Cocaine RPG

Plot/Ambientación



Moscú, Rusia.
Año 2012.

Entre lujosos coches deportivos, mansiones ó apartamentos costosos, pasando casi todas las noches en los clubes más exclusivos de la ciudad... Así es como vive la mayoría de los jóvenes de moscú. Ésos jóvenes a los que no les interesa nada y los que de muy poco se enteran.

Creen que su vida es perfecta, sin saber que en ocasiones, no pasan mucho de ser unos simples títeres, cuyos hilos son movidos por la fuerza de personas que tal vez ni siquiera conocen. Y que no está de más decir, jamás querrían conocer...

Porque no, no todo lo que brilla es un collar de tiffany's. También existen aquellos que, para mantener su posición social, deben recurrir a dañar a otros; a quién sea y de la forma que se les imponga. La ambición en rusia es grande, ¿ya lo sabías?

Y es que recuérdalo, amigo mío; querer estar en la cima del mundo y gozar de un máximo poder, puede llegar a ser tan adictivo como la droga a la que llaman cocaína.

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Human contact, the final frontier | Privado.

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MensajeTema: Human contact, the final frontier | Privado. Dom Mayo 06, 2012 7:32 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:03 PM

El líquido burbujeante de la copa de plástico que les habían ofrecido nada más cruzar las puertas de la exposición, había desaparecido casi al mismo tiempo -y con la misma rapidez- que lo hacía el polaco, según él para comprar el cuadro que habían estado examinando durante un par de interminables minutos. Para ella. Una obra sosa y sin nada que llamase la atención de, al menos, ninguno de los dos jóvenes que se habían detenido para echarle un vistazo; un par de manchas de varios colores con un nombre que le proporcionaba algo de grandeza. Una obra que Cat le había incitado a comprar a Kowalski, pero con la esperanza de que entendiese el mensaje que la gata había querido transmitirle. Cat no quería un cuadro de veinte mil pavos. La rubia no quería que comprara semejante mierda y verse en la obligación, y en el compromiso, de colgarlo de alguna de las paredes de su casa con un cuelga fácil si quería recuperar la fianza que había pagado por el pequeño apartamento tras su llegada. No pensaba agujerear ninguna pared con un taladro para colgar aquello y, de paso, perder su dinero; si tenía que perder la fianza por algo, la búlgara quería que fuese por algo que realmente le gustara. Por sus gatos arañando la madera chapada de alguna de las puertas. Por el teléfono de la rubia al chocar contra la pared después de alguna discusión telefónica. Pero no por eso, se dijo en silencio antes de dejar la copa vacía sobre la superficie de la primera bandeja que pasó por su lado. El polaco volvía a hacerla esperar.

Diez minutos de espera tuvieron que pasar para que la rubia comprobara que sus pensamientos no iban tan mal encaminados. Haris no se había tirado un farol con el que hacerse el interesante delante de la búlgara. El polaco la había dejado plantada en medio de la exposición, tras estampar los labios contra su frente, para estirar la mano con un cheque con la cantidad exacta que pedían por el cuadro que Cat estaba deseando dejar de ver; un cuadro que, a partir de esa misma tarde, se llenaría de polvo en alguna esquina del destartalado piso de la rubia. ― No me lo puedo creer.― Murmuró en cuanto lo vio aparecer con el lienzo entre las manos. No me lo puedo creer, murmuró un par de veces más cuando vio el dedo meñique de Kowalski en al aire, pidiéndole que sellara de la manera más ridícula el trato que le ofrecía. Como niñas pequeñas sentadas en círculo en el patio del colegio. Como lo harían todas las rubias americanas que ingresaran en la famosa fraternidad de las Delta. Uniendo los dos meñiques. Tras resoplar y rodar los ojos, la rubia aceptó a regañadientes su oferta. Aunque no quisiera, Cat sabía que la forma más cómoda de volver a su apartamento después de los regalos que le había hecho Haris, era metida en un coche. A varios metros del ajetro del metro. Bajo la luz del sol que bañaba la capital rusa y no bajo los luces fluorescentes de bajo consumo del vagón. ― Pero despacio. Y nada de beber. Ni una sola gota.― Al menos hasta que la rubia y su nueva mascota se hubiesen bajado del deportivo con el que el polaco pretendía lucirse por la ciudad y, de paso, ligar con alguna.

Un trayecto sin mayores contratiempos. Para el alivio de la búlgara, el coche de la escudería de Porsche no se había detenido para que el polaco diese el número de póliza de su seguro. Ni un golpe, ni un rasguño. Ni siquiera cuando Haris consiguió aparcar frente a la puerta del viejo portal con el número diecisiete. ― Te invitaría a pasar, pero está todo patas arriba.― Le dijo mientras se liberaba al desabrocharse el cinturón de seguridad. ¿Y si al polaco, aprovechando el paseo, le daba por subir y querer colgarle el cuadro personalmente? ¿Qué iba a decirle entonces? ¿Que no le gustaba nada, que no tenía que haberlo comprado, que no tenía intenciones de lucirlo? ¿Que la rubia trataría de meterlo, a presión, como fuera en uno de los armarios hasta arriba de ropa? ¿Que lo escondería debajo de la cama y cruzaría los dedos para que ninguno de sus gatos lo localizara? La rubia suspiró con cierta pesadez, estirando el cuello para alcanzar la mejilla de Haris y depositar un beso sobre ésta. ― Que sepas que, en el fondo, no me lo he pasado tan mal.― Al fin y al cabo, la intención es siempre lo que cuenta. ― Aunque la próxima vez que quieras sacarme de paseo, mejor elijo yo el sitio, ¿vale?― Murmuró con diversión, soltando al gato por primera vez desde que lo había sacado de la caja para poder rebuscar en su bolso y sacar el manojo de llaves con las que abriría la puerta. ― Gracias por el gato, Wazowski.― Volvió a agradecerle, sonriendo antes de girar la cabeza para poder mirarlo. ― No tengo vodka, pero me queda un zumo de naranja horrible y algo de té.― Una invitación. Después de la sorpresa del gato y el dineral que se había gastado en el cuadro, era lo mínimo que rubia podía hacer, ¿no?










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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Lun Mayo 07, 2012 11:39 am



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Cat S. HavnikAPARTAMENTO DE CAT18:03 PM

Esa tarde en el museo seguro que nadie hubiera podido imaginar lo que iba a ocurrir allí dentro en cuestión de minutos. Un par de jóvenes no demasiado engalanados para la ocasión entraban por la puerta grande con un gato como compañero de aventuras y uno de ellos terminaba comprando uno de los pocos cuadros que estaban allí a la venta. Toda una aventura sí, una que le costaría a Haris el no poder viajar en un par de semanas. Estaba siendo justo en esos momentos condenado hasta finales de mes a quedarse en Moscú quietecito, sin llamar mucho la atención. Su padre se enteraría en cuestión de horas de la inversión que había realizado su hijo sin antes consultarlo con él y eso seguramente le pondría furioso, aunque Haris quisiera pensar todo lo contrario. El General no era una persona con tacto, no era comprensivo, no era alegre, no era divertido y hasta su propio hijo, Haris, juraba que jamás había visto sonreír a su padre. Un hombre que seguramente al ver el cheque le cruzaría la cara al polaco de un guantazo. Quizá él nunca lo reconocería, pero dentro de su casa las cosas no eran tan bonitas ni tan idílicas como Haris las pintaba. Un golpe bien propinado dolía bastante, pero un golpe bien propinado por un ex militar con ganas de desahogarse con alguien dolía demasiado. No obstante, el polaco nunca perdía su sonrisa. Parecían extremos opuestos. Uno era todo lo negro y oscuro, la seriedad y el malestar general y el otro era todo diversión y alegría. Lo único que ambos compartían era el gusto por las bebidas alcohólicas que costaban un riñón, y dos incluso. Aunque en aquellos momentos tenía prohibido beber. No mientras estuviera al volante del lujoso coche en el que pretendía llevar a Cat hasta su apartamento.

Gracias al motor que poseía aquel automóvil y al poco tráfico que había por la zona, Haris consiguió llegar al apartamento de la gatuna en casi un cuarto de hora, lo que no estaba nada mal. Suponía que había hecho bien en llevarla; él, a pesar de todas las gilipolleces que hacía y de todas las bromas que le gastaba a su amiga no estaba demasiado contento con la idea de que fuera sola cada vez que volvían de fiesta, en metro o en cualquier otro transporte público. Haris insistía en que eso estaba lleno de negros violadores y chinos dispuestos a meterle la chorra de niño de siete años por donde le cupiera, pero Cat parecía no querer entrar en razón. La muchacha seguía arriesgándose día tras día a una violación segura y Haris, al final, terminaba acompañándola el mayor tiempo posible para asegurarse de que llegaba bien a casa. Una especie de protección de hermano mayor que no le hacía ni puta gracia al polaco. Quería tirársela, no quería pensar en ella como a la hermana que nunca tuvo.― Espero que sepas que esa es una mala excusa para no dejarme entrar.―Susurró el chico como quien no quería la cosa, al tiempo que se desabrochaba el cinturón de seguridad. Si no iba a entrar a su casa por lo menos la acompañaría hasta la entrada, de paso podría mirar con cierto disimulo si la casa estaba tan patas arriba como ella quería pintarla o si por el contrario, y tal como el mismo Haris afirmaba, era una excusa baratísima para que no subiera. ¿Quién quiere terminar una velada conmigo tan pronto? ¡Si la tarde acaba de empezar! Lamentablemente para Haris, la cuestión no era si él quería o no terminar con aquella extraña cita, sino que era la chica la que tenía el poder para decidirlo. No le gustaba, pero las cosas eran así.

Por mucho que quisieran aparentar lo contrario, la sociedad actual no era ya tan machista como antes. Cierto que en muchos lugares del mundo a las mujeres se las trataba como a una mierda, pero en aquellos momentos Haris se daba cuenta de que habían adquirido con el paso del tiempo la capacidad para tener a un hombre a sus pies sin proponérselo si quiera. Llevaban los pantalones, como se solía decir. Kowalski se limitó a asentir con la cabeza levemente a todo lo que decía la muchacha de pelo blanquecino. Por primera vez en mucho tiempo iba a subir a su casa temprano, y no para dormir la mona en el sofá mientras se preparaba dentro de él una resaca que arrasaría la mañana siguiente y que se curaría con otra botella. Un círculo vicioso del que Haris había conseguido salir, al menos durante un par de horas. Se dio cuenta de repente que no había probado gota prácticamente en todo el día y se le hizo raro. Empezaba a sentir la garganta seca, ésta le gritaba que le diera cerveza, vino, vodka, cualquier cosa menos agua, que era lo ideal.― Gracias a ti por tan interesante velada, Havnik. Ha sido un placer, y más lo será entrar en tu casa.―Esa era su forma de responder a la especie de invitación que la muchacha le había propuesto sin hacerlo. ¿Estaba siendo simplemente cortés o realmente le apetecía que entrara en su pequeño mundo gatuno? Haris no se lo pensó dos veces y salió del coche, sólo para ir hasta la puerta del copiloto y abrir ésta para que Cat saliera, como lo haría una señorita. ¿Ves? ¡Así es como se comporta un caballero! ¡Triple para Wazowski y...! ¡ENCESTA!― Que sepas que no acostumbro a hacer estas cosas, pero tú eres especial. Es lo mínimo que puedo hacer.―Comentó tras coger la mano de Cat para ayudarla a salir del coche. Una vez fuera el muchacho pilló el lienzo que le había costado una pasta y que pensaba destrozar en cuanto subieran, algo para lo que faltaban ya un par de minutos.




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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Lun Mayo 07, 2012 6:59 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:06 PM

Su refugio estaba a cuatro plantas de altura y a salvo momentáneamente. Cuatro plantas de diferencia del lugar donde estaban ahora mismo. Frente a las puertas cerradas del bloque de la rubia, sobre el asfalto, metidos en un deportivo con un precio de salida jodidamente descomunal. Desorbitado; accesible solamente para unos pocos privilegiados y que, en este caso en particular, Cat juraba que estaba en las manos equivocadas. Un piso de poco más de cincuenta metros cuadrado, pintado de un triste blanco inmaculado, que había perdido su forma en cuanto las maletas de la búlgara cruzaron el umbral de la puerta el día de su llegada. El polvo con el que Cat se encontró en cuanto la cincuentona de su casera abandonó el apartamento, había sido sustituído por una gruesa capa de pelo de gato de colores varios, y el olor a cerrado había sido sustituído por las varitas de incienso que la rubia esparcía para camuflar el olor a tabaco. Canela y naranja, o el aroma dulzón de la vainilla mezclado con algo de coco para deshacerse del de la nicotina. Aún cuando sonaba a excusa barata -y poco planeada antes de abrir la boca-, aquello que le había dicho para evitar que el polaco se bajara del coche, no era más que la verdad. Tal cual. Una especie de torre Eiffel echa a base de tazas de cerámica que la búlgara se guardaba en el bolso cuando se pedía un Caramel Macchiato en la famosa cadena de cafeterías de Starbucks. Con montañas de ropa que pedían a gritos un paseo más que merecido por el interior del bombo de la lavadora, y tres gatos celosos como el que más que pedirían sus minutos de atención y mimos en cuanto Cat asomase el hocico por la puerta. Ninguno se esperaría la sorpresa con la que aparecería al bajarse del coche y subiese las cuatro plantas.

¿Cómo iban a reaccionar el trío de celosos que esperaban por las manos de la rubia rascando sus orejas? ¿Cómo iban a recibir al último inquilino del apartamento cuando lo viesen aparecer en brazos de Cat? La rubia prefería ni pensar en ello; la rubia prefería no adelantar acontecimientos por miedo a hacerse ilusiones que la harían darse de bruces. El apartamento de Catherine estaba por convertirse en lo que el padre del polaco conocía cómo campo de batalla. Sangriento. Sin trincheras, sin uniformes y sin armas de fuego con las que herir de muerte al enemigo. ― Bueno, venga. Vamos antes de que me arrepienta.―Dijo, haciéndose con el gato antes de que Haris hiciera alarde de una galantería a que no tenía acostumbrada a Cat. Extrañada por la actitud de Haris, la rubia dejó que cogiera una de sus manos para ayudarla a salir del coche y, después, sacar el cuadro que le había regalado. ― Tanta ñoñería me hace sospechar.― Pensó en voz alta para que su amigo estuviese al tanto de lo que pasaba por su cabeza en ese preciso momento. Demasiadas atenciones y molestias. Demasiados regalos sin venir a cuento. ¿Iba a pedirle algo? ¿Quería una copa de cualquier cosa en vez de una humeante taza de té? Cat encogió los hombros para contestarse sin necesidad de formular las preguntas. Sonrió como agradecimiento, localizando la llave del portal entre las varias que colgaban de un llavero con el nombre de la rubia. ― ¿Qué es lo que quieres, Kowalski?― Una pregunta con una respuesta que, por el momento, Cat no esperaba recibir, y que chocó contra el cristal de la puerta al cerrarse.

Cuatro plantas y sin ascensor. Cuatro rellanos y setenta y dos escalones en total hasta llegar a pisar el felpudo frente a la puerta del mundo felino. ― Sujétalo bien, pero no lo sueltes cuando entres que te conozco.― Pero antes de que el polaco tuviese tiempo para protestar y buscar alguna excusa con la que intentar librarse, el pequeño Toulouse de ojos saltones, se removía entre sus brazos para que la búlgara pudiese introducir la llave en la ranura de la puerta. Después de pasar la llave, la vieja puerta de madera no tardó mucho en ceder y abrirse, regalando un chirrido que delataba la presencia de Cat en el edificio. No importaba si la rubia subía de puntillas o descalza a altas horas de la madrugada, la puerta de su casa siempre se chivaba de su hora de llegada. ― No te asustes.― Le pidió en un susurro cuando la puerta de la entrada les permitió a ambos una visión panorámica de los desastres que habían provocado el paso del huracán Havnik. Abrigos, zapatos y tazas con las bolsitas de té resecas. ― Cuando te dije que estaba todo patas arriba, lo decía enserio.Completamente enserio, añadió para si. Era una excusa con la que librarse de Kowaslki, pero también una realidad más que visible. Aquel sitio necesitaba que se abrieran las ventanas para ventilarse y que se limpiara a fondo. Tras encogerse de hombros y dejar caer el bolso a su suerte en el suelo, la rubia cerró la puerta con la ayuda del pie tras coger el lienzo y dejar que el polaco cruzase el umbral. ― No pises nada.― Dijo, avanzando por el pasillo hacia la cocina como quien cruza un campo de minas sin protección. Un solo paso en falso y ¡BOOM! ― ¿Quieres una taza de té?― Preguntó nada más aterrizar en la cocina, dejando el carísimo lienzo sobre una de las sillas para agacharse y saludar con caricias detrás de la oreja a la más mimosa de todas: Jennifer.










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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Mar Mayo 08, 2012 2:05 pm



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Cat S. HavnikAPARTAMENTO DE CAT18:06 PM

A medida que el tiempo se adentraba más en una tarde que no parecía tener fin, Haris podía sentir como la temperatura iba bajando poco a poco, tan despacio que muchos de los ciudadanos que debajo de ellos, allí en la calle, estuvieran más activos de lo normal, no se darían cuenta de la variación de la temperatura que estaba sucediendo. La estaciones en Moscú eran una tortura, no porque los inviernos fueran muy fríos y los veranos demasiado cálidos, sino porque apenas había variación entre una estación y otra. Cierto era que en invierno el llegar a los cero grados era casi un milagro, pero en primavera si se llegaba a los diez muchos se encerraban en sus casas a rezar para dar las gracias por tan magnífico día para poder ir incluso a la piscina a darse un baño. Haris después de tanto tiempo, se había ido acostumbrando a la temperatura de Moscú y al buen ambiente que había todas las noches, daba igual que estuvieran a lunes o a sábado por la noche y en pleno apogeo de la adolescencia con ganas de emborracharse por primera vez en sus cortas vidas, siempre iba y venía gente por los locales más de moda en la ciudad; cierto era que entre semana no había tanta gente como en el fin de semana por obvias razones, pero no tenían nada que envidiarle unos días a otros. El polaco, de no haber estado en ese momento en casa de la dulce Cat, seguramente se habría quedado en casa durmiendo un par de horas antes de empezar con el espectáculo. Siempre lo hacía para poder coger fuerzas y no quedarse durmiendo encima de cualquier barra allá fuera. Por ahora le había funcionado, pero claro. Estar en una cita con Cat fuera de una discoteca era algo distinto. No se trataba de dar vueltas por el local bailando con la mano en alto y una copa de seis pavos en la otra mano, sino que se trataba más bien de pasar el tiempo contando lunares y jugando al scrabble. O eso creía él.

La veía como a una niña. Una que prefería pasar el tiempo con sus gatos que con personas de su misma edad, o personas como él, cuya diversión consistía en emborracharse día tras día para hacer un récord mundial que no existía. ¿O sí? Nota mental: mirar en Google si alguien tiene el récord mundial en eso. El chico hizo de tripas corazón una vez entró por la puerta que chirriaba demasiado. Un auténtico desastre se alzaba ante sus ojos y sí, le hacía daño a la vista. Haris no tenía por costumbre tener aquel desorden en su casa, ni imaginarlo siquiera. No podía. Estaba acostumbrado a tenerlo todo en orden desde que tenía uso de razón. Su padre le había inculcado eso, además de muchas otras cosas que antes veía inútiles, pero que ahora adquirían una importancia curiosa. Él, de no haber aprendido a mantener un orden, tendría la casa igual de patas arriba que Cat. No podía ver todo así. Era superior a sus fuerzas.― ¿Puedo dejar ya a esta cosa en el suelo? Le caes tú mejor que yo.―El muchacho quería advertirle con aquellas palabras a la gatuna que si no lo cogía en brazos pronto acabaría con arañazos por toda la cara, cosa que no resultaba muy estético. Aunque quizá pueda decir que un par de zorras se abalanzaron sobre mí y... Sí. Molará. Las mentiras formaban parte de la vida diaria del polaco. Mentía sobre su edad, sobre de dónde venía -aunque ésto se notaba a leguas- y hasta mentía sobre su altura. Mentía a todas horas y según él, era totalmente necesario para su supervivencia. Al fin y al cabo, todos mentían, ¿por qué no iba a hacerlo él? Que su padre fuera General del Ejército no le iba a salvar de una paliza, en cambio las mentiras y un poco de chispa le salvaban de casi cualquier cosa. Huidizo. No era un marica cobarde, pero sabía dónde debía meterse y dónde no para no tener problemas. Nadie quería acabar una noche de fiesta con un ojo morado.


Por desgracia para el polaco, no tendría arañazos en la cara de los que estar orgulloso, porque el gato parecía haberse quedado de piedra, como uno de tantos que se usaban para la decoración de las casas de las ancianas que vivían solas y se conformaban con tener una mascota que no tuviera que requerir unas necesidades mínimas. Un gato que parecía disecado, o que realmente lo era. Quieto como una estatua. Lo primero que pensó Haris fue que la razón por la que el gato estaba así era porque estaba aterrado. No le gustaba en demasía la presencia del soldado, pero había vivido con él durante un par de semanas, así que no era raro pensar que antes tenía que acostumbrarse a estar en un lugar nuevo, con nueva dueña y con nuevos compañeros de piso. Un trío que para nada le agradaba a Haris. Bastantes arañazos sí que se había llevado por parte de esa panda de salvajes a los que se les hinchaba la vena cada vez que Haris se acercaba a Cat para hablar con ella. Desde que la rozaba estallaba una batalla que el polaco nunca terminó de entender.― No te preocupes por el desorden, mi casa está igual. Y sí, por favor. Una taza de té estaría bien.―Mintió el muchacho para salvarse de un posible capón por parte de su mejor amiga. De haberle dicho la verdad podía estar seguro de que le echaría de su casa a patadas por osar a insultarla de esa forma. No sería la primera vez ni la última que le pasaba.― Voy a sentarme, ¿vale? Como si estuviera en mi casa.―Fue lo último que salió de entre los labios del chico antes de que se tumbara en el sofá con el gato sobre él. Éste parecía cansado, no solamente por el viaje en una caja que casi lo mata por asfixia, sino también por la visita al museo de arte contemporáneo que seguramente nunca volvería a realizar. Ni él, ni Cat, ni el mismo Haris. Ya habían tenido suficiente.




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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Mar Mayo 08, 2012 5:42 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:16 PM

¿Cuántos con la misma edad de la rubia no soñaban con la idea volar lejos del nido familiar? ¿Cuántos veinteañeros soñaban despiertos con ese primer trabajo de mierda, mal pagado y en el que, además, serían explotados, pero que les permitiría el pagarse el alquiler de un pisito destartalado en el centro de la ciudad? En medio del ajetreo, encima de un bar que los Viernes regalaba copas gratis a todas las tias que se dejaran caer por el local antes de las tres. Un piso viejo y bastante descuidado, pero dónde podrían hacer y deshacer a su antojo sin que nadie dijera nada. Lejos de las reglas y las normas impuestas por mamá y papá para evitar que se descarrilaran durante la tan temida adolescencia. Lejos de los estrictos y odiados horarios de llegada y los improvisados controles de alcoholemia al llegar a casa hechos una mierda, a primera hora de la mañana, después de pasarte toda la noche bebiendo hasta el agua de los jarrones con flores vivas. Lejos de las manos del control paterno, pero también de las comodidades a las que estaban acostumbrados. Nadie les iba a lavar, ni mucho menos a planchar la ropa. Nadie les iba a obligar a levantarse para estudiar en vez de desperdiciar un día de vida metidos en la cama, lamentándose por la ruptura de una relación que, por otra parte, no iba a ningún lado. Cat había jurado y perjurado que sabría apañárselas sola, pero lo cierto era que no. Su madre había estado en lo cierto cuando se lo advirtió en la terminal del aeropuerto. Cat se peleaba con la lavadora casi tanto como lo hacía con su compañera la secadora. Cat se peleaba con los trastos en el fregadero y con los productos de limpieza que ni siquiera había abierto.

Encontrar el orden dentro del desorden. La rubia hacía bastante que se había hecho a su apartamento tal cual estaba. Con la ropa tirada por doquier para que sus gatos encontraran donde dormir, a las tazas acumulándose en el fregadero y a la despensa con sus reservas bajo cero. Aún con esas, la rubia sonrió, acariciando el lomo de la gata blanca antes de incorporarse y rebuscar entre los pocos armarios de la cocina de Ikea para dar con un par de tazas con el logo de color verde. ― No lo sueltes ahí. ― Gritó, poniéndose de puntillas para coger una vieja lata donde la rubia encontraría su arsenal de infusiones. ― Si quieres mételo en mi habitación y cierra bien la puerta. ¡Pero fíjate que no estén los gatos dentro, anda!― El encuentro entre los cuatro gatos tendría que llegar poco a poco. Sin prisa. Tenían tiempo para irse conociendo a través de la puerta del dormitorio hasta que la rubia se atreviese a abrir la puerta para dejar que se reuniesen. El pequeño Toulouse tendría la suerte de dormir en la habitación con la rubia mientras que los otros tres tendrían que encariñarse con el sofá hasta que aceptaran al nuevo integrante de la familia. Catherine dejó la lata, ya abierta, sobre la encimera para poder rebuscar entre las varias bolsitas de té. ― ¿Te gusta la canela?― Preguntó casi a gritos, ignorando la posible respuesta. Antes de que el polaco contestase, Cat ya tenía dos de las bolsitas de té metidas en la tetera que pondría al fuego. ― ¿Con azúcar o sin azúcar?― En esos momentos, la rubia se daba cuenta que sólo conocía al polaco nocturno; el que pedía vodka a palo seco en vez de una buena taza de té inglés, el que pedía más hielo en vez de más cucharadas de azúcar.

Esa era la primera vez que Haris cruzaba las puertas del apartamento de la búlgara estando completamente sobrio. Con los cinco sentidos alerta. Ésa vez no cruzaba la puerta de la entrada y subía las cuatro plantas para a dormir la mona en su sofá después de una noche de juerga. La rubia tamborileaba los dedos sobre la encimera mientras esperaba por el té para servirlo en el par de tazas que tenía delante. Dos tazas humeantes que sujetó antes de enfrentarse nuevamente al campo de minas. ― Tú como en tu casa, ¿eh?― Ironizó en cuanto puso un pie en el desordenado salón. Cat resopló, haciendo que varios mechones de pelo rubio platino se movieran en el aire. ― Cuidado que quema.― Le advirtió antes de dejar las dos tazas sobre la mesa donde la rubia había dejado, antes de salir para encontrarse con el polaco en el museo, el ordenador portátil y una decena de revistas de moda amontonadas. ―A lo mejor sonaré como una quejica, pero estoy cansada.Cansada de no hacer nada. Cansada de haberse pasado el día tirada en el sofá viendo la tele y twitteando. De pasearse por una exposición con una copa de champagne y de cargar con Toulouse hasta el apartamento. ― Se suponía que hoy iba a recoger todo esto un poco. Y mira.― Dijo en un murmullo, sentándose en el suelo, frente al sofá que el polaco había acoplado junto al gato. Cat no se avergonzaba por el desastre de casa que tenía. Con una de las tazas de té entre las manos, la rubia dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el sofá. ― ¿Para qué voy a recoger? Si lo voy a desordenar todo de nuevo...―.










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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Miér Mayo 09, 2012 10:36 am



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Cat S. HavnikAPARTAMENTO DE CAT18:16 PM

Era de sobra conocido el problema que tenía Haris con el alcohol, todos los días consumía. Bebía como un cosaco hasta quedarse tirado en cualquier esquina deseando no haber bebido y prometiendo dejarlo al día siguiente, cosa que nunca ocurría, por supuesto. Todos sabían de ese Haris capaz de hacer cualquier cosa con tal de animar una fiesta que se iba a pique como el gran buque llamado Titanic allá por mil nosecuántos. Todos le conocían por ser un vago que había nacido con una ventaja crucial, el dinero. Todos le conocían por sus excesos y por la falta de ánimo que tenía para hacer cualquier cosa que no fuera emborracharse en cualquier discoteca de la ciudad, eso sí, con un pase V.I.P. Sin embargo a muchos se les escapaba el hecho de que Haris, aunque pudiera parecerlo, no estaba veinticuatro horas al día borracho. También tenía una vida. Como si de una moneda se tratara. Tenía un par de caras que sabía mostrar en el momento más indicado para parecer encantador, o para parecer un tipo despiadado y que le temieran, cosa que le restaría problemas llegados al momento. Una cara de la moneda borracha, y la otra sobria. Una cara sobria que mostraba ahora, justo en esos momentos en los que se había prohibido a sí mismo beber una sola gota, aún cuando llevaba una petaca guardada en los pantalones. La de emergencia. El polaco era consciente de que por culpa de su problema con la bebida no sabía apreciar otra cosa más que el buen vodka que compraba todas las semanas. Unas botellas que se acababan con más rapidez de la que Haris quería. El muchacho suspiró, acariciando al gato de ojos saltones tras las orejas, tal y como hacía con Cat. Con ella funcionaba y parecía que con el bicho también, pues éste empezaba a ronronear como lo hacía su dueña.

La pequeña morada de la gatita estaba completamente patas arriba y, aunque en un primer momento el chico se llegó a molestar por aquel caótico piso, pronto comenzó a sentir como le invadía una sensación de bienestar que nunca antes había experimentado. Lo que Haris no sabía era que esa sensación no era otra que la que alguien siente cuando está en su hogar; el polaco había visitado aquella casa muchas veces antes, pero solamente para quedarse dormido sobre el sofá después de que Cat, tras hacer un esfuerzo monumental ayudándole a subir las escaleras, le dejara sobre el confortable asiento para que descansara y se preparara para una resaca inminente. Haris sentía esa necesidad a veces de proteger a la muchacha a la que veía como una niña, de cualquier cosa que le pudiera hacer algún mal, pero no se daba cuenta de que también la gatuna le protegía y cuidaba a él de vez en cuando, como si fuera otro de sus mininos mimados y con ganas de arañar a cualquiera que se acercara más de lo debido, tanto a ellos, como a su comida, a su cajita de arena para echarlo todo o a su dueña.― ¡Me da igual, Cat! ¡Como tú lo prefieras!― Por muy triste que pudiera parecer, Haris no sabía si la canela estaría buena o no, o si el azúcar le gustaría más que solo. Nunca había probado el té en toda su vida. Sería la primera vez que se aventuraría a probar ese sabor que, según había escuchado, era exótico y te ayudaba a tranquilizarte. Él lo necesitaba, pero lejos de confesar la verdad, prefería callarse y hacer como si tomara una de esas tacitas de té todos los días para desayunar, o cuando se tomara el té. Sabía que en cuanto probara aquel brebaje la chica se daría cuenta al instante de que era un inexperto en ello y sin duda, se reiría.

Los minutos habían pasado muy rápido, más aún desde que el polaco se había hecho con una de las cientos de revistas que Cat parecía tener repartidas única y exclusivamente en aquella sala de estar que bien podría haber sido invadida por un par de ladronzuelos, dejándolo así todo patas arriba. En un abrir y cerrar de ojos, Haris podía contemplar nuevamente la figura gatuna de la muchacha, que por culpa de él mismo y del gato que le acompañaba, tuvo que sentarse en el suelo, no sin antes advertirle de que la taza de té ardía.― No te preocupes por eso. Podemos recoger ahora los dos un poco. Yo me ocupo de tus braguitas, ¿vale?― Murmuró el muchacho, no pudiendo reprimir una carcajada que resonó en el pequeño piso que Cat habitaba desde su llegada a Moscú hacía relativamente poco tiempo. Un pesado. Eso era. Pero en el fondo sabía que a Cat le hacía gracia. Ella era la única con la que Haris podía dejar el uniforme de oficial del ejército a un lado y ser él mismo, con sus gilipolleces. Cosas buenas y cosas no tan buenas que hacían de él un tio más bueno de lo que pintaban algunos.― Yo siempre tengo que tener todo ordenado, por si viene mi padre, ya sabes.― Comentó tras encogerse de hombros, dándose cuenta de que quizá ese desorden que predominaba en el piso de kotek era la clave de ese sentimiento hogareño de Haris. El muchacho suspiró antes de coger la taza con una mano, examinando la portada de la revista que había pillado con anterioridad. No le prestaba ni la menor atención. Simplemente se hacía el interesante delante de la chica.― Tú deberías salir en la portada de una revista. Por lo menos eres un poco más auténticas que los trozos de carnes estos.― Murmuró, más para sí mismo que para la chica, antes de darle un sorbo al té. Un movimiento reflejo que seguramente le delató al instante. Cara de asco. De comerse un limón.― Arg. Ya sé por qué nunca he probado esta cosa.―.






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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Miér Mayo 09, 2012 6:05 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:19 PM

Independizarse no era la tarea fácil que la rubia había supuesto que sería cuando decidió, después de mucho pensarlo y de rebuscar por internet, salir de Sofía. Lo único que Cat pensaba que tendría que superar, eran las varias horas de vuelo a bordo de un 747 para aterrizar en la capital rusa a mediados de Agosto; agobiada por estar sentada a cientos de kilómetros de tierra firme, metida en un pájaro que podría caerse y hacerse añicos con una rapidez pasmosa. En un visto y no visto. Cat no se había preparado para ese primero momento en el que se iba a ver a si misma completamente sola en una ciudad desconocida. En una ciudad distinta a la ciudad donde se había criado y que recién acababa de abandonar. Una ciudad nueva cuya lengua materna no era capaz de entender ni hablar. Cat no se había preparado, mentalmente, para tener una vida parecida a la que su madre llevaba en casa; trabajar fuera y dentro de casa. Cat no se había preparado, de ninguna de las formas, para enfrentarse por primera vez a la jungla de electrodomésticos que tenía esparcidos por todo el apartamento. Desde el más fácil y sencillo hasta el más difícil y complicado de todos, la rubia se había peleado con todos ellos. Sin excepción y en más de una ocasión. Electrodomésticos rencorosos y vengativos que harían desteñir más de la mitad de las camisetas de la rubia cuando se equivocara con la programación de lavado. Camisetas descoloridas y dos tallas más pequeñas después de pasar por la secadora. Llegar a casa la primera noche y no encontrarse con la comida hecha, había sido un duro golpe para la búlgara.

La universidad había sido sustituída por un trabajo como dependienta en una tienda donde Cat acostumbraba a alimentar su fondo de armario. No trabajaba por necesidad, no se había marchado de la capital búlgara por escasez de trabajo; la rubia había hecho las maletas para aprender a valerse por si misma. Por salir de debajo del ala protectora de su madre y de su padre. Dos años de plazo para que probara lo que tendría en un futuro; en cuanto se licenciara en periodismo como lo había hecho Sondra, la única hermana que tenía. La única y por parte de su padre. ― Nada de recoger.― Dijo, colando los dedos indice y corazón por el círculo del asa de la taza, rodeándola con las dos manos para hacerlas entrar en calor mientras ella descansaba la cabeza. Con los ojos cerrados, la rubia dejó escapar un suspiro. ― Sé que esto parece un estercolero y que mi madre pondría el grito en el cielo si viera como tengo esto, pero a mí me gusta así.― Tal cual estaba. Con su desorden ordenado y sus platos sucios acumulados en el fregadero y esperando por algo de jabón. Con la cesta de la ropa sucia hasta arriba y con la cama sin hacer durante los siete días de la semana. La rubia ya había vivido en un museo durante casi veinte años y se negaba a vivir en otro durante el tiempo que viviese sola en Moscú. Era su momento para hacer y deshacer. Hacía lo que quería cuando le apetecía, y lo que no, lo dejaba para más adelante. ― Si cruzara la puerta y lo encontrara todo limpio y colocado en su sitio...―Empezó a murmurar, encogiendo los hombros a medio camino para, luego, darle un sorbo al líquido anaranjado de su taza. ― Dejaría de ser mi casa.― Como un pez fuera del agua. La rubia se sentiría rara si pudiese moverse por el apartamento sin pisar nada.

Destartalado pero con encanto. Con personalidad propia. Como un gato. ― ¿Hasta cuándo vas a seguir con el tema de mis bragas, eh?― Preguntó mientras negaba suavemente con la cabeza. Y aunque quiso sonar enfadada delante de Haris, lo cierto era que no lo estaba. No pudo enfadarse al recordar la tarde en la que el polaco y la rubia se conocieron, personalmente, por primera vez. Con el mostrador de la tienda de por medio y una decena de clientas en fila y boquiabiertas al ver como Kowalski le regalaba unas braguitas de encaje blanco a la dependienta más rubia de todas. Vergonzoso. Un mal rato. Y aunque Cat quiso que se la tragara la tierra para ahorrarse el bochorno, el suelo no se abrió para hacerla desaparecer antes de que la siguiente de la cola riera entre dientes cuando fue atendida por la búlgara. ― De mis bragas me encargo yo.― Y no había nada más que hablar sobre eso. Su ropa interior nunca había sido motivo de conversación hasta que Catherine tuvo la fortuna o la desgracia de conocer a Haris. Conocer a Haris como tal y no como al famoso amigo de su hermano. Ese al que Christopper no paraba de sacar de todos los líos en los que se metía el polaco por beber más de la cuenta antes que su padre se enterara y aterrizara en la ciudad. Para patearle el culo por alguna estupidez o por tener el piso patas arriba. La rubia se encogió de hombros al pensar en éste último, llevándose la taza a los labios para soplar y evitar tener que hablar del General. ― Si tu padre viera esto, le daría un infarto.― Trató de quitarle hierro al asunto, esbozando una sonrisa tímida tras la cerámica. No creía que hablar del padre de Haris fuese el mejor tema para tratar esa tarde. ― Y otro al mío si me viera en algo de eso.― Susurró antes de echarse a reír por el comentario del chico, apoyando uno de sus codos sobre el sofá para ayudarse a girarse y mirarlo con el ceño fruncido. ¿Lo decía enserio? Eso es lo de menos. Cat era el tipo de chicas que compraba revistas, no del tipo que buscaba salir en ellas. ― ¿No te habías bebido nunca una taza de té?¿Enserio?








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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Jue Mayo 10, 2012 2:38 pm



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Cat S. HavnikAPARTAMENTO DE CAT18:19 PM

Las manecillas del reloj se movían con lentitud para Haris, casi con sensualidad, permitiendo que el chico las mirara de forma lasciva. Unas manecillas que marcaban el tiempo que iba pasando, desde que saliera de su casa en pleno Moscú hasta que llegara al piso hecho una porquería, como admitía la propia dueña del mismo, es decir, Cat. Un piso que Haris reconocía para sí mismo que a pesar de su desorden era encantador. Pequeño y encantador. Sin muchos lujos que hicieran el lugar más pomposo de lo que en realidad era. Tenía la esencia de la persona que lo habitaba, aunque también se dejaba notar el hecho de que en él vivían numerosos gatos a juzgar por las cajas de arena y los cuencos para la comida que había esparcidos por el suelo. El polaco casi se había olvidado de ese pequeñísimo detalle de las fieras con garras aterradoras y una mirada que podía incomodar a cualquiera que se acercara. Es más, Haris casi se había olvidado del mundo exterior. No tenía ojos para nada que no fuera esa muchacha que, sentada a su lado, sorbía el líquido que ella misma había preparado con intenciones de que el polaco también lo probara. Canela y azúcar. No sabía qué más se necesitaba para hacer té, pero el muchacho tenía la sensación de que era lo más asqueroso que nunca probó en toda su vida. Asco. El sabor se le quedó en la lengua y, ni corto ni perezoso, acercó la mano a ésta para lamerla, en un intento por deshacerse del sabor asqueante; por un momento pensó que habían intercambiado papeles. Él se comportaba como un auténtico gato lamiéndose mientras que la chica le miraba con cara de no creer lo que veía. ¿Acaso era tan raro que nunca hubiera probado una taza de té? No había sentido la necesidad, y ahora mucho menos.

Kowalski era más de emociones fuertes y no de infusiones extrañas. A él le iba no solamente el alcohol, sino todo aquello que burbujeara dentro de su boca y le hiciera sentir un cosquilleo dentro de esta última. Un refresco frío que bajara por su garganta y le hiciera estremecerse al llegar a su estómago. Eso sí le gustaba, no una especie de manzanilla demasiado asquerosa para que sus papilas gustativas lo asimilaran y lo procesaran como una buena bebida que poder tomar cada vez que saliera con sus amigos -entre ellos la propia gatuna- a cenar. Le parecía una bebida de maricas y sobretodo, una bebida que habían inventado los ingleses para los inmigrantes. Seguro que les hacían elegir entre trabajar dándoles latigazos o beber una taza de té. Todos, corriendo, irían como masoquistas a que les zurraran con el látigo mientras trabajaban como negros que eran. Su padre también le zurraría de saber que estaba visitando el piso de una muchacha sin antes consultárselo. Toda aquella señorita que quisiera pasar tiempo con Haris debía conocer a su padre. No sería una velada informal en la que reirían y el General contaría batallitas, nunca mejor dicho, sobre él y su hijo, sino que sería una cena en la casa de Haris, con traje y corbata y procurando no poner los codos sobre la mesa si no quería una mirada reprobatoria de su padre. El chico negó para sus adentros. Era ya bastante mayor como para tener que presentarle a su padre a todo aquel con quien estuviera.― Creo que lo capto. Nada de recoger la morada de la gatita, y nada de bragas. ¡Y nada de pensar en portadas de revistas!― Exclamó el muchacho antes de incorporarse, dejando que el gato se le escapara sin remedio. Parecía haberse acomodado bastante bien y seguramente iría en busca de aventuras. Mejor, así no me molesta mientras me tiro a Cat.― En Polonia no somos muy asiduos a estos brebajes, preferimos la cerveza con zumo de frambuesa.― Le explicó el polaco, quien según soltó aquellas palabras se dio cuenta del tiempo que hacía que no probaba una.

Haris, a pesar de que quería aparentar que estaba encantado de vivir en Rusia, en realidad echaba bastante de menos su país natal. Desde las casas hasta los bares a los que solía acudir con sus amigos de la infancia a beber cerveza o simplemente a pasar el rato entre una marea de borrachos que no podían ni quedarse de pie un minuto. Echaba de menos las calles de la ciudad y escuchar a todos aquellos habitantes hablando polaco. Desde que llegó, nunca había tenido la oportunidad para hablarlo. Nadie conocía el idioma y él tampoco estaba por la labor de enseñárselo a todos sus nuevos amigos en Moscú. Se conformaba con charlar animadamente por teléfono cada vez que tenía la oportunidad de hablar con algún colega polaco. Sin duda, lo echaba de menos, pero creía que a esas alturas no volvería a ver la ciudad que le vio nacer. No por falta de ganas o recursos para volver, sino porque se sentía cómodo en Moscú. Hablaba un ruso fluido, aunque se le notaba a leguas que no era de allí. Podía comunicarse perfectamente tanto en el ya nombrado ruso, como en inglés, así que no tenía problemas para integrarse, no como Cat, quien parecía negarse a aprender la lengua.― Creo que deberíamos dejar de hablar de bebidas. Ni a ti ni a mí nos interesa demasiado el tema.― Susurró contra el oído de la chica después de haberse inclinado hacia un lado, justo donde ella estaba situada. El primer beso no se hizo esperar por parte de Haris, aunque no exactamente en los labios. No podía hacer eso si no quería acabar con la cara marcada por la mano de la rubia blanquecina. Tenía que rodear el lugar antes de ir a por él, como tendría que rodear a un gato antes de acercarse para ahorrarse tener que llevarse un par de arañazos. El cuello fue el lugar elegido por el polaco, y justo un momento después, el hombro. No hablaba. No creía necesario decir nada. No eres tonta, ¿verdad, Cat? Tú entiendes que yo quiero mambo.




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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Jue Mayo 10, 2012 6:58 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:22 PM

El tradicional té inglés, puntual, a las cinco de la tarde. Con o sin azúcar. Solo o con leche. Acompañado con pastas o sin ellas. En casa o en una acogedora tetería. Imprescindible en cualquier hogar inglés. Para celebrar algo. Para un reencuentro. Para una reunión o para escapar del frío que, durante el invierno, les entumece los dedos por la calle. Una simple taza de té que parece no tener ningún significado y que, sin embargo, tiene fuertes lazos con el pasado. Una taza que huele a canela y remueve costumbres. Que sabe al hogar que la rubia dejó atrás en Sofía. El brebaje con el que madre e hija entraban en calor cuando se desvelaban a altas horas de la madrugada. El brebaje con el que se atrevían a contarse secretos que luego se quedaban en el fondo de aquellas tazas. Brebaje con el que se relajaban. Con el que se tranquilizaban cuando tenían los nervios crispados. Con el que les entraba sueño después del desvelo. Una taza que las había unido. ― En Bulgaria tampoco somos como los ingleses, pero a mi madre y a mí nos gustaba bebernos una taza antes de acostarnos a dormir.― Un pequeño ritual madre e hija. Sobre la mesa de la cocina, en pijama y con la luz de las escaleras encendida. El único momento en el que las mujeres de la casa podían hablar sin que las narices de ninguno de los hombres, se asomara por la puerta. Durante escasos segundos, Calysta y Cat dejaban de verse como madre e hija para convertirse en dos amigas.

Amigas que se lo contaban todo, que se desahogaban la una con la otra y que sacaban la tarrina de helado del congelador cuando veían a la otra de capa caída. Por las contínuas ausencias del padre de Cat por culpa del trabajo o por ese novio macarra que le rompió el corazón a la rubia por primera vez. Compartían penas y alegrías. Se contaban todo. Incluso en la distancia lo seguían haciendo. Por correo electrónico o por mensajería privada en Facebook. Todo. Desde su corta y difícil relación con Ankêr, hasta el episodio de las bragas con Haris. Mi casa. Mis bragas.―Enfatizó con cierta diversión, dejando la taza sobre la mesa para dejarse las manos libres. Esos dos temas estaban completamente zanjados. La rubia no le había invitado a subir para que el polaco se pusiese a hacer algo que ella debería de haber hecho semanas atrás. La rubia no le había invitado a subir para que se pusiese a rebuscar entre sus cosas en busca de braguitas con las que seguir haciendo que se sonrojara. La rubia lo había invitado a subir para ofrecerle algo de beber, no para hablar de bebidas. Ni de infusiones, ni de cerveza con zumo frambuesa. Que por otra parte, Cat no había probado en su vida. Aunque no iba a reconocerlo en voz alta, la rubia sabía que Haris estaba en lo cierto. A ninguno de los dos les apasionaba hablar de bebidas. Y menos si éstas no contenían ningún grado de alcohol. ― Nada de bebidas.― Murmuró, estirando uno de sus brazos para poder alejar el par de tazas del borde de la mesa. A salvo en el centro. Lejos de los brazos de la rubia y lejos de los brazos del polaco si decidía levantarse.

La invitación para una taza de té que Kowalski parecía haber malinterpretado. El contacto de los labioso del polaco sobre la piel desnuda de la piel de Cat, hizo que ésta se sobresaltara. Con el ceño fruncido, la rubia recibió un segundo beso que tampoco había visto venir. Ésta vez en uno de sus hombros. ― Haris...― Susurró, negando con la cabeza al mismo tiempo. ― Si la compra del cuadro y lo del gato era para echar un polvo, siento decirte que te has tomado demasiadas molestias para nada.― Tal vez la rubia se estaba precipitando al adelantar las intenciones del polaco por él. Tal vez se estaba precipitando y equivocando también. O tal vez no. ¿Se había tomado tantas molestias esa tarde por hacerse con las bragas que la gata llevaba esa tarde puestas? Cat chasqueó la lengua contra el paladar al pensar en ello, bufando después como lo haría cualquiera de sus cuatro gatos. Después de volver a negar con la cabeza, la rubia apoyó las manos sobre el sofá para ayudarse a si misma a levantarse. Cat necesitaba algo más que un cuadro de veinte mil pavos -que ni siquiera pensaba lucir- y un gato de ojos saltones precioso. Cat necesitaba algo más que el peligro y esa extraña adicción que la había empujado a los brazos del rapado con el que mantuvo una relación tiempo atrás. ― Te va a hacer falta algo más que un cuadro y un paseo en coche para que me olvide de esto.― Molesta. Ofendida. Con el semblante serio, la rubia se hizo con una de las muchas revistas para hacer algo que había visto alguna vez en televisión. Como los perros con el periódico. Cat no dudó en enrollar el ejemplar de Vogue para usarlo como un arma contra el polaco.








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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Vie Mayo 11, 2012 12:33 pm



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Cat S. HavnikAPARTAMENTO DE CAT18:22 PM

Las situaciones cambiaban con un suspiro, a la velocidad de la luz, sin que diera tiempo ni siquiera a parpadear. Situaciones que resultaban jodidamente favorables y que de repente eran todo lo contrario, como si un vendaval se hubiera llevado todo lo que, en este caso, el joven polaco había construido con mucho esfuerzo y ganas de hacer las cosas bien. Todo había comenzado de buena manera, mejor de lo que Haris se pensaba mientras salía de casa, sospechando que aquel día podía convertirse en una auténtica mierda si dejaba caer la careta al suelo y aparecía como un tio más, uno de esos a los que les gusta aprovecharse de las chicas más pequeñas que ellos. Así, exactamente, era Haris. Un tio sin ningún tipo de escrúpulos que no sentía pena al insultar a alguien de otra nacionalidad o raza. Un tio que resultaba repugnante en todos los sentidos. Haris lo admitía y por ello se camuflaba entre la multitud. Una careta de caballero que se le cayó en el momento menos pensado. Se había dejado llevar por la emoción del momento y ahora resultaba que era la peor opción que jamás podría haber escogido. La única opción entre tantas que acabaría fatal, y él ahora lo estaba viviendo en sus propias carnes, a pesar de no entender la razón por la que Cat se ponía así. En vez de sentirse tan humillada debería estar saltando de alegría porque un muchacho tan guapo como lo era él se había atrevido a besarla. Y ni siquiera en la boca, cosa que ofuscaba aún más al polaco. No entendía cómo Cat podía ser tan recatada con él y luego liarse con todos cuando salían por ahí a beber, de discoteca en discoteca. No lo entendía, y tampoco quería hacerlo. Él también se sentía ofendido a su manera.

¿Cómo era posible que le rechazaran así? ¿A él? ¿A él, que a tantas se había llevado a la cama en solo una noche? El oficial del ejército no tenía respuesta alguna para aquellas preguntas que se formulaba para sus adentros. No sabía del todo qué era lo que estaba pasando, o lo que suponía exactamente aquello; por lo que veía, desde luego nada bueno.― No era eso lo que quería. ¡Eh!― No le dio tiempo a protegerse con los brazos la cara, puesto que la revista enrollada ya volaba hacia su cara, dándole justo en la boca y dejando tras ella un gusto a sangre. El chico se había mordido el labio con fuerza para no gritarle. Lamentablemente para el polaco, parecía que las fuerzas de la gatuna no se habían acabado, ya que volvía a arremeter contra él sin ninguna piedad, como si ella nunca hubiera cometido un error parecido. De haberlo hecho, seguro que nadie le pegó con un periódico como si se tratara de un perro cualquiera. Eso quizá fue lo que más le dolió a Haris. Que le tratara como a un animal, como a uno de los gatos que tenía esparcidos por la casa. Le dolió en el orgullo, pero más en el corazón. Humillado, totalmente, aunque por lo menos debía agradecer el hecho de que había sido dentro de su casa, donde nadie podía verles, y no en un local cualquiera, una noche cualquiera, lleno de gente hasta los topes.― Vale. Ya está bien.―Murmuró un momento después de haberle quitado la revista de las manos, y de haberla tirado lejos de ambos. No quería que le pegaran, puesto que ya había hecho bastante el ridículo pensando cosas que no eran. Un malentendido más que podría añadir a su larga lista, y sin duda, el peor de todos. Lo colocaría en primera posición y rezaría por olvidar, aunque eso parecía jodidamente difícil de conseguir.

La situación de por sí era incómoda, pero el silencio que desde hacía unos minutos les acompañaba podía con el polaco. No podía creerse que le hubieran rechazado y parecía que estaba en un estado de shock del que tardaría un par de días -o de semanas- en salir. Quería salir corriendo de aquel piso y no volver a ver a Cat en todo lo que le restaba de vida, y teniendo veinticinco años, eso significaba mucho tiempo sin ver su rostro gatuno. Tras unos segundos mirándola a los ojos, Haris reaccionó levantándose del sofá y yendo hacia la puerta sin ni siquiera darse cuenta de que dejaba sus pertenencias atrás. Palpó los bolsillos de sus pantalones y tras cerciorarse de que tenía las llaves de su deportivo salió del apartamento haciendo un ruido excesivo por culpa de esa puerta que no paraba de chirriar cada vez que la abrían, y cada vez que la cerraban. Una vez a salvo de la mirada de la gatita, que ahora seguramente se convertiría en su ex mejor amiga, Haris apoyó la cabeza contra el volante del coche al que acababa de entrar. El único lugar donde se podría esconder mientras pensaba en lo que hacer. ¿Marcharse a casa corriendo, a toda pastilla? ¿O esperar y emborracharse para luego subir de nuevo y decirle que era una zorra por no querer follar con él? Haris negó con la cabeza, desechando cada una de las ideas tan tontas que se le vinieron a la cabeza. No quería hacer ni una cosa ni otra. Quería olvidarse de lo que había pasado y la receta para hacerlo la tenía dentro de sus pantalones. Una petaca hasta arriba de vodka que no tardó en sacar, y a la que tampoco tardó en dar un par de tragos. Se sentía decepcionado consigo mismo, con la chica y sobretodo se sentía como un auténtico gilipollas. Había salido corriendo como un cobarde. ¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer?




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MensajeTema: Re: Human contact, the final frontier | Privado. Vie Mayo 11, 2012 10:33 pm



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Haris M. KowalskiAPARTAMENTO DE CAT18:27 PM

Una tarde diferente, te lo prometo. Venga. Lo pasaremos bien, kotek. Esas habían sido, tal cual, las palabras exactas del polaco para venderle el plan que había tramado para ellos esa tarde. Un plan para dos, pero sin connotaciones. Un plan bastante tranquilo. Distinto a los planes que, tanto la rubia como Kowalski, estaban acostumbrados a armar habitualmente. Lejos del bullicio trasnochado de Moscú y del alto nivel de alcohol en sangre. Sin copas en las manos de por medio y sin la música de ningún DJ bien pagado de fondo. Un paseo por el centro de la ciudad, tal vez un par de tazas de café y una charla animada antes de volver a casa junto a sus gatos. Cat había esperado todo lo contrario a los planes que pudo haber tenido con Ank durante su corta y tormentosa relación. Algo tan sencillo como era hacerse un cine; un par de entradas para ver la película, palomitas y refresco para dos. Tal vez, ya puestos a tirar la casa por la ventana, contarían con una bolsa de golosinas con las que endulzarse. La última de Tim Burton entre osos de colores y nubes de color rosa. Tal vez un helado de chocolate a la salida. O incluso un par de pintas de cerveza antes de que Haris llevara a la albina de vuelta a casa en un deportivo de escándalo. La cita frente a las puertas del museo contemporáneo ya la había descolocado. Lo que vino después, terminó por centrifugar sus ideas.

Una escena que le hacía revivir una de las muchas discusiones que había tenido con su expareja entre aquellas mismas paredes. Paredes mudas. Testigos de un sinfín de historias que Cat nunca sabría. Secretos enterrados bajo varias capas de pintura blanca. Promesas hechas en voz alta y sueños escondido detrás de los pocos cuadros que la rubia se había molestado en colgar de las paredes para convertir ese apartamento descuidado en algo parecido a un hogar. Cuadros de Ikea que poco tenían que ver con esa supuesta obra de arte que Cat había dejado sobre una de las sillas de la cocina. Cuadros que no eran más que una lámina de tantas con un marco de diseño sueco y de nombre impronunciable. Cuadros que, como las paredes que los rodeaban, eran testigos mudos de lo que había ocurrido allí. ― ¡Pues es lo que ha parecido!― Gritó. Por primera vez en mucho tiempo, en aquel triste apartamento del centro de Moscú, se volvían a escuchar voces en vez de suaves maullidos y melosos ronroneos. ― ¡Primero lo del gato! ¡Y luego lo del cuadro!― Cat parecía verlo todo blanco y en botella. Tanta caballerosidad para llevarse un merecido regalo al finalizar la velada. ― ¡Por eso querías subir!― No lo había hecho por esa taza de té que ni siquiera se había terminado de beber. No lo había hecho por ayudarla a colgar ese cuadro que le había costado un dineral o porque necesitase utilizar el cuarto de baño con extrema urgencia. ― ¡Si es que soy tonta!― Se maldijo antes de que el ejemplar de Vogue desapareciera de entre sus manos y volara lejos del sofá. Lejos de las manos de la rubia y del polaco.

Una tarde diferente. Haris se lo había prometido antes de salir de casa, y había cumplido con su palabra. Pero no por los regalos que le había hecho a la rubia con una finalidad oculta, sino por todo lo que había venido después de que se bajaran del Porsche que había conseguido una plaza de aparcamiento frente al edificio. Ni Cat acostumbraba a pegarle con una revista, ni el joven oficial a salir huyendo sin tan siquiera protestar o gruñir por lo bajo. Con las orejas hacia atrás y el rabo entre las piernas; Kowalski había salido del apartamento dejando a la búlgara con la palabra en la boca y dando un portazo que hizo retumbar las finas paredes de pladur. Un portazo que, seguramente, habría hecho que los vecinos de las dos primeras plantas se pegaran a la puerta para averigüar quién y por qué. Entre resoplidos y bufidos que podrían haberse camuflado con los del gato pardo que la miraba espectante desde el sofá, los pies de Cat se apresuraron a cruzar el campo de minas hasta llegar a la cocina de nuevo. A diferencia de la anterior, ésta vez no salió con un par de tazas humeantes entre las manos, sino que con el carísimo lienzo que Haris había comprado para ella en la exposición del Tsereteli.

Se había acabado la Catherine hospitalaria. Una buena anfitriona hasta sus labios alcoholizados tocaron la piel blanquecina de la gata. Al contrario de lo que Ank pensaba de la que fue su novia, ésta no se tiraba a cuanto tio con la bragueta floja se encontrara. Ni siquiera cuando éste último la llenara de regalos. En cuanto la rubia regresó al salón y se aseguró de que Haris y su coche permanecían abajo, abrió una de las ventanas que daban a la calle principal y arrojó el lienzo con fuerza, deseando que éste se destrozara contra la cara carrocería del deportivo.








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