que nada de bormas, no al menos hasta que el alcohol hubiera hecho tanto efecto que no pudiera contenerlas, lo que no sería en mucho tiempo. — No creo que haga falta que te diga que yo a ti te veo fantástica, ¿no? Estarás harta de que lo hagan. —bajó la mirada con una sonrisa a su jarra ya casi vacía, y vaciló ante la idea de volver a llevársela a los labios para terminar ya con ella y dejarla morir en su interior en paz. Pero pensó que debía moderarse, que no podía beber al ritmo que solía hacerlo con sus colegas porque aquello no era lo mismo. Se suponía que habían quedado para charlar como solían hacer, no para hablar de gilipolleces como ocurría en el otro caso y beber hasta estallar. Y ellos volvieron a quedarse en silencio. No sabía si a Nadia le ocurría lo mismo, pero Jôn se sentía más incómodo con los silencios ahora que antes de haberse acostado con ella. Se ponía más tenso y lo único que se le venía a la mente era el diálogo de Mia Wallace en Pulp Fiction. El problema era que a él no se le ocurría ninguna idiotez que decir. Así que pasó a un nivel superior en la escala de gilipolleces. — Y bueno, ¿qué tal todo? —comentó. No era un qué tal que buscase un bien como respuesta. Era uno que pretendía interesarse por el trabajo de su amiga, por si le había ocurrido algo interesante que contarle o, si caía... Intentar saber cómo se sentía en aquellos momentos. Porque si de algo estaba seguro es que aquel era uno de los momentos más incómodos que había vivido hasta entonces.

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MensajeTema: Re: ∞ Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando. Lun Mayo 14, 2012 7:47 pm



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Con Jôndalar ๑ Sábado, 8.40 pm ๑ Noor Bar ๑ Mesa 17

De acuerdo. Esas dos jarras no están sobre la mesa, tú vista no está empezando a nublarse y yo no he llegado tarde. ― Afirmó siguiéndole el rollo, justo antes de terminar su cometido. ― ¡Que comience la fiesta!

Ya con la jarra de cerveza en la mano, el gesto por excelencia más impulsivo fue el de llevarse el borde frío a los labios y sorber parte de su contenido. Sintió parte de la espuma recorrerle la garganta seguida de ese sabor tan característico de la cebada y el alcohol. Pese a que trabajaba en un bar, no solía beber en horas de trabajo y el poco tiempo que le quedaba cuando no estaba de servicio su idea de diversión o relajación distaba mucho de meterse en otro bar, fuese cual fuese. Sin embargo, no se había pensado dos veces el ir al Noor Bar con Jôn, a parte de que era conocido por ser un sitio light ―una vieja taberna que aún se mantenía en pie gracias a la extraordinaria labor de sus dueños y a la continua fluidez de clientes―, también debía de reconocer que lo más importante no era el lugar del encuentro, sino más bien la compañía. Y la compañía en aquellos instantes no podía ser mejor. Con un ruido sordo y hueco el culo de la jarra tropecó con la mesa, de madera. Corroída por el tiempo pero lijada y posiblemente barnizada hacía poco tiempo. Miró a cada uno de los extremos de la sala antes de volver a dirigir hacia su joven acompañante sus dos orbes claras, poco después de que aquella advertencia resonara y se colara en sus oídos. La risa inundó el espacio entre sus cuerpos. Una risa que quería que se escuchara. ¿Que él la tendría que llevar a casa en brazos? Ahora resultaba que se habían cambiado los papales en la función y ni siquiera estaba anotado al margen en su particular guión. Sin embargo no le replicó, sino que con un gesto al más puro estilo del ejército, colocó su mano firme sobre la frente y saludó hacia su compañero. ― Eso está hecho. ― Y aquello, como mínimo, era cómico.

De nuevo, la jarra de cerveza fue apartada de su sitio en la mesa y parte de su contenido fue vertido directamente a la boca de Nadia. No bebía por beber, sino porque estaba sedienta. La última parte del trayecto prácticamente la había realizando corriendo viendo que el tiempo se le echaba encima y que la espera podía hacerse igual de interminable para ambas partes. Depositó la jarra sobre la mesa, pero esta vez colocó sus manos alrededor del vidrio, frío y húmedo, y jugueteó con ella, moviéndola unos milímetros hacia un lado y luego hacia el otro, repetidas veces. Una trémula sonrisa curvó sus labios de nuevo al oír sus palabras, y no pudo más que al menos, darle la razón en parte a aquella última afirmación que había salido de sus labios. El estereotipo del bar en el que trabajaba le exigía marcar. Marcar, lo que fuera. Vestir de una determinada manera para impulsar a los clientes, no solo a permanecer una noche entera pegados a la barra bebiendo y no queriéndose separar de ella, sino instándolos a repetir. Y claro que la piropeaban, e incluso algunos de sus clientes se preocupaban por ella, pero no de la misma forma en la que un amigo te pregunta qué tal estás, queriendo saber todo, absolutamente todo con esas tres palabras.

Y ahí, justamente ahí, fue donde desembocó la conversación. Dejó de juguetear con la jarra de cerveza para mirarle a Jôn a los ojos. ¿Por dónde empezar? Lo cierto es que desde la última vez que se vieron, hacia ya más de dos semanas, al menos dos sucesos tenían cabida en aquella historia. Uno de ellos más relevante que el otro, pero justamente el relevante era el que debía de pasar por alto y callárselo. Sí, porque aquello debía de quedar entre Mikk y ella. Y nadie más debía saberlo; porque el que lo supiera más gente tan solo significaba una cosa: que le corro se haría inmenso, y al final, acabaría llegando a oídos de quien no debía. El asunto estaba olvidado, aquel borracho aún seguía, al parecer, en el hospital y ellos dos habían seguido con sus vidas, casi tan normales como al principio. El otro en cambio, bueno... podía empezar por ahí. ― Resulta que el otro día, el Sábado pasado, estaba entrenando a los chiquillos al fútbol. Un entrenamiento normal y corriente, sin nada destacable, a parte de las típicas peleas que pueden surgir entre críos de diez años con ansias rebotadas. ― Hizo una breve pausa en la que tomó aire, para después, proseguir con la historia. ― Hay un chico, Sergey. Tiene unos once años y el pelo a lo Justin Bieber. Y es muy tímido, muy pero que muy tímido. A lo que voy es que, tras el entrenamiento, se me acercó mientras yo recogía parte del equipamiento, y me dijo, y cito textualmente: Eh nena, ¿quieres salir conmigo esta noche? Mi madre puede llevarnos a la pizzería del centro y pasarnos a recoger en un par de horas. ― Y de repente, PLAF, estalló en carcajadas al recordar aquella escena. Como aquella criaturilla, que apenas le llegaba a la cintura, con todo el descaro del mundo impropio de él le había pedido una cita. ― Tendrías... ¡Ay! Tendrías que haberlo visto. ― Se llevó una mano al estómago, porque le dolía de tanto reírse, pero a pesar de ello continuó. ― Creí que estaba volviéndome loca, pero luego recapacitándolo en casa, creo que había puesto hasta la voz de MacGyver al hacerlo.

Descansó unos momentos y se llevó de nuevo la jarra a los labios, bebiéndose parte del contenido y haciendo que el mismo ya rozara ya los límites que existían por debajo de la mitad. ― Le dije que no, claro. Y luego me enteré que algunos de sus compañeros se habían metido con él porque era muy paradito. ― Inspiró. ― Y ahora me siento mal. ― Y sí, en parte se sentía mal. ¿Pero qué podía hacer ella? No podía salir con aquel pequeñajo, no teniendo ella diez años más que él y siendo su entrenadora. ¡Para nada! De hecho, es que ni siquiera era legal. Ni por hacerle un favor. ― Y por lo demás bien, sin percances. ― Terminó al fin, encogiéndose de hombros. ― ¿Y tú qué tal? ― Sí, sí. Aquello tenía que terminar con la pregunta de rigor, para devolverle la pelota a su tejado.


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